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Glóbulos blancos: la defensa de nuestro cuerpo

Es de conocimiento general el hecho de que estamos rodeados por microorganismos infecciosos (patógenos) todo dreamstime_s_3312732
el tiempo y durante toda nuestra vida. Estos microorganismos, bacterias, virus, parásitos y hongos, viven tanto en el aire que respiramos como en el suelo sobre el que caminamos y algunos hasta viven en nosotros, en nuestra piel, en la boca e incluso en nuestro sistema digestivo (intestinos) y son una amenaza constante ya que pueden multiplicarse rápidamente y colonizarnos, es decir, causar una infección.

Para mantenerlos a ralla, nuestro cuerpo tiene 3 niveles o mecanismos de defensa. El primer nivel son las defensas externas, la cual está formada por la piel, las membranas mucosas como las que se encuentran en las vías aéreas y el ácido en el estómago.  Su función es evitar que los patógenos entren en nuestro organismo. El segundo nivel está formado por las defensas internas, formadas por el sistema inmune no específico y el sistema inmune específico, es decir, por los diferentes tipos glóbulos blancos o leucocitos. Su función es eliminar los patógenos que de una forma u otra consiguieron sobrepasar las defensas externas y causar una infección.

Los leucocitos: clasificación y función

dreamstime_s_44503325El cuerpo humano cuenta con 5 tipos diferentes de leucocitos, 3 de ellos contienen gránulos en su interior y se les denomina granulocitos (neutrófilos, eosinófilos y basófilos) los otros dos tipos son los monocitos y los linfocitos.

El sistema inmune no específico es el primero en entrar en acción en caso de infección. Son capaces de reconocer que esos microorganismos no deberían estar ahí y les atacan para eliminarlos. Este ataque implica inflamación y fagocitosis, es decir, los glóbulos blancos se “comen” estos microorganismos y los digieren para destruirlos.

Los basófilos son los primeros en entrar en acción. Tras un corto período de circulación en la sangre, migran hacia los tejidos y allí evolucionan hasta convertirse en otro tipo de glóbulo blanco llamado mastocito. La mayor parte de éstos están localizados en áreas donde el cuerpo está más expuesto al medio ambiente: la piel, las vías aéreas o el tubo digestivo. En caso de traumatismo o infección, los mastocitos liberan químicos inflamatorios (como la histamina) para generar inflamación e “informar” a los neutrófilos de que “algo malo está pasando” y de que tienen que venir.

Los neutrófilos son los primeros en llegar al área inflamada. Están presentes en grandes cantidades en la sangre donde sobreviven una media de 6-10 horas. Su función es “comerse” a los microorganismos infecciosos que allí se encuentran. Si después de unos 3 días no son capaces de controlar la infección, los neutrófilos liberarán sus propios químicos inflamatorios para atraer más ayuda.

Los monocitos o macrófagos son los siguientes en entrar en acción. Su función es también engullir los patógenos igual que los neutrófilos. Una vez que los han engullido y digerido, los macrófagos “enseñan” pequeños fragmentos del patógenos eliminados al sistema inmune específico para que lo “conozcan y recuerden” así, en futuras infecciones, la respuesta inmune será más rápida y efectiva. Ésta es la teoría en la que se basan las vacunas.

Los eosinófilos son atraídos también por los químicos inflamatorios y su función es controlar la inflamación, evitando que se propague por todo el cuerpo.

El sistema inmune específico está formado por los linfocitos y solo entra en acción si el sistema no específico es incapaz de eliminar completamente la infección después de una semana. Para poder llevar a cabo su función, los linfocitos reconocen y se conectan con unas proteínas llamadas antígenos localizadas en la superficie de los patógenos y que son específicas a cada uno de ellos. Una vez hecha la conexión, los linfocitos empiezan a dividirse formando clones que atacan la infección hasta eliminarla. Una parte de los clones formados son células memoria y son las que “recuerdan” al patógeno.

Los linfocitos están divididos en 2 tipos:

  • Los linfocitos B producen anticuerpos cuando reconocen a un antígeno específico, es en este momento cuando se convierten en otro tipo de célula llamadas células plasmáticas. Estos anticuerpos se unen al antígeno para que los macrófagos los identifiquen más fácilmente y los destruyan.
  • Los linfocitos T están divididos en natural killers, que son los que se encargan de eliminar células “anormales” (células infectadas por virus, células cancerígenas…) y helper cells, que son los que reconocen los fragmentos de patógenos “presentados” por los macrófagos y a su vez, estimulan la respuesta inmune para que sea más intensa y efectiva.

Como podéis ver, cada línea defensiva entrará en acción cuando le “llame” el nivel anterior.

 

Para poder entender mejor cómo funcionan los leucocitos, veamos un ejemplo:

Un día nos levantamos por la mañana y tenemos un grano en la cara.dreamstime_s_13191344

1: Esto ha sucedido porque nuestra primera línea de defensa ha fallado y tenemos un microorganismo infeccioso que ha traspasado la piel.

2: El sistema inmune no específico entra ahora en acción. Las primeras células en actuar son los mastocitos los cuales, al entrar en contacto con el microorganismo, lo reconoce como un elemento extraño y que no debería estar ahí. En este momento empiezan a liberar químicos y producen inflamación local; esto hará que el grano sea rojo y también que duela. Este proceso inflamatorio aumenta el flujo sanguíneo hacia esa zona para que el resto de glóbulos blancos lleguen más fácilmente.

3: Los neutrófilos ahora entran en acción y su misión es digerir los patógenos presentes en la zona de inflamación. Su presencia aquí hará que el grano tenga una “cabeza” blanca/amarillenta (pus). Después de unos 3 días, si no son capaces de acabar con la infección, “llamarán” a los macrófagos para ayudar. Una vez destruidos los patógenos, los macrófagos le enseñarán algunos fragmentos del mismo al sistema inmune específico (linfocitos T helper) para que los recuerden en caso de un nuevo ataque por parte del mismo patógeno.

4: A la vez que suceden los pasos 1, 2 y 3, los eosinófilos están actuando también para evitar que la inflamación se propague por toda la cara y el resto del cuerpo.

5: Los linfocitos B solo entrarán en acción si, uno, los macrófagos no son capaces de controlar la infección tras 7 días o dos, si es la segunda o más veces que el mismo patógeno causa la infección y se le reconoce.

En caso de tener intacto el sistema inmune, es decir, funcionando al 100% como es de esperar en un individuo sano, esta infección será controlada y eliminada en unos pocos días. Si por el contrario, el sistema inmune está disminuido por la causa que sea, esta pequeña infección se puede convertir en algo más serio llegando a necesitar antibióticos intravenosos para poder combatirla.

Vía| Hoffbrand and Moss (2015). Hoffbrand´s essential Haematology. 7th Edition. Wiley Blackwell

Más información| Hoffbrand and Metha (2014). Haematology at a Glance. 4th Edition. Wiley Blackwell

Imagen| Patógenos, Glóbulos blancos, Infección cara

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