Historia 


¡Gómez ha muerto! La necesidad de cambio o cambio por necesidad

A partir de 1936, muerto Gómez y con él el terror hacia su régimen, Venezuela entró en una restructuración política reformista. El gomecismo sin Gómez, es el eslogan que mejor define la administración de López Contreras, pues pervivieron, con alguna alternancia, los letrados y políticos del antiguo orden. Esto significó el mantenimiento del positivismo como filosofía política de Estado y la prevención a una verdadera apertura democrática de la sociedad.

General Eleazar López Contreras (1883-1973). Presidente de Venezuela (1936-1941)

General Eleazar López Contreras (1883-1973). Presidente de Venezuela (1936-1941)

La mentalidad política de la élite no cambia, se reacomoda, con el deceso del Benemérito, puesto que sus raíces se alimentaban no sólo de los dividendos obtenidos durante la larga dictadura, sino de toda una teoría sociológica fabricada y sostenida a lo largo del régimen: el cesarismo democrático. Venezuela no podía aún dejar de prescindir de ese individuo, producto de la evolución histórica nacional, responsable del orden, la paz y el progreso. El positivismo, en este sentido, intentaba mantener la legalidad y la pervivencia del Estado liberal-burgués, sin escatimar mucho en la forma de lograrlo. Gómez representó, para los positivistas, la implantación efectiva del orden y el progreso en una sociedad truncada por las guerras caudillistas; López, por tanto, debía continuar preservando aquella estabilidad pero sin el ejercicio autocrático del poder. El gobierno desechó entonces la imagen del César democrático por la idea de republicanismo bolivariano, cuya doctrina hacia frente al comunismo y a la vez unía, por el inclinación bolivariana del pueblo, a un fin común: “el engrandecimiento de la República bajo la égida tutelar de su Libertador[1]. La idea del hombre fuerte era sustituida por la del Padre de la Patria, indiscutida y aceptada por todo venezolano de buen juicio. El gobierno lopecista se presentaba, por ende, como el auténtico representante e intérprete del ideario bolivariano.

Para la restricción democrática, la élite positivista se valió del evolucionismo político de las masas. El pueblo no estaba preparado para la democracia plena, ni para el ajetreo de los partidos políticos. Debía primero educarse en política para luego pensar en ella. Por tanto, convenía seguir bajo la tutela de los más capacitados en la conducción del Estado. Con esto los positivistas, remanentes del viejo régimen, procuraban también justificar su rol como clase conductora, tal como lo habían hecho otrora. El mismo López Contreras, que no escapó por su paralelismo vivencial al positivismo, decía en discurso presidencial: “Soy el primero en reconocer que aún no hemos llevado a la practica todas las conquistas de la democracia, pero ello no se debe a una acción negativa del régimen sino a circunstancias de carácter racial, ambiental e histórico que es menester ir encauzando con la evolución ininterrumpida del elemento humano, cuya inteligencia, sentimiento y voluntad es necesario educar progresivamente para el ejercicio de los derechos políticos[2]. Educar, en el vocablo positivista, no sólo era instruir, sino transformar toda una concepción social considerada atrasada o poco acorde con los cambios operantes durante un momento histórico determinado. Es en este concepto que el gobierno lopecista, contando con los recursos del petróleo, impulsó las transformaciones educativas, sanitarias, sociales y constructivas necesarias en el país. No podía pensarse en derechos políticos plenos, sino se fomentaba primero las bases necesarias para el mismo.

He aquí, visto en retrospectiva, el principal alegato del lopecismo para no abrir de lleno los derechos políticos. El otro factor era el comunismo, ideología atacada y temida por los liberales del gobierno. Se pensaba que abrir la puerta franca a las libertades políticas daría a los comunistas los instrumentos necesarios para sovietizar el país. El pueblo, carente de educación política para los personeros del lopecismo, era fácil de seducir a revoluciones violentas. El comunismo agitaba, con su socializante oratoria, a las masas para que actuaran en contra de la legalidad y la paz. La fobia comunista, en un contexto mundial repartido entre fascismo y comunismo, sumó al argumento de cambio paulatino fomentado por el Estado.

Protesta popular frente al Palacio Federal Legislativo. Caracas, febrero de 1936.

