Historia 


¿Hubo gremios de mendigos?

La sociedad medieval europea se asentó sobre unas firmes bases que permitieron el surgimiento y el progreso de las ciudades. Uno de los pilares que podríamos considerar esencial en el desarrollo de la sociedad fue el gremio. Innumerables oficios eran desempeñados por los trabajadores, configurando esa red de oferta y demanda que propiciaba el crecimiento de las urbes. Pronto las necesidades comunes que todo currante compartía con sus colegas de profesión ocasionaron que, en lugar de fomentarse la rivalidad, surgiera el sentimiento de asociación, persiguiendo alcanzar unos objetivos que facilitaran el progreso del oficio en general para beneficio de todos los trabajadores. Nacía así el concepto del gremio, o la corporación de profesionales de un mismo oficio cuya finalidad era defender sus intereses comunes.

Joven mendigo. Murillo. 1650

Joven mendigo. Murillo. 1650

Sería en el norte de la Francia del siglo XII donde podríamos situar la verdadera consolidación de este tipo de instituciones, nacidas en primer lugar en los sectores de la panadería o la peletería en ciudades como Pontoise o Ruán, respectivamente. Los diferentes empleos ofrecían cada vez más posibilidades, auspiciados por el crecimiento de las solicitudes de una sociedad en auge. Los productos y servicios a la venta abarrotaban las calles de las ciudades y a todos ellos se les conseguía dar salida, de manera que la figura de los gremios se encargaba de compatibilizar los detalles de la producción evitando la competencia desleal y favoreciendo tanto las condiciones de las jornadas laborales como la calidad del resultado final, buscando siempre el bien del oficio incluso por encima del beneficio particular. Profesiones con una complejidad mayor vieron cómo nacían instituciones más ajustadas a sus necesidades, como pudo ser la hansa de los mercaderes del norte, o la mesta de los ganaderos del sur de Europa. Pescadores, herreros, toneleros, pasteleros… Muchas eran las profesiones que por causa de los gremios comenzaron a agruparse en determinadas calles destinadas a sus labores, pero, ¿qué ocurría con aquellos cuyos ingresos se debían exclusivamente a la súplica de la limosna?

Conviene aclarar el término que nos ocupa. En la desigual sociedad medieval la pobreza estaba muy presente. Sobre todo desde la Baja Edad Media y en adelante, Europa vio en el pauperismo uno de sus mayores problemas. El abanico de situaciones que este concepto englobaba era muy amplio, incluyendo desde sirvientes que a pesar de poseer un empleo lo desempeñaban en lamentables condiciones que apenas les reportaban beneficio alguno, hasta auténticos mendigos que no tenían absolutamente nada. Sin embargo, sobre todo en momentos más lejanos en el tiempo, la mendicidad era entendida casi como una profesión, al considerar que existían personas que, por determinados motivos, se encontraban incapacitadas para trabajar, y que por ello su oficio había de ser, sencillamente, el de implorar ayuda.

Pudiera interpretarse, pues, que el beneficio de los mendigos a la hora de obtener limosna se veía estrechamente relacionado con el grado de lástima que despertaran en el posible donante. Discapacidades, enfermedades o la avanzada edad eran causas que podían impedir a una persona desempeñar un trabajo, obligándola a echarse a las calles a realizar lo que en realidad no dejaba de ser una labor remunerada. El aumento de la indigencia llevó incluso a las autoridades de muchas partes de Europa, sobre todo ya entrados en la Edad Moderna, a expedir licencias de mendicidad para regular la gestión de esa caridad que todos los individuos de la sociedad asumían como incuestionable.

Grupo de mendigos. Giacomo Ceruti. 1737

Grupo de mendigos. Giacomo Ceruti. 1737

Y es aquí donde nos topamos con la picaresca. La mendicidad obligada, toda una tragedia, indudablemente se vio salpicada por actividades que rozaban el ámbito de la delincuencia, fusionándose todo ello en el concepto del pícaro. Siempre se estableció una clara diferencia entre el mendigo que verdaderamente necesitaba de la solidaridad para poder vivir, y el conocido como vago, que no era más que una persona que, pudiendo trabajar, no lo hacía porque no quería. Sin duda, y puede que esto sea algo que no ha cambiado hasta nuestros días, los ciudadanos examinaban la autenticidad de la necesidad de los mendicantes antes de echarse la mano al bolsillo para desprenderse de su moneda. La excesiva proliferación de la pobreza, así como el intrusismo de maleantes, propiciaron que también entre los mendigos se organizasen gremios destinados a regularizar la actividad de pedir limosna. Entre las pautas que un gremio de mendigos podía establecer se encontraban, por ejemplo, las cuestiones relacionadas con la procedencia de los propios indigentes. Determinadas ciudades o zonas de las mismas prohibían el ejercicio del pordioseo a aquellos que viniesen de fuera, decretándose ciertos días, no más de dos por año, en los que se permitía la libre mendicidad. Sucedió esto en lugares como Basilea o Fráncfort. Era interesante regularizar también las ayudas que del Estado o la Iglesia provenían, gracias a las muchas casas de acogida que se abrieron en toda Europa.

No pocas veces se buscó el prohibir la actividad de los mendigos, pero nunca se consiguió. Y no es extraño, como tampoco lo es el saber que tal labor estuviese sujeta a la organización de un gremio como lo estaban otras profesiones. Y es que, oficio o no, la petición de limosna, la súplica de ayuda o la demanda de caridad es algo que acompaña al hombre desde que existe la desigualdad, y eso quizá sea un concepto que surgió en el mismo momento en que comenzamos a considerarnos individuos.

En colaboración con QAH| Corresponsal en la Historia

Vía| Historiapedia

Más información| Capellán de Miguel, Gonzalo. Enciclopedia del pauperismo. Universidad de Castilla La Mancha. 2007

Imagen| Grupo, Joven

En QAH| La vida cotidiana en las Ordenanzas medievales de Becerril de Campos

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