Patrimonio 


El castillo Himeji-jo

En el año 1600 dio comienzo en Japón el periodo Edo o shogunato Tokugawa. Inicialmente, el principal cambio fue el férreo control de los clanes, que durante décadas habían sangrado al país con guerras internas y externas. La figura del daimyo o señor feudal fue minimizada con el fin de imponer la paz. Al comenzar el shogunato era difícil prever que se conseguiría, por lo que uno de esos damyo, Ikeda Terumasa, decidió reformar el castillo que le regaló su suegro, el primer shogun de la nueva era. Ese castillo fue Himeji-jo y es un caso único en el país. Cuando el periodo Edo finalizó en el siglo XIX, estos castillos eran un símbolo del pasado. Muchos ni habían estrenado sus defensas por la ausencia de conflictos, pero eran caros de mantener y daban una imagen de atraso. La inmensa mayoría fueron desmantelados u olvidados hasta su ruina. Una serie de circunstancias, sin embargo, hicieron que Himeji-jo resistiera y hoy lo podamos disfrutar tal cual fue concebido y construido. Representa así esta tradición arquitectónica como ningún otro castillo.

Himeji-jo entre cerezos

Como en otros casos, la historia de Himeji-jo arranca bastante antes. En 1333, el gobernante local Akamatsu Norimura decide levantar un primer fuerte sobre la colina Himeyama. Su hijo lo tiró abajo para construir un castillo en condiciones. Así permaneció hasta el convulso siglo XVI, en el que cambió varias veces de clan. El de Kuroda se lo regaló al influyente regente Toyotomi Hideyoshi. Este lo volvió a remodelar, pero tan solo unos años después, Ikeda lo volvió a rediseñar por completo. Él es el principal responsable del actual Himeji-jo, aunque en 1617, con un nuevo cambio de manos, tuvo unos últimos retoques. Tras siglos sin sufrir ataque alguno, fue abandonado y utilizado por militares al comienzo de la restauración Meiji, ya en el siglo XIX. Un coronel lo salvó de entrar en el programa gubernamental de desmantelamiento. Se vendió y su nuevo dueño no pudo tampoco hacerlo por el coste que suponía. La suerte siguió acompañando a Himeji-jo cuando su región fue bombardeada en la II Guerra Mundial sin que una sola bomba le rozara.

Vista inferior de Himeji-jo

No solo ha sido suerte: el terremoto de Kobe en 1995 apenas lo dañó gracias a su solidez constructiva. Sobrevivió así el prototipo de castillo japonés feudal de una época pasada. Entre los que ha sobrevivido es el mejor conservado y el más grande. Los dos principales materiales, madera y piedra, se combinan uniformemente en los 83 edificios que componen el complejo que incluye almacenes, puertas, torres defensivas, etc. Las murallas, de hasta 26 metros de altura, cubren un perímetro de más de cuatro kilómetros y un espacio de 233 hectáreas. En su interior se alza sobre el resto el fuerte principal o tenshu. Es una estructura básica en los castillos japoneses desde el siglo XVI. En este caso, el tenshu alcanza los 46 metros en seis pisos que van descendiendo en superficie: de los 554 metros cuadrados del primer piso a los 115 del último. En la base podemos ver los dos pilares que sostienen la estructura: uno de higuera y otro de ciprés japonés.

Puerta de entrada de Hishi no mon

Como en otros castillos, el tenshu está rodeado de otros fuertes más bajos que dan un aspecto desde fuera de escalera o pirámide. Todo está pintado de blanco brillante. Más allá de su belleza, Himeji-jo era un fuerte con una función defensiva clara. Como tal está repleto de innovaciones de la época. Esto incluye plataformas exteriores para arrojar proyectiles, más de mil saeteras al estilo de castillos europeos, agujeros para verter aceite o piedras, tres fosos de unos veinte metros de ancho y almacenamiento y 33 pozos para resistir asedios. Si a pesar de todo, los enemigos penetraban en el castillo, la cosa no era fácil. Himeji-jo está diseñado para confundir desde fuera y desde dentro. Su aspecto en espiral es rematado por dentro con estrechos pasillos, callejones sin salida, recodos, habitaciones secretas para guardias… es un auténtico laberinto lleno de trampas.

Interior de Himeji-jo

Tras ser restaurado durante años, Himeji-jo vuelve a ser punto de paso obligado en el turismo en Japón. Inevitablemente, esto significa que se llena y hay cupo diario de visitantes, así que conviene llegar pronto. Está entre dos ciudades habituales como Osaka e Hiroshima, a una hora en tren de la primera. El castillo se ve desde la propia estación, pues está a solo diez minutos andando. Una vez visitado por dentro y subido a sus torres, podemos acercarnos al jardín Koko-en, incluido en la entrada. Fue inaugurado en los años 90 para celebrar el centenario del municipio de Himeji. El mejor momento para venir, aunque también el más concurrido, es en la estación de floración de los cerezos que lo rodean. Si queremos ver más castillos de la época, los otros más completos son los de Matsumoto y Kumamoto.

 

Vía|UNESCO Wikipedia Wikitravel

Imagen|jpellgen (@1179_jp) jpellgen (@1179_jp) Dani Oliver alisdair KENPEI

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