Historia 


Heinrich Schliemann, genio y figura

Nació en un pequeño y frío pueblo llamado Mecklemburgo, al norte de la actual Alemania, el año 1822. Era hijo de un pastor. Su historia es la de un hombre con relativa suerte en sus empresas. Todo lo que se propone lo consigue, con matrícula de honor incluida. Podrá parecer que es un texto que enaltece la figura de Schliemann, la verdad es que cualquiera que intente aproximarse al personaje obtendrá un grado de fascinación que no le dejará indiferente.

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Heinrich Schliemann

Con 14 años lo encontramos en una tienda de ultramarinos, con los estudios básicos realizados. Trabajó muy duro durante 5 años. Desde antes de salir el sol, hasta después de su puesta, cuando no atendía a los clientes, fregaba el suelo y viceversa. Un día, un borracho inició el cántico de un pasaje de la Ilíada, cosa que abrió la curiosa mente del joven Heinrich, adentrándolo en un mundo que será una aventura diaria.

A partir de 1841 empieza el estudio de idiomas de manera frenética. En poco más de un año habla inglés y francés fluido, pero su afán de saber llegará mucho más lejos en materia filológica. Holandés, portugués, italiano y español fueron los siguientes idiomas dominados por Schliemann, que trabajaba en una empresa que comerciaba con libros. El ruso también lo aprendió, en parte, gracias a las grandes charlas con comerciantes rusos en Amsterdam.

A causa del gran porvernir de su carrera como hombre de negocios (en 1846 marchó de delegado de su empresa a San Petesburgo) tuvo que poner freno a sus aspiraciones idiomáticas. Sin embargo, ocho años después empezaba su andadura con el sueco y el polaco. Evidentemente, su gran labor en los idiomas acarreaba un continuo viaje por todas partes. Durante dicho estudio estalló la Guerra de Crimea (1853) donde catapultó su fortuna de manera meteórica.

Muchos hombres, presentes y pretéritos, viven su cumbre vital cuando alcanzan la gloria económica, y al obtenerla se dedican a ampliarla. No negaremos que le interesaba el dinero a Schliemann, pero afortunadamente su meta era otra: viajar a Oriente y encontrar la ciudad que había narrado Homero en su obra Ilíada.

En 1863 escribe nuestro protagonista: “el cielo había bendecido de modo milagroso mis empresas comerciales, de modo que a finales de año poseía una fortuna que ni mi ambición más exagerada hubiera podido soñar. Por lo tanto, me retiré del comercio para dedicarme únicamente a los estudios que más me ilusionaban”.

Durante la década de los años 60 prepara la empresa que lo hará perdurar en los libros de historia: la búsqueda de la mítica y homérica Troya. Viaja incansablemente, aprendiendo varios idiomas de las zonas, por todo Oriente Próximo, hasta que en abril de 1870 empieza las excavaciones en el monte Hissarlik, en la costa noroccidental de Asia Menor. Recalcaremos que Schliemann empezó a excavar sabiendo que allí había habido búsquedas anteriores, no buscaba en el desierto.

Schliemann, junto a su mujer griega Helena y un centenar de obreros contratados por él mismo excavaron aquella colina durante 4 años. La sorpresa fue cuando no se halló Troya, sino nueve capas correspondientes a nueve ciudades distintas. Troya existía y con innumerable historia. Otra aventura para Heinrich, concretar el estrato que correspondía a la Troya homérica. Según nuestro entusiasta protagonista fue el antepenúltimo estrato, por restos de incendio y destrucción hallados. En la actualidad se sabe que no es así. La Troya de presenció a Aquiles y Héctor fue el cuarto estrato.

Las hazañas de Schliemann no terminan en Asia Menor, ni mucho menos. Lleno de gloria y reconocimientos se trasladó a Grecia y con la ayuda del autor clásico Pausanias que describe la geografía y los edificios de la zona de Micenas, patria de Agamenón. Allí descubrió la famosa puerta de los leones, además de una gran cantidad de tumbas reales (con sus respectivos tesoros) que certificaron dos cosas: lo de Troya no fue casual y que el protagonista se merecía ser recordado por las futuras generaciones sin discusión alguna. Schliemann también desenterró el castillo micénico de Tirinto, cerrando un círculo magnífico para el mundo arqueológico.

Otra labor que debe recordarse del gran arqueólogo es su capacidad de difusión de los hallazgos. El mundo científico necesita hoy personas como Schliemann, cada pequeño descubrimiento era difundido en los periódicos, no se limitaba al reducido y culto mundo científico. Tenía claro que el mundo tenía que saber de primera mano la actualidad del momento, nada de retórico académica. Acercó la arqueología en particular y la historia en general a las personas menos sabidas en el tema.

Poco antes de terminar el año 1890 muere en Nápoles repentinamente uno de las mentes más brillantes en el mundo de la arqueología clásica.

Más información | SIEBLER, M, La guerra de Troya. Mito y realidad, Ariel, Barcelona, 2005; CERAM, C.W, Dioses, tumbas y sabios, Destino, Barcelona, 2003.

Imagen |Heinrich Schliemann

En QAH| ¿Cuál fue el origen de la Guerra de Troya?

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