Patrimonio 


Gian Lorenzo Bernini (IV): el ocaso del Papado Barberini

Con anterioridad hemos subrayado la importancia que Maffeo Barberini, conocido como Urbano VIII, tuvo en la vida de Bernini. Su pontificado fue el más largo del siglo XVII, desarrollándose entre 1623 y 1644. La amistad del Papa otorgó al artista un prestigio con el que era difícil competir: nadie en Roma podía “toserle”. Esta inmunidad no estaba exenta de peligro, pues la fama de Bernini despertó envidias y odios, que eclosionaron una vez que Urbano VIII desapareció de la escena romana.

San Longinos, ca.1638. Basílica de San Pedro, Roma.

San Longinos, ca.1638. Basílica de San Pedro, Roma.

El gran proyecto de los años treinta es el crucero de San Pedro, para el que van a realizarse cuatro grandes esculturas vinculadas con reliquias presentes en la basílica: Santa Elena, Santa Verónica, San Andrés y San Longinos. Bernini supervisa el encargo, atribuyéndose para sí el Longinos, mientras que el resto recaen en Andrea Bolgi, François Duquesnoy y Francesco Mochi respectivamente. Bolgi, escultor no precisamente destacable, no supone un problema, pero Duquesnoy y Mochi no ven con buenos ojos los manejos de Bernini. La tensión con el flamenco Duquesnoy tocó techo cuando el modelo en yeso a tamaño real de su San Andrés se fracturó al trasladarse al taller, un accidente que algunas voces atribuyeron a Bernini. A pesar de su cercanía espacio-temporal, los santos son opuestos estilísticamente, como lo fueron Bernini y Duquesnoy: la exuberancia barroca presente en Longinos, con ese huracán de pliegues y tensiones, se enfrenta al equilibrio de San Andrés, con unos pliegues más reposados en su caída y diagonales casi perfectas. Life imitates art.

La consecución de la estatua se alarga en el tiempo; comisionada en 1628, no será hasta 1638 cuando Bernini la concluya. Atareado con la concepción del propio crucero, Gian Lorenzo no toca el cincel durante años. La historia de la escultura se resentiría si no fuera porque sus manos, a pesar de estar tanto tiempo quietas, no perdieron nada de su habilidad. Esta década nos deja grandes retratos, que convertirían a Bernini en el padre del retrato barroco por excelencia. En torno a 1632 realiza un busto de su amigo y protector Urbano VIII, muy cercano en fecha a la pareja de retratos de Scipione Borghese. La historia de los bustos es curiosa: una vez terminado el retrato del que fuera su benefactor, el mármol se partió a la altura de la frente, debido a una mala elección del bloque. Sin decir nada a nadie Bernini buscó una pieza de mármol de mejor calidad y repitió el retrato «en apenas doce noches» que algunos biógrafos, como su hijo Domenico, convierten en tres. Toda una proeza. La cabeza del cardenal se gira, como mirando al espectador, mientras parece entablar conversación con su boca entreabierta.

Costanza

Retrato de Costanza Bonarelli, ca. 1635

Podemos imaginarnos que, considerado el mayor artista de Roma, no serían pocos los personajes que querían un retrato de su mano. Quienes gozaron de este honor debían de sentirse honrados, obviando años de espera – el propio Scipione así tuvo que hacerlo. Sin embargo, entre su producción encontramos un busto que no fue comisionado, sino que salió del propio escultor llevarlo a cabo. Una mujer que ha pasado a la historia con el cabello despeinado y gesto de sorpresa. Su nombre, Costanza Bonarelli; el gran amor de Gian Lorenzo. La joven, casada con un artesano empleado en las arquitecturas efímeras que Bernini proyectaba, cautivó al escultor. Se convirtieron en amantes, si bien el resultado de esta pasión fue acorde a la fatalidad del Barroco. Costanza empezó a interesarse por Luigi Bernini, hermano de Gian Lorenzo. Los rumores corrieron rápidamente y descubriendo la situación, Bernini respondió con ira, casi matando a su hermano en dos ocasiones: una tras descubrirlos y otra dentro de la propia iglesia de Santa María Mayor, en la que Luigi corrió a refugiarse. Pero fue Costanza quien se llevó la peor parte, desfigurada su cara para siempre por un criado de Bernini. La joven desapareció de la vida del artista y hoy nos queda este busto para recordarla, cumbre del realismo. Un mujer del pueblo está a la misma altura que el Papa o un monarca absoluto gracias a la mano de Bernini. Su mirada vivaz, su boca carnosa, los bucles de su pelo sueltos parecen decirnos que éste no fue un trabajo más para Gianlorenzo.

Tumba Urbano

Tumba de Urbano VIII, ca. 1627-1647. Basílica de San Pedro, Roma.

En 1638, con cuarenta años, Bernini decide casarse con una joven romana de buena familia, Caterina Tezi, siguiendo el consejo -o casi la orden- de Urbano VIII. En estos momentos Bernini se está ocupando de la tumba del pontífice, que ocupará una posición preeminente en el ábside de San Pedro. La tormenta parece llegar en el horizonte. Los últimos años de Urbano son angustiosos, debilitándose la salud del Papa a pasos agigantados mientras que los Barberini, su familia, no gozan de gran popularidad. Su afán expansionista les llevó a entablar continuas guerras con otras ciudades-estado italianas, dejando sin fondos las arcas vaticanas. No es de extrañar que cuando Urbano muera en 1644, Bernini sintiera peligrar su futuro en Roma. La llegada de un nuevo nombre al solio pontificio era toda una amenaza para los partidarios del anterior, y mucho más para los artistas, que con la habilidad propia de un actor, haciendo gala no sólo de su talento sino de su capacidad de agradar, debían buscarse su hueco en «ese gran teatro del mundo» que era la Roma del XVII.

 

Vía|  KARSTEN, Arne. Bernini. Il creatore della Roma Barocca, Salerno Editrice, Roma, 2007.

Más información| PINTON, Daniele. Bernini. I percorsi dell’arte, ATS Editrice, Roma, 2009. WITTKOWER, Rudolf. Arte y arquitectura en Italia 1600-1750, Cátedra, Madrid, 2010 (10ª edición).

Imagen| Busto de Urbano VIII, San LonginosBusto de Costanza Bonarelli, Tumba de Urbano VIII (detalle), Tumba de Urbano VIII

En QAH| Serie G.L.Bernini: I. Los primeros añosII. Los grandes encargos BorgheseIII. Su enemistad con Borromini, V. Una madurez de dificultades y éxitos, VI. De San Pedro a la gloria

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