Protesta popular frente al Palacio Federal Legislativo. Caracas, febrero de 1936.

Ahora, cabe preguntarnos ¿el gobierno cambió por convicción o por necesidad? Creemos que ambas interrogantes son aplicables.  Sin duda, la presión popular y la creencia de algunos políticos y letrados en transitar hacia otros senderos, fueron elementos primordiales para configurar la orientación del nuevo régimen. Popularmente, hubo manifestaciones y disturbios desde el mismo diciembre del 35. Parte del pueblo, oprimido y pasivo durante la dictadura, desbordaba pasiones contenidas saqueando propiedades de connotados gomecistas. Ante tal situación, López Contreras suspendió las garantías constitucionales el 5 de enero de 1936. El gobierno prohibía las reuniones, las manifestaciones, los discursos, las huelgas y la libertad de expresión en prensa y radio. Es en este escenario donde la estrenada administración tuvo su primera gran presión social. El 14 de febrero, se concentró en la plaza de Bolívar de Caracas una movilización para protestar contras las medidas prohibitivas del ejecutivo. La marcha fue la primera manifestación coordinada y organizada que enfrentaba al gobierno por la defensa de los derechos ciudadanos. Manuel Caballero afirmó que:

“Sin miedo a una repetición de lo sucedido en la mañana, miles de ciudadanos se incorporan a ella. ¿Cuarenta, cincuenta mil? Es imposible decirlo: Caracas es una aldea de apenas unos doscientos mil habitantes, un villorrio de calles estrechas donde además no existían las refinadas técnicas de medición que hoy se conocen. Pero la impresión que dan, y sobre todo que se dan a sí mismos los manifestantes, es que toda la Caracas adulta se ha echado a la calle, desbordando el centro, desde la Universidad hasta Miraflores”[3]

López Contreras se vio entonces obligado a moverse entre una amplia oposición que reclamaba cambios drásticos y un sector anclado en el gobierno, tanto civil como militar, que procuraba el mantenimiento del status quo. Dos disyuntivas tenía ante la mesa el Presidente Encargado: reprimir para conservar la estructura gomecista o abrir una transición sin desplazamiento político de la clase gobernante. Optó por la segunda, inducido, a nuestro parecer, más por la nueva realidad social que atravesaba el país sin Gómez, que por convicciones democráticas intrínsecas. López no infundía temor, si expectativa; carecía además de la misma espuela política de su predecesor. Sin embargo, supo mantenerse en el poder a través de la negociación con los diversos sectores sociales, aunque no dudó en reprimir cuando la coyuntura se le ponía cuesta arriba. La protesta del 14 de febrero motivó a que el Ejecutivo presentara el 21 de ese mes un programa, llamado Programa de Febrero, en el cual restablecía las garantías constitucionales y señalaba el rumbo a tomar en lo económico, social y político: “es un texto ̶ dice Pino Iturrieta ̶ de influjo positivista en el cual el Presidente se ofrece como dispensador mayor de los bienes sin abrir el compás a las innovaciones políticas[4]. El documento de febrero procuró sentar los cimientos de un Estado de derecho, no democrático, mas si respetuoso y garante de los derechos constitucionales vigentes.

Manifestación exigiéndole al nuevo gobierno democracia, legalización de partidos y garantías constitucionales.

Manifestación exigiéndole al nuevo gobierno democracia, legalización de partidos y garantías constitucionales.

La población, esperanzada con una liberalización política tajante, demostraba no querer tolerar más el signo del autoritarismo. El gobierno y su cabeza tuvieron que ceder para mantener la conducción de los destinos nacionales sin trastornos públicos. Asentir y comprometerse con algunas demandas sociales dotaba al gobierno, no sólo de cierto apoyo popular, sino de continuidad política para los años sucesivos.  El régimen, resuelto a no sustentarse exclusivamente en la lealtad militar, salió a buscar legitimidad en la calle; no con elecciones generales directas, sino a través del apoyo popular a su gestión.

