Cultura y Sociedad, Historia, Patrimonio 


Francisco de Goya y la miseria española

Francisco de Goya y Lucientes es, sin lugar a dudas, uno de los dioses principales en el panteón de la pintura universal. Del eterno aragonés se ha dicho de todo con respecto a su colosal obra, su imaginario personal, su vida privada, sus famosas modelos y otras tantas cosas, pero tal vez muchas veces nos quedamos en la superficie y no ahondamos lo suficiente.

En gran parte de su repertorio, tanto pictórico como gráfico, podemos ver la eterna preocupación albergada en su persona: era partidario de las ideas renovadoras de los ilustrados, ideas que podrían traer la luz a una oscura España marcada por una monarquía absoluta y la sombra alargada de la Inquisición; sin embargo, la forma en la que entraron estas ideas en España, impuestas por la fuerza por las tropas francesas, se alejaba por completo de su idea de una nación más libre y abierta.

Francia, la revolucionaria y luego imperial, el ejemplo para todo liberal había entrado en España arrasando, imponiendo y asesinando. Aunque ideas como el código civil heredero del llamado “napoleónico”, la reforma de la universidad, la institución de mercados centrales o la división en provincias del país fueran buenas y necesarias, el precio a pagar por todo no podría ser tan alto.

Aquí aparece el desengaño del pintor, al que se le añade otro factor, aún más determinante si cabe: el miedo. Un miedo a una vuelta atrás como, en efecto, sucedió. Goya vio en el fiero y heroico pueblo español a un pueblo no tan heroico y no tan defensor de la libertad, sino a un pueblo que más bien luchaba porque nadie tenía derecho para entrar en su territorio y expropiarle sus instituciones más rancias, sus supersticiones más arraigadas y toda su “solera”. España, como nos sigue teniendo acostumbrados, luchaba por unos intereses no tan nobles como en principio parecían.

Con los franceses fuera de juego volvió el despótico Fernando VII, quien fue recibido entre vítores por la población ente gritos de “¡Vivan las cadenas!”. El monarca se dio mucha prisa en derogar la Constitución de 1812, encarcelar a los liberales y restituir todos los viejos organismos. También tuvo tiempo para mostrar su descontento con dos de las más grandes obras que Goya nos ha legado: La carga de los mamelucos y Los fusilamientos. Sobre todo el primero fue el que más molestó al rey, ya que quedaba demasiado evidente de la presencia del pueblo soberano que lucha, sin que haya un protagonista clara en la escena, sólo la colectividad está presente.

España, una vez más, se sirvió del miedo y la experiencia traumática de la guerra para volver atrás y hacer ver a sus pobladores que, si querían estar seguros y a salvo, nada mejor que la defensa a ultranza de la más rancia tradición. Mientras tanto, Goya se deshacía en mordaces críticas en la que nos hace ver la incapacidad, aún hoy día vigente, de muchos para gobernarse y que prefieren vivir esclavizados y sabedores de que alguien superior y de brazo firme se preocupará por ellos. 

 

Vía| Historia de las Ideas Estéticas, apuntes de clase de Juan Bosco Díaz- Urmeneta Muñoz

Más información|Los Desastres de la Guerra de Goya, prólogo de José Luis Corral. Barcelona, 2005. 

En QAH| La Constitución de Cádiz de 1812 o La Pepa, una revolucionaria olvidada.

Imagen|Lo que puede un sastre, Los Desastres de la Guerra.

RELACIONADOS