Patrimonio 


Gian Lorenzo Bernini (I): los primeros años

“Hombre poco común, ingenio sublime, nacido por designio divino y para gloria de Roma a dar luz a su siglo.”

Maffeo Barberini (futuro Papa Urbano VIII) sobre Gian Lorenzo Bernini.

El 7 de diciembre de 1598 hubo fiesta en casa de Pietro Bernini y Angelica Galante. Después de seis hijas, nacía por fin un varón, que recibiría el nombre del abuelo paterno, Gian Lorenzo. Sus padres ignoraban que en aquel momento celebraban la llegada del máximo exponente artístico del Barroco italiano. El pequeño nacía en Nápoles, ciudad de origen de su madre y destino de trabajo de su padre Pietro, afamado escultor. El carácter de Gianlorenzo se compararía, más adelante, con el de la propia ciudad de Nápoles: único, intenso, al límite de la violencia, pero cargado de sensibilidad. 

Supuesto autorretrato de Bernini, en torno a los 25 años.

Supuesto autorretrato de Bernini, en torno a los 25 años.

Sus primeros años los pasó en esta ciudad, mientras su padre trabajaba en la Cartuja de San Martino. El destino familiar cambiaría en 1605 con la subida al solio pontificio de Pablo V, el Papa Borghese. Espoleado por la perspectiva de encargos, Pietro decide trasladarse allí. Los Bernini acabarían viviendo en las cercanías de la basílica de Santa María Mayor, en la que Pietro terminaría colaborando.

¿Qué ambiente artístico se respiraba en aquél momento en la capital del Tíber? En pintura, las tesis de Annibale Carracci y de Michelangelo Merisi, Caravaggio, se enfrentaban enérgicamente, aglutinando seguidores en uno y otro bando. En lo arquitectónico, la fábrica de San Pedro seguía sin concluirse, todo un proyecto faraónico iniciado por Julio II. ¿Y la escultura? Parecía dormida desde la muerte del genio con mayúsculas, Miguel Ángel Buonarroti, al que el joven Bernini admiraba. Sus vidas acabarían siendo, en cierta medida, paralelas: ambos amaron la escultura por encima de todo, practicaron arquitectura, pintura y el diseño de escenarios; también, como Miguel Ángel, se lanzó a la poesía… Pero mientras uno hizo de la cólera su firma personal, otro fue todo un gentilhombre… Pero no adelantemos acontecimientos.

La cabra Amaltea, ca. 1615. Galleria Borghese, Roma.

La cabra Amaltea, ca. 1615. Galleria Borghese, Roma.

Los primeros años de Bernini son difíciles de documentar por la ausencia de fechas claras, pero sí hay una que debemos remarcar: 1609. En este año muere Carracci, del que un Bernini de apenas 11 años aprendió a estudiar el desnudo y la estatuaria clásica. También en ese año empieza a asistir con su padre a las obras de Santa María la Mayor. No está claro que ayudara, pero sí que observó, y mucho. Era partícipe de todo lo que sucedía en los círculos artísticos de Roma y no perdía oportunidad de ejercitar sus manos con el diseño, el primer gran paso para convertirse en artista. Sus biógrafos principales cuentan la misma anécdota: tres años pasó en el Vaticano casi encerrado, de la mañana a la noche, para dibujar todo “de lo que se enamoraba” en sus estancias.

San Lorenzo, ca. 1614. Galería de los Uffizi, Florencia.

San Lorenzo, ca. 1614. Galería de los Uffizi, Florencia.

Entre sus primeras obras conocidas encontramos La cabra Amaltea alimentando al joven Júpiter y a un sátiro. La huella del manierismo aún es profunda en el arte de Bernini, aspectos como los cabellos aún no están del todo logrados, pero se trata de un inicio nada desdeñable. Tanto, que durante tiempo se consideró como una obra helenística. La década que va de 1609 hasta 1619 está plagada de obras de este tipo, en las que tras embeber el manierismo de herencia paterna, va sacudiéndose la tradición para dar paso a algo nuevo. Su talento natural se iba abriendo camino. Así se entiende que en este lapso de tiempo, junto a obras más modestas como  Niño con dragón y Fauno jugando con amorcillos creara otras de mayor complejidad como San Lorenzo. El modelo del que se sirve es plenamente renacentista (cuerpos desnudos como el Adán de la Capilla Sixtina) y a la vez, innova ejecutando las llamas que asoman en la parrilla. Lo inmaterial, reservado a la pintura, aparece en la escultura de la mano de Bernini.

Lo intangible tuvo mucho que ver en el último gran encargo de su adolescencia, o el primero de su adultez: los bustos Alma condenada y Alma bienaventurada que actualmente pueden verse en el Museo del Prado. El salto que Gianlorenzo ha dado desde sus primeras obras plagadas de putti rechonchetes es enorme: aquí se enfrenta a la colosal tarea de captar dos emociones contrapuestas: serenidad y terror, salvación y averno. Afirmaba el historiador del arte Howard Hibban que, sin menospreciar el Alma bienaventurada, ésta salía perdiendo ante la comparación con su pareja. Bernini captura el desgarrador grito del condenado, el cual percibimos en cada arruga del semblante, en los ojos horrorizados, en la boca desencajada.

Alma bienaventurada y Alma condenada, ca. 1619. Embajada de España, Roma.

Alma bienaventurada y Alma condenada, ca. 1619. Embajada de España, Roma.

A partir de 1619, con apenas 21 años, se abre en la vida de Gianlorenzo un nuevo capítulo. Su larga y fructífera carrera no ha hecho más que empezar y está a punto de ejecutar las obras más famosas de su vida. Pero de eso hablaremos más adelante…

 

Vía| PINTON, Daniele. Bernini. I percorsi dell’arte, ATS Editrice, Roma, 2009. WITTKOWER, Rudolf. Arte y arquitectura en Italia 1600-1750, Cátedra, Madrid, 2010 (10ª edición)

Más información| ABC: Bernini en el Museo del Prado: eternidad en lo efímero

Imagen| AutorretratoCabra Amaltea, San LorenzoAlma condenada, Alma salvada

En QAH| Serie G.L.Bernini: II. Los grandes encargos BorgheseIII. Su enemistad con Borromini, IV. El ocaso del Papado Barberini, V. Una madurez de dificultades y éxitos, VI. De San Pedro a la gloria

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