Coaching Profesional 


Hay días…

Quiero vivir 500 vidas

Quiero una distinta cada día.

Unas donde esté entre bambalinas

Quiero capturar este momento

Y convertirlo en un segundo eterno

Quiero recurrir a su recuerdo

Cuando me amenacen malos tiempos”

500 vidas-Amaral

 

Al principio, cuando empezamos a ejercer la abogacía padecemos de un mal horrible e incontrolable: LAS PESADILLAS.

Está claro que todos las sufrimos, pero nosotros en mayor medida, se lo puedo asegurar, se convierten en constantes a lo largo de semanas, y no recuerdas una noche sin que existan.

Si, efectivamente, quizás le suene raro, pero monstruos de tres cabezas nos devoran,  hay carreras de fondo que somos incapaces de terminar, enemigos de los que no podemos escapar y pasados que nos impiden conciliar el sueño.

Cuando nos despertamos, enseguida volvemos a la realidad entre sudores fríos, corazones que palpitan intermitentemente a ritmos frenéticos y con una sensación de angustia parecida a subir el Everest sin bombona de oxígeno; pero no pasa nada, porque todas esas fantasías se desvanecen al abrir los ojos.

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Sin embargo, hay días que no somos capaces de volver a remar en lagos tranquilos donde lo que prioriza son los sauces y los jubilados tirando migas de pan a los patos; y la sensación de angustia y preocupación nos invade.

Hay días que son una auténtica mierda, y perdone por la expresión, pero desde que ponemos el pie en la alfombra para salir de la cama no nos encontramos nada bueno. Son esos días en los que no sale una sola cosa a derechas: nos quedamos sin leche justo en el momento en que vamos a desayunar, el coche no arranca cuando tenemos prisa, y el juicio que tanto ansiabas que se suspendiera (porque la noche de antes no había sido suficiente para prepararlo) se celebra.

Yo vivo en base a una teoría, que consiste en creer que todos tenemos un punto ciego en el campo de visión donde nacen, viven y mueren las cosas que no debemos conocer ni por asomo. Normalmente suelo hacer caso omiso a ese punto ciego que nos impide ver aquello que en realidad no queremos. Es como una capa de ozono que nos protege de todas aquellas cosas a las que no debemos hacer ni el más mínimo caso si no queremos acabar llorando por las esquinas o haciendo locuras con el cuchillo de la mantequilla. Es el escudo que nos protege.

Ese punto ciego, es el que hace que el resto de nuestra vida sea feliz y se encuentre en armonía. Está claro que es un mal truco del cerebro para mantenernos engañados. (¿Ve como todo el mundo miente?). Se podría decir que vemos sólo aquello que nosotros queremos ver.

Pero hay días que nuestro propio cuerpo tiene la genial idea de traicionarnos y se debe divertir mucho con este tipo de cosas porque hay meses que lo hace con una frecuencia abrumadora.

Es entonces cuando nos deja desprotegidos, desamparados y somos como Bambies en medio del bosque,(que ya sabemos que la historia no va a terminar bien). Vemos algo que hasta entonces no conocíamos (o si, pero lo teníamos olvidado) y vamos hacia ello, nos desvivimos por prestar atención a eso que nuestro cerebro se empeña tanto en conservar oculto.

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Hay días que nos levantamos sin escudo protector, días en los que nuestra capa de ozono parece no tener lugar para más agujeros, y tenemos la sensación de que no hay nada que se pueda hacer. Nos resulta algo incontrolable.

Sentimos escalofríos, el mal sueño no termina de desvanecerse y la sensación de angustia no se marcha. Somos incapaces de encontrar la bombona de oxígeno para seguir escalando.

Hay días en los que desde que nos despertamos creemos que la realidad va a ser distinta, pero no es así; es entonces cuando dentro de nosotros sentimos dolor, un dolor que nos impide relajarnos, un dolor que hace que estalle la tormenta.

Y, ¿qué hacemos entonces cuando nada nos sale bien?

 Pues volver a empezar de cero. 

 

Vía|Abogada de barra

Imagen|Pesadilla antes de Navidad ; Caminos

Vídeo|Sidonie

 

 

 

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