Los nuevos cambios transformaban toda la vieja forma de hacer política, no siendo ajena a ella, si deseaba sustentarse, el gobierno. La imposición personalista murió con Gómez, ahora el sostén residía en ganar la aceptación popular con oratoria y hechos concretos. Por eso, el gobierno comenzó entonces una restructuración de gabinete y a suprimir las antiguas formas de represión, procurando aquí deslindarse públicamente de los signos más repudiados de la dictadura. La Rotunda fue demolida, los grillos echados al mar, las cárceles desocupadas, las fronteras abiertas a los exiliados y la temida Sagrada eliminada. López también se presentó a la opinión pública como un presidente civilista guardando el atuendo marcial en el armario domiciliar. Acciones forzadas, podría afirmarse a fin de ganar confianza pública, de una dirigencia ávida de lavar su imagen pasada[5].  Los partidos políticos modernos y la libertad de prensa hicieron presencia, aunque regulados por el Estado, en una Venezuela hasta entonces silenciada por el miedo y la violencia. Mariano Picón Salas afirmó que: “con el final de la dictadura gomecista comienza apenas el siglo XX en Venezuela[6]. El país entraba, con la implantación estatal de políticas sociales pertinentes, en una era de modernización tenue pero firme. La alfabetización, la vacunación, la legislación laboral y la modernización de los espacios físicos fueron logros palpables e innegables de la década postgomecista (1935-1945), por supuesto, dentro del enfoque positivista que no promovía cambios bruscos, sino graduales y signados por el progreso material y cultural de la sociedad.

[1] Alirio Martínez, Autoritarismo y Democracia en Venezuela: 1936-1941. p. 106.

[2] Eleazar López Contreras. “Mensaje del Presidente de los Estados Unidos de Venezuela ante el Congreso Nacional. 1941” en Pensamiento Político Venezolano del siglo XX vol. 17, p. 407.

[3][3]  Manuel Caballero. Las crisis de la Venezuela contemporánea 1903-1992,  p. 82.

[4][4]  Elías Pino Iturrieta. Venezuela metida en cintura 1900-1945, p. 90.

[5] Esteban Gil Borges, canciller de la dictadura entre 1919 a 1921, decía en alocución radial: “En este momento debemos fijar nuestro pensamiento sobre el porvenir y del pasado sólo debemos conservar el recuerdo como una lección que debemos tener siempre presente, para que acontecimientos que hemos deplorado no se repitan jamás en nuestra historia. No dejemos que las llamas de pasión que inflaman esos recuerdos hagan palidecer la luz de la esperanza que ha principiado a aclarar el porvenir” (El Heraldo, 11-1-36). Olvidemos y trabajemos por el porvenir, era el mensaje oficial del nuevo gobierno.

[6]  Mariano Picón Salas, “La aventura venezolana” en 150 años de vida republicana, vol. I. p. 46.

Vía|

El Pensamiento Político Venezolano del Siglo XX: documentos para su estudio. Caracas. Congreso de la República 1983. Vols. 15 al 38.

Leyes y Decretos Reglamentarios de los Estados Unidos de Venezuela. Caracas. Ministerio de Relaciones Interiores. 1944. Vols. XIII-XIV.

Más Información| 

BATTAGLINI, Oscar. Venezuela 1936-1941: dos proyectos democráticos. Caracas. Monte Ávila Editores Latinoamericana. 2006.

________________. El medinismo. Caracas. Monte Ávila Editores Latinoamericana. 2004.

BLANCO PEÑALVER. P.L. López Contreras ante la historia. Caracas. Tipografía Garrido. 1957.

BETANCOURT, Rómulo. Venezuela, política y petróleo. Caracas. Academia de Ciencias Políticas y Sociales. 2007.

CABALLERO, Manuel. Las crisis de la Venezuela contemporánea (1903-1992). Caracas. Alfadil Ediciones. 2003.

MARTÍNEZ, Alirio. Autoritarismo y Democracia en Venezuela: 1936-1941. Caracas. UCV. 2004.

SANIN. López Contreras: de la tiranía a la libertad. Caracas. Editorial del Ateneo de Caracas. 1982.

ITURRIETA, Elías Pino. Venezuela metida en cintura 1900-1945. Caracas. UCAB, 2009.

Imágenes| General Contreras; Protesta popular, Manifestación 

En QAH| Venezuela ¿democracia o dictadura? (I); Venezuela ¿democracia o dictadura? (II)

RELACIONADOS