Historia 


Historia del diablo (I): Nacimiento y desarrollo antes del descubrimiento

 

Todo el mundo tiene una imagen del diablo en sus cabezas como algo o alguien que representa el mal mismo, pero pocos conocen su realidad y su importancia histórica. En las siguientes líneas intentaré exponer el origen del demonio cristiano y su desarrollo hasta el final de la Edad Media, es decir, justo antes de la llegada de los europeos al Nuevo Mundo.

Representación ficticia del enfrentamiento entre el bien y el mal

Representación ficticia del enfrentamiento entre el bien y el mal

El presente trabajo no puede iniciarse sin esbozar antes algunas advertencias. La primera tiene relación con el enfoque que priorizamos, centrado principalmente en lo histórico. No nos anima ningún afán teológico ni filosófico (aunque es evidente que la figura del demonio imperante en la sociedad europea es totalmente cristiana), sino más bien la intención de historiar la percepción que del mal y del demonio se ha tenido a través del tiempo y especialmente en el pensamiento teológico americano. Esto último nos remite a la segunda advertencia: presentaremos sólo la perspectiva dada en el pensamiento teológico “académico”. Si bien reconocemos la importancia que la cultura popular tiene, por ejemplo, para la conformación de una idea del diablo, no hemos de abarcar esa perspectiva aquí. Otra cuestión a tener en cuenta es la importancia del pensamiento herético en esta temática, pues, en parte, el pensamiento teológico elaborado sobre el tema del diablo se realiza como respuesta a los distintos planteamientos cismáticos o herejes dados a través del tiempo.

A continuación voy a intentar exponer los principales antecedentes del nacimiento del diablo y el problema del mal en la religión cristiana. En las Sagradas Escrituras (con los matices representados por el Antiguo y el Nuevo Testamento) los demonios son considerados como fuerzas maléficas que tratan de aniquilar al hombre sumiéndolo en el caos existencial y alejándolo así del orden creacional. La preocupación teológica sobre el diablo y su accionar fue ya un hecho en la obra de los Padres de la Iglesia. Fue Justino Mártir quien inició la discusión del tema del mal en términos teológico-racionales. Justino sostuvo que el diablo había intentado tentar a Jesús, pero, al fracasar en el intento, enfocó su actividad hacia la comunidad cristiana. Así, usufructuando las debilidades del hombre, la irracionalidad y el apego a las cosas del mundo, el diablo pudo corromper a los hombres como forma de ofensa al Dios Creador. A efectos de llevar adelante su siniestro plan, el diablo ideó estrategias como la de convencer a sus enemigos de que los demonios en realidad son dioses. De allí que, tal como puede verse en los textos bíblicos, el demonio comenzó a ser identificado con las prácticas idolátricas. Esto es algo que, como iremos viendo más adelante, ocurre claramente entre los nativos americanos cuando sus religiones idolátricas son consideradas un engaño del diablo.

San Agustín

San Agustín

Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de los Padres por elucidar teológicamente la cuestión sobre el diablo, fueron los representantes de la teología clásica quienes llevaron adelante una sistematización más compleja del pensamiento demonológico. El pensamiento de San Agustín en Occidente y el de Dionisio Areopagita en Bizancio completaron la estructura básica de la concepción que, sobre el diablo, sostuvo la Iglesia Católica por más de un milenio. las reflexiones de uno y otro expresan un importante contenido demonológico, aunque fue Agustín quien produjo una elaboración más acabada acerca de la significación del diablo en el contexto de la historia de la salvación. A él se debe ese primigenio tratado de filosofía de la historia titulado La Ciudad de Dios. Allí el santo de Hipona sienta las bases de lo que sería una visión del mundo centrada en la lucha continua entre las fuerzas del bien y del mal. Esta contienda está protagonizada por los hombres que, merced a su libre albedrío, optan por pertenecer a Dios o al diablo. En el primer caso ha de fundarse la Civitas Dei y en el segundo la Civitas diaboli. Allí, refiriéndose al diablo, dice Agustín: “Es el amo y señor de todos los embusteros, después de haberse engañado a sí mismo trata de engañar a todos los demás (…) es el enemigo del género humano e inventor de toda maldad”.

De esta forma Agustín procura dar respuesta a la cuestión central que se presenta en la reflexión acerca del mal: ¿cómo puede existir el mal en un mundo hecho al deseo de Dios, un mundo en el que todas las cosas tienen su ser en Dios? Este interrogante generó muy diversas repuestas, pero sobre todo significó una lucha constante de la tradición cristiana por diluir el efecto de las diversas herejías que retomaron el dualismo como esquema principal de razonamiento.

santo Tomás

santo Tomás

A partir del 1050 y hasta el 1300, aproximadamente, la vida intelectual de Europa Occidental estuvo dominada por el escolasticismo, el método enseñado en las escuelas catedralicias y en las universidades. Suele dividirse la Escolástica en tres generaciones distintas. La primera de ellas estuvo representada por San Alberto Magno, la segunda por San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino y la tercera por el beato Duns Escoto. Sin duda el pensador más importante entre ellos y uno de los más trascendentes de la historia de la Iglesia toda fue Santo Tomás de Aquino. Santo Tomás consideró que la Divina Providencia es la que gobierna al mundo, pero también explicó que el plan de Dios, al contemplar el libre albedrío, prevé sus consecuencias, esto es, la opción por el mal. Si el responsable del mal moral es el hombre merced a su libre albedrío, es decir, su decisión racional, el papel del demonio como promotor del pecado es bastante marginal. A pesar de esto, Tomás delineó cierta demonología y no objetó la existencia concreta del diablo, pues para él (como para toda la tradición cristiana) su acción siempre es exterior a los hombres, ya que puede persuadirlos para que pequen pero nunca podrá interferir en su voluntad. Por eso Tomás no dudaba en afirmar que: “Como general competente que asedia un fortín, estudia el demonio los puntos flacos del hombre al que quiere derrotar y lo tienta por su parte más débil dos pasos del diablo: primero engaña, y después de engañar intenta retener en el pecado cometido”.

El pensamiento tomista fue el que prevaleció en la mentalidad colectiva durante la Baja Edad Media, y esto es algo que podemos ver reflejado en los diferentes concilios vaticanos realizados en el período mencionado: El IV de Letrán (1215) o el famoso concilio de Trento (1546). Lo cierto es que a raíz del concilio de Trento y como respuesta a la Reforma protestante encabezada por Lutero la postura ante el demonio se fue radicalizando y se convirtió en una de las principales preocupaciones de a Iglesia católica, pero sobre esto hablaremos de forma más extensa en la siguiente entrega.

 

Vía: DI NOLA, Alfonso M.: Historia del diablo. Las formas, las vicisitudes de Satanás y su universal y maléfica presencia en los pueblos desde la Antigüedad hasta nuestros días, Madrid, 1992. VACAS MORA, Víctor: “Morfología del Mal: el demonio en el Viejo y en el Nuevo Mundo. Una visión del “demonio” totonaco”, Anales del Museo de América, 16, 2009, págs. 65-80.

Imagen| Representación del bien y el mal; San Agustín; Santo Tomás

 

 

 

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