Jurídico 


Hanna Arendt

La película, estrenada en 2013 en España, comienza con la captura de Eichmann. Hanna Arendt, una judía que huyó del campo de concentración a Estados Unidos, llega a ser profesora en una Universidad de Nueva York. Dados sus orígenes, se ofrece voluntariamente para escribir sobre el juicio para The New Yorker, sobre Eichmann, uno de los encargados de transportar a los judíos a los campos de concentración. Para ello, viaja a Jerusalén, su pueblo, donde tiene lugar el juicio. A pesar de todas la complicaciones en su vida, se aprecia a lo largo de la película la fuerza inagotable de Arendt.

Su filosofía, con las notas existencialistas que la caracterizan, se encuentra coloreada también por aportaciones de la cultura griega y San Agustín, entre otros. Bajo el análisis de las premisas y los caracteres de los regímenes totalitarios, se centra en el nazismo y estalinismo, reconduciéndolo a la idea del totalitarismo, intentando contestar a través de sus obras el por qué y el cómo ha podido suceder algo así en la historia.

Arendt defiende que el Totalitarismo acaba con los hombres mediante la ideología, con una lógica rigurosa, donde las ideas vienen selladas a fuego desde el régimen e impuestas como unas directrices para seguir por un camino fatal e inevitable.

Esta ideología pretende explicar los secretos de los hechos históricos sin confrontarse con los actos concretos, teniendo en cuenta la transformación de la naturaleza humana y buscando crear seres superfluos.

La banalidad del mal, según la filósofa, tiene el sustento en la concepción de que el régimen va introduciendo ideas nuevas, desechando las antiguas conexiones con el sentido común, creando una realidad completamente distinta. De este modo, nos encontramos un cambio radical en el que nada parece sensato ni lógico, y donde los sujetos pasan a ser reeducados.

El terror y la ideología viene impuesto por el régimen a través de un partido único y la policía secreta, que son controlados a su vez por la voluntad de un superior (Fuhrer), considerada la única ley del partido.

Se da ese conformismo social propio de los regímenes totalitarios, existentes únicamente en una sociedad de masa, cuya característica principal sea ese aislamiento.

#cinejuridicoenQAH

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En esta obra cinematográfica dirigida por Margarethe von Trotta y protagonizada por Barbara Sukowa, se ve reflejada esta postura por parte de la filósofa Hanna Arendt cuando hace mención a este tipo de sociedad como “meros borregos”, y aludiendo a la figura de Eichmann como “mediocre, cuyo único cometido era cumplir las órdenes que recibía. Era un mero burócrata”.

En La Condición humana, la filósofa Arendt, se pregunta por qué ocurre este hacer social y político de esta envergadura en estos tiempos modernos. Es por eso que estudia de forma individualizada la condición humana de base del totalitarismo, uniendo conceptos como la alienación social, aislamiento político, expropiación de los derechos de los ciudadanos y la condición superflua del hombre.

La filósofa entiende que en la Edad moderna es como si al individuo se le pidiera que abandonara su individualidad y adoptara un comportamiento en serie, como un borrego. El sujeto entra en un estado de pasividad, como es el caso de Adolf Eichmann, reflejado por Hanna Arendt en su obra “La banalidad del mal”.

Eichmann no había sido más que un cumplidor del mandato que le había sido encomendado por el Fuhrer. Había coordinado la organización del transporte de los judíos a los campos de concentración y de exterminio.

Es por esto por lo que Hanna Arendt reacciona afirmando que las causas subyacentes de los crímenes nazis no dependen tanto de la ferocidad de algunos verdugos, como la ausencia de pensamiento en los hombres, de todos los representantes típicos “normales” de la sociedad de masas. Por eso afirma que Eichmann es un “mero burócrata”, y que para hacer el mal no es necesario ser malvado, sino cumplir una orden.

En algunas secuencias de la película aparece reflejado este concepto cuando en unas de las conversaciones sobre dicho tema, se llega a la conclusión de que en el contexto en el que se encontraba Eichmann, la maldad era considerada bondad, y con ella, el deseo de resistencia. Ellos tenían sus leyes propias, creando una comunión con su pensamiento y razón. Arendt defiende que los mayores crímenes son sólo posibles en la medida en que se amparan en la legalidad y cuentan con un cuerpo disciplinado de funcionarios dispuestos a aplicarla sin pensar.

Enérgica y cargada de coraje y valentía, Arendt pasa a sostener que Adolf Eichmann se limitaba a cumplir religiosamente con la ley del momento, del régimen nacional socialista, obedeciendo cual burócrata que realiza escrupulosamente su trabajo. Llegando a la conclusión de que en el nazismo se produjo una inversión completa del sistema jurídico: crímenes, asesinatos en masa eran la norma a seguir. El campo de concentración, sería considerado un castigo al delito cometido, que en este caso sería derivado de la inobservancia de sus leyes. En otro contexto, esta manifestación del ordenamiento autoritario, podría ser la privación de libertad de un sujeto en reclusión carcelaria.

Arendt evidencia el contraste entre el hombre común, que es superficial y mediocre, y el mal atroz que ha cometido el mismo. La actuación de Eichmann se encuentra dentro de los parámetros de la obediencia a las órdenes. No ve en él una particular estupidez sino una anulación de su capacidad de pensar de manera autónoma.

La sociedad está sumergida en un sistema panóptico, que es una especie de Gran Hermano (George Orwell, 1984), donde los individuos quedan sujetos a unas normas de convivencia para mantener la armonía y el control dentro de la sociedad.

Desde el panóptico, se puede observar todo y no ser visto. El control central, ejercido por “el que ve”, cosifica al que “es visto”, que no ve al sujeto “que ve”.

Esto es el Derecho, una realidad que puede resultar incomprensible y a veces hostil, dado que se ha de acatar ciertas normas, para contribuir al orden de la sociedad que el mismo persigue. Esos ojos que todo lo ven, queda personificado en jueces y policías. Nos evoca un conjunto de principios, preceptos y reglas que rigen las relaciones humanas en toda sociedad civil, de modo que quedemos ordenados.

La finalidad del Derecho radica en ordenar la Historia humana y por ello, viene siendo reproducido a lo largo de la experiencia histórica, dado que se trata de una trama experimental, conectada a la experiencia y en continua renovación, mediante las diversas manifestaciones, aplicaciones e interpretaciones que encontramos en dicha Historia humana. Esto atribuye al Derecho la consideración de método fehaciente, mediante el cual la sociedad podrá vivir su propia historia, quedando de este modo ordenada. Mediante el control social se determina qué es lo prohibido y qué lo permitido.

La evolución de esta serie de mandatos ha derivado en un sistema que debe ser observado, que contribuye a preservar el poder constituido sin reacciones. Aunque puedan ser rechazadas por los hombres en su conciencia, éstos no deben mostrar desobediencia y no ir así, contra el orden público.

Los actos criminales cometidos no son el resultado de la voluntad divina del mal, son pues, actos derivados de la aplicación de dispositivos administrativos. Y eso va mucho más allá del nazismo.

Vía| “La condición humana” – Hanna Arendt (1933), Hanna Arendt (2013)

Imagen| Portada, fragmentos de película

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