Cultura y Sociedad, Medios, Tecnología y Social Media 


Identidades avatar

“Decíamos a menudo que una fotografía no miente. Pues bien, ahora sí que miente. Y puede mentir de una forma convincente. A medida que la manipulación digital se convierta en más económica y común
¿quién se creerá más una fotografía?” -Bill Ostendorf

Con esta frase de 1996, el presidente de Creative Circle Media Solutions, Bill Ostendorf, se adelantó a un fenónemo insospechado por entonces. La expansión de las plataformas digitales que permiten la captura y publicación de imágenes continúa generando una avalancha de escenas que se multiplican y construyen relatos ficcionales en torno a nuestra existencia. Somos autores, narradores y personajes de nosotros mismos, y modelamos la identidad a piacere de la audiencia.

El auge de Instagram encarna uno de los fenómenos social media más rutilantes de la época. Creada no sólo para expandir las representaciones y la publicación incesante de nosotros mismos -mejorados por los filtros, la manipulación cromática y los aditamentos que nos convierten casi en personajes surrealistas-, la plataforma permite también que podamos desplegar nuestro histrionismo, en clave icónica. Diseñada por dos estudiantes de la Universidad de Stanford, Kevin Systrom y Mikey Krieger, Instagram fue lanzada el 6 de octubre de 2010 en San Francisco. A casi seis años de su puesta en marcha, la empresa anunció en junio de 2016 que contaba con 500 millones de usuarios activos cada mes, 300 millones de los cuales se conectaban a diario al servicio. Para entender el furor, cada día se suben a esa red alrededor de 95 millones de fotos y videos, que reciben 4.200 millones de “me gusta”. Cada usuario le dedica un promedio de 21 minutos por día.

Allí, y en otras tramas digitales, volcamos repeticiones miméticas donde se suceden los gestos, las miradas y las posturas frente a la lente. Con cada instantánea incrementamos la arquitectura del yo y construimos “identidades prêt-à-porter” -como lo define la ensayista argentina Paula Sibilia* en su libro La intimidad como espectáculo, de 2008-, que derivan en subjetividades editables y embellecidas, listas para presentarle al mundo la imagen de quien queremos ser. Capturamos y publicamos con rapidez: la vivencia se legitima al aparecer. Y no hay tiempo que perder. Allí nos exhibimos con una felicidad exultante que se incrementa con cada like, acaso equivalentes a los aplausos que recibe el protagonista de un suceso teatral o la estrella de cine. Hasta la serie Black Mirror le dedicó un episodio a las implicancias de la valoración del otro. En una sociedad en la que la puntuación estructura la inclusión y los lazos, agradar a los demás garantiza el acceso a productos y servicios, y sitúa a los ciudadanos en un lugar determinado en la pirámide social. La desaprobación los convierte en outsiders.

Los fragmentos van armando un mosaico, una totalidad gestada a partir de esa trilogía de “autor-narrador-personaje” -como lo sitúa Sibilia-, encarnados en un mismo individuo. En esa identidad, intervenida con la argucia de un relojero y la pericia de un cirujano, activamos retoques, aplicamos recursos que la técnica nos brinda con abundancia y efectuamos operaciones digitales con el objetivo de alimentar un relato ficcional que se asienta en agradar al público, que aguarda -con más previsibilidad que sorpresa- la próxima función de nosotros mismos. Una imagen que no conforma se asemeja a un escenario montado para un auditorio soporífero. Y el público castigará al actor con la indiferencia del silencio.

*Paula Sibilia es una ensayista argentina egresada de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y autora del libro La intimidad como espectáculo (2008).

En QAH | Instagram 3.5 Instagram trucos y consejos

RELACIONADOS