Historia 


Geología y mineralogía en la Edad Media

Lapidario de Alfonso X el Sabio

Lapidario de Alfonso X el Sabio. Códice Original. Madrid, Imp. de la Iberia, a cargo de J. Blasco, 1881.

En entradas anteriores ya hablamos de cómo se concebían los reinos animal y vegetal en la Edad Media a través de bestiarios y herbarios, pues bien, en esta ocasión le llega el turno a la geología y mineralogía. En estas líneas intentaremos hacer un breve recorrido por el estudio de estos ámbitos en la Edad Media desde un extremo al otro del mundo conocido.

En el campo geológico medieval, es la ciencia China la que aporta teorías más tempranas sobre los minerales o los fósiles. Desde el siglo VIII, las investigaciones geológicas permitían identificar los fósiles y fundar teorías sobre la creación de los pliegues geológicos. De igual importancia fue el estudio de las grutas y las fuentes petrificantes bajo la dinastía de los Song, que dieron lugar al descubrimiento y datación de algunos ríos subterráneos. Li Tao-Tuan defendía la teoría geológica según la cual las montañas se creaban bajo el mar, conocida por “Explicación del clásico de las aguas”. En el siglo XII, Tu Wan proponía una teoría para los fósiles llamada “Nubes de los bosques de piedra”, donde se ponía de manifiesto que éstos afloraban en las paredes de la montaña y a causa de su relación con la climatología, calor y lluvia, se impuso la creencia de que “volaban”.  Por su parte, la mineralogía cobró importancia en el ámbito de la alquimia cuya base era el origen común de los minerales. En el siglo XII, bajo el reinado de la dinastía Song, fueron numerosos los tratados lapidarios en los que podía haber hasta 215 tipos diferentes de sólidos, a los que habría que sumar las piedras raras o preciosas.

En Europa no será hasta el siglo XIII cuando la geología se analice desde un punto de vista pseudocientífico. De etapas anteriores se conserva información meramente descriptiva derivada de los enciclopedistas cristianos altomedievales, sin olvidar las interpretaciones de la Creación del mundo bíblico en occidente y coránico en oriente, donde se presenta la aparición del relieve por obra divina. Estas teorías sagradas no desaparecerán sino que se combinarán con las nuevas venidas de oriente. La “curiosidad científica” hará que algunos pensadores se preocupen por el cambio de posición de las masas acuáticas y la tierra, su origen y cómo se producen y por qué los fósiles y los minerales. Las fuentes fundamentales que sirvieron como base a los pensadores occidentales fueron:

Meteorológica de Aristóteles: de esta obra se extrae la idea de que el relieve se modificaba a través de la erosión del agua. El agua del mar se evaporaba, siendo recogida por las nubes y expulsada en forma de precipitación en las rocas esponjosas. Las aguas subterráneas se formaban a través de la transformación de otros elementos. Por último se extrae la idea de que los minerales eran creados por las exhalaciones que surgían del interior de la tierra y la acción del Sol que, según cómo fueran, húmedas (metales) o secas (fósiles), crearían una cosa u otra.

La teoría de la erosión del agua fue rebatida en la obra Sobre Cosmos, donde se proponía un equilibrio entre la teoría de la erosión y la de la elevación del terreno debido al fuego interno. A esto se unía el “neptunismo”, el cual defendía la evaporación gradual de las aguas solo en puntos localizados. Las montañas y los valles serían modelados por el agua. Según esta teoría, los fósiles serían restos de animales que vivían en montañas y que quedaron sumergidas tras algún diluvio.

–   La pseudoaristotélica De elementis  y el De mineralibus de Avicena (Ibn Sīnā). El neptunismo fue sustituido por la teoría plutónica de las montañas la cual se basaba en la ascensión de la tierra subacuática a causa de la sedimentación submarina y de los terremotos, producidos por vientos aprisionados. Una vez que la tierra se encontraba en la superficie, era modelada por el viento o el agua formando relieves que endurecían con el calor solar o con el hielo. De los fósiles se extrae que son restos de animales y plantas que quedaron enterrados en la arcilla primigenia.

De Mineralibus Libri Quinque. Augsburg Sigmund Grim[m] and Marx Wirsung, 1519

Portada de “De mineralibus”, libri quinque, de Alberto Magno. Augsburg Sigmund Grim and Marx Wirsung, edición de 1519.

Un seguidor de la teoría plutónica de Avicena fue Alberto Magno, quien en 1260 redactará su De mineralibus et rebus metallicis. Esta obra es importante porque en ella plasmó observaciones personales, además de contar como fuentes con las obras anteriormente nombradas. Es interesante por la descripción de numerosos minerales y piedras preciosas a las que atribuía propiedades “mágicas”. A esto se suman las referencias a volcanes, los cuales actuaban bajo el influjo del viento aprisionado, como ocurría con los terremotos. Respecto a los ríos, propuso la Teoría de circulación del agua desde el mar por cavernas subterráneas e interior de montañas hacia arriba. Se unía la versión griega – gran balsa de agua de donde provenían los ríos y las fuentes– con la versión bíblica. Matizó que las modificaciones que se producían en el relieve y en las masas de agua eran pausadas y restringidas.

Del siglo XIII nórdico son interesantes las descripciones de glaciares, icebergs y géiseres, incluidas en la Konungs Skuggsja. Existen también menciones de fenómenos volcánicos en las islas Lipori o las teorías de Ristoro d’Arezzo, el cual ponía como causa de los movimientos geológicos la atracción de las estrellas.

Ya en el siglo XIV destacan las menciones a las fuentes termales de Giovanni de Dondi o la teoría de Juan Buridán y Alberto de Sajonia, que pone de manifiesto que es el Sol el que hace que la tierra emerja y se expanda, y que una vez fuera será esculpida por las aguas. Las teorías sobre el origen de los fósiles seguían surgiendo, esta vez se apuntó que podrían ser accidentes de la naturaleza o que simplemente aparecían por generación espontánea.

Como ocurría con la zoología y la botánica, la geología medieval evolucionó entremezclada con una corriente simbólica y “mágica” que otorgaba a los elementos líticos unas propiedades sobrenaturales muy arraigadas en el ámbito popular, muchas de ellas recogidas en los lapidarios. Contrariamente a la imagen de una Edad Media impregnada de oscurantismo, el estudio de la Naturaleza permaneció vivo y en crecimiento durante los siglos medievales.

En colaboración con QAH| Las Hojas del Bosque

Vía| CROMBIE, A.C.: Historia de la Ciencia: De San Agustín a Galileo. Vol. I. Madrid, Alianza Universidad, 1985 / ELISSÉEFF, V.; NAUDOU, J.; WIET, G.; WOLFF, P.: Historia de la Humanidad: Desarrollo cultural y científico. Tomos III y IV: Las grandes civilizaciones medievales. Barcelona, Planeta, 1977 / SAN ISIDORO DE SEVILLA: Etimologías; Vol. II.  Texto latino, versión española y notas por José Oroz Reta y Manuel A. Marcos Casquero; introducción general por Manuel C. Díaz y Díaz. Madrid, La editorial católica, 1982-1983 / TATON, R. (ed.): Historia general de las ciencias. Barcelona, Destino, 1971.

Imágenes| Lapidario de Alfonso X / Portada De mineralibus

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