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¿Filosofía en tiempos de crisis? (5): La función sapiencial

Un poco de sabiduría en estos tiempos de crisis no nos vendría mal, ¿no es cierto? Y así aprender de nuestros errores, una vez que los hemos asumido como necesarios para llegar a la comprensión del mundo en la que estamos. Pero recuerda que la filosofía es sólo la expresión de nuestra atracción por lo desconocido, una búsqueda humana de la sabiduría. Pues el filósofo no es un sabio, sino que aspira a saber. Como el amante, se siente atraído por aquello que ama, de manera que la