Cultura y Sociedad 


Henry James, retrato de un caballero

Aunque este artículo se lea ya en marzo, escribo justo un 28 de febrero, día en que se cumple el centenario de la muerte de Henry James (15 abril de 1843 – 28 de febrero de 1916).
Hijo de Henry James, Sr. (teólogo y pensador americano), y hermano del filósofo William James, la situación acomodada de su familia le permitió viajar por Europa a la temprana edad de doce años (un privilegio para la época), lo que sin duda marcó su forma de ver la vida y su particular forma de escribir: la mayoría de sus novelas refieren las experiencias de personajes americanos que conocen Europa y a los europeos. James incluso se nacionalizó británico en 1915, justo un año antes de su muerte. Pero su aportación a la literatura universal va más allá: su característico estilo de narrar desde el punto de vista de sus personajes, sus monólogos internos y sus narradores no fiables aportan a la novelística simas más profundas de estilística, hasta el punto de que para algunos críticos la obra de James es a la literatura lo que el Impresionismo a la pintura. Para autores contemporáneos como Julian Barnes o Martin Amis, su The Golden Bowl (La Copa Dorada, 1904) es una obra maestra. Pero no podemos ni mucho menos obviar otros brillantes relatos como The Portrait of a Lady (Retrato de una Dama, 1881), considerada a la vez novela psicológica y un retrato social en el que se exploran las diferencias entre europeos y americanos, entre el viejo y el nuevo mundo, The Bostonians (Las Bostonianas, 1886), o la celebérrima The Turn of the Screw (Otra Vuelta de Tuerca, 1898), relato de misterio y fantasmas al más puro estilo gótico, cuya lectura despierta en el lector la búsqueda de la verdadera naturaleza del mal.

Durante sus frecuentes estancias en Europa, Henry James tuvo ocasión de conocer a autores como Ruskin, Turgenev, George Eliot, Dickens, Zola, Maupassant… y mantuvo una amable amistad con R. L. Stevenson –de la que ya hablé aquí en un artículo anterior, ver http://queaprendemoshoy.com/robert-louis-stevenson-caballero-tusitala/– con Joseph Conrad y con el pintor John Singer Sargent, quien lo retrató por su 70º cumpleaños (1), y que estuvo muy cerca de él en los últimos momentos de su vida. De hecho, el 4 de diciembre de 1915, Singer Sargent escribe al poeta Edmund Gosse: “Henry James ha tenido dos leves infartos en tan solo 48 horas. Su lado izquierdo se ha paralizado, su mente y su habla permanecen elocuentes. Se ha avisado a su sobrino en América”. También fueron avisadas sus amigas Edith Wharton (“La Edad de la Inocencia”) y Theodora Bosanquet, quien hacía de secretaria y “amanuense” para James y a la que James, en sus episodios febriles, le empezó a dictar frases inconexas sobre Napoleón, llegando en sus delirios a imaginar ser él mismo el propio Bonaparte. El 13 de diciembre llega Alice James, la esposa de su hermano William y se hace cargo en todo lo posible de la situación, despidiendo a Bosanquet por escribir reiterada e indiscretamente a Edith Wharton sobre el lamentable estado de salud de Henry James.
El día 31 de diciembre, James es incluido en la lista de honor para recibir la Orden del Mérito del Reino Unido: fue su sobrino Harry, hijo de William y Alice, quien se personó y se ocupó de todos los trámites.

Desconozco el porqué de la importancia que damos a lo que se dice en el lecho de muerte, tantas frases han pasado a los anales de la historia… y Henry James no queda al margen: en el momento de su muerte, James se dirigió a Alice y a sus sobrinos: “Tell them to follow, to be faithful, to take me seriously” (“Decid [al resto de la familia] que me sigan, que crean, que me tomen en serio”).
Los amigos más cercanos de James sabían lo mucho que su familia le desconocía, y, es más, lo incómodos que podrían sentirse al revelarse su correspondencia. Y es que ya unos años antes, Henry James había comenzado una autobiografía que se titularía Notes of a Son and a Brother, en la que describía las cartas escritas por su hermano William, que le habían sido entregadas por su cuñada cuando William falleció, y que Henry se sintió en el derecho de utilizar para su propósito personal.
Sin ir más lejos, al poco de su muerte, su cuñada se personó en la oficina de su editor, Percy Lubbock, para gestionar la publicación de la correspondencia de James, al margen de lo que éste había indicado a Edith Wharton y a Bosanquet, recurriendo a Edmund Gosse como supervisor del trabajo de Lubbock.
¿Por qué tanto celo en revisar esta correspondencia?
El “problema” era la indefinición sexual de Henry James. Sus gustos e intereses resultaban “femeninos” en aquella sociedad victoriana. Siempre rechazó las sugerencias de que se casase, de hecho, al instalarse en Londres, se definió a sí mismo como un “solterón”, y así firmaba algunas cartas dirigidas a su hermano William (“tu eternamente soltero aunque sexagenario Henry”). Algunas biografías sugieren incluso que estuvo enamorado de su prima Mary Temple (“Minnie”) pero que tenía tal temor al sexo que el propio Henry se negaba a sí mismo esa idea. Por otra parte, cierta correspondencia con algunos jóvenes gays, como el escultor Hendrick Christian Andersen, a quien conoció en Roma cuando James tenía 56 años y Andersen 27, resultaba “comprometedora”: “Tengo por ti el amor más profundo, mi querido muchacho, y espero que tú me sientas en cada latido de tu alma…”, o a su amigo homosexual, el escritor Hugh Walpole: “Siempre digo hasta la indiscreción que podría vivir contigo. Mientras, me tengo que conformar con vivir sin ti.” O las dirigidas al abogado y diplomático americano Walter Berry, que son reconocidas por su velado erotismo. Sin embargo, su correspondencia con sus amistades femeninas revela un lenguaje igualmente extravagante, como las dirigidas a las escritoras Lucy Clifford (“querida Lucy, te quiero más de lo que pueda querer a cualquiera”…) o Constance Fenimore Woolson, cuyo suicidio consternó tremendamente a James, y sobre el que algunos autores han llegado a especular que fue debido precisamente a la “frialdad” de Henry James, de quien Fenimore Woolson estaría enamorada.

Aun a pesar del empeño que puso su familia en el saneamiento de la, por otra parte, abundante correspondencia, continuaron temiendo que se hubiera revelado demasiado. Un año después de la edición del libro, Alice escribió a su hijo Harry: “La gente está haciendo una vil interpretación de sus ridículas cartas a esos jóvenes, pobre Henry…” El propio Harry, a su vez, también se negó a que se publicasen las cartas que su tío le había dirigido a él, al igual que se negó a que Hendrick Chistian Andersen –quien se había dirigido a él para pedirle permiso- publicara por su parte las setenta y ocho cartas que Henry James le había escrito.
Durante unos años, desde la muerte de James hasta la década de 1940, muchos de sus libros dejaron de reeditarse, y pocos lectores se hubieran sentido cómodos respecto a la imprecisa orientación sexual de Henry James. Su profusa correspondencia fue guardada a buen recaudo durante mucho tiempo en la Houghton Library de Harvard, por expreso mandato de su sobrino Harry (2).
Sin embargo, pasados los años, Harry se hizo eco de un joven estudiante: “Leon Edel, se llama, gran admirador de Henry James, muy trabajador y meticuloso…” Edel se fue ganando la confianza de la familia James, incluso tras la muerte de Harry. Y se llegó al acuerdo de que se eludirían muchas de las cartas de James, especialmente las dirigidas a sus jóvenes conocidos. Incluso cuando las cartas de Andersen salieron a subasta y fueron adquiridas por la Universidad de Virginia, el propio Edel se ocupó de que el acceso a su consulta fuese restringido. A él se debe la más extensa, precisa, también fiel y respetuosa biografía sobre Henry James, que, de hecho, le valió en 1963 tanto el National Book Award en como el premio Pulitzer.

Años después, sin embargo, en 1990, Eve Kosofsky Sedgwick publica Epistemology of the Closet (“Epistemología del Armario”) en el que propone una nueva forma de aproximación a la literatura de James, como un autor homosexual cuya brillante prosa se debe precisamente a sus esfuerzos por permanecer en el armario, lo cual podría ser el verdadero asunto de sus novelas, más presente cuanto más secreto y sumergido.
Así pues, la genialidad de Henry James, su destreza para crear escenas y dramas, su escurridiza sexualidad, la belleza de su prosa… todo ello hacen de él un objeto de fascinación tanto para sus lectores como para otros novelistas. Cien años después, sigue resonando su última voluntad: “Tell them to follow, to be faithful, to take me seriously”.

Querido lector, tú también, tómate en serio a Henry James.
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(1) El retrato se conserva actualmente en la National Portrait Gallery de Londres, donado por el propio Sargent, después de que James se lo confiara poco antes de morir.
(2) En 1930 incluso escribió a aquellos que tenía acceso a la colección de cartas que “estaba considerando seriamente negar cualquier permiso a los estudiantes que quieran hacer algún trabajo, ni siquiera tesis doctorales.”

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Via:
Tóibín, Colm: The Master, 2004
Tóibín, Colm: All a Novelist Needs, 2010
Edel, Leon: Henry James: The Untried Years 1843-1870 (1963)

Imagen:
Henry James’s portrait, by John Singer Sargent (1913), National Portrait Gallery

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