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Inteligencia artificial y robotización ¿son compatibles con el desarrollo sostenible?

La profusión de la inteligencia artificial y la robotización de las tareas cotidianas -desde la vida hogareña smart, hasta su aplicación en las fábricas y los ámbitos laborales- suscitan interrogantes acerca del lugar que ocuparán las personas en un futuro cuya alborada está próxima.

La inteligencia artificial implica entrenar a una máquina para que decida si algo ocurre o no, mediante el empleo de algoritmos y la introducción de datos. La IA saltó de la narrativa sci-fi para instalarse de manera paulatina pero contundente en todos los espacios de la existencia. Lejos de ser una novedad (las primeras experiencias con esta tecnología datan de 1956), su explosión reciente -y las repercusiones mediáticas que no cesan- dan cuenta de su incidencia ineludible e insoslayable en la organización de la vida en el lustro que se avecina.

Sólo por citar algunos ejemplos: vehículos autónomos, camiones sin conductores, mayor rapidez en los procesos fabriles, sistemas que “comprenden” nuestros gustos, intenciones y preferencias. Amazon Go propone supermercados sin cajeros ni mediaciones de personas en el proceso de compra de productos básicos. Uber esboza su unidad de negocio prescindiendo de choferes. Incluso, plantas de procesamiento de frutas que seleccionan las mejores frutillas con un acierto que abruma y en tiempo récord. En Argentina, por ejemplo, se inauguró un restaurante donde los comensales gestionan su pedido mediante tabletas. En España, la firma Telefónica introduce el sistema Aura para que sus clientes interactúen y “conversen” con un software para resolver inconvenientes y despejar inquietudes, con una lógica similar a la que emplea el sistema Siri.

La creatividad también se encuentra atravesada por estas novedades: la compañía AIVA Tecnology emplea esta técnica para replicar piezas musicales que generarían la envidia del mismísimo Beethoven. Yendo más lejos aún, la industria  musical se encamina hacia la generación del soundtrack de nuestras vidas, experiencias sonoras acordes a nuestras oscilaciones anímicas. Los tentáculos de esta maquinaria eficaz y veloz abrazan asimismo espacios como la educación.

Trasladando estas mutaciones a lo referente al Desarrollo Sostenible -y corriéndonos de la euforia futurista que vaticinan estas mejoras- cabe preguntarse cuál será, en lo inmediato, el rol de las personas. La noción de empleo se topará con nuevas definiciones ante estas agitaciones socio-técnicas.

Si el hombre se encamina a ser un recurso prescindible, en un entorno en el que la Agenda 2030 adoptada por la Asamblea General de Naciones Unidas traza 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) -entre los cuales se destacan la promoción de trabajo digno y de calidad, la inclusión y el impulso de las capacidades personales-, debemos comprender que ningún darwinismo tecnologizado se compara con las habilidades cognitivas, afectivas y subjetivas que hacen al ser humano único. El ODS 10, “Reducir la desigualdad en y entre los países”, se vincula con la inequidad entre el desarrollo tecnológico de las empresas y la exclusión de los individuos. En este sentido, no hay que olvidar que la Agenda 2030 está consensuada por los Estados miembros.

En suma, colocar a las personas en el centro de la discusión -poniendo el foco en una singularidad que excede su reducción a datos- y reparar en los aportes que pueden realizar en los diferentes campos de lo laboral, lo académico y lo inclusivo, apunta a situar a los individuos desde la belleza de lo único, y no como un mero recurso prescindible.

 

Fuentes: Naciones Unidas, Amazon Go, Aiva, Datos de la conferencia Converge Buenos Aires (marzo 2018)

También en QAH: Detox digital, la libertad de decir no, La era de la aceleración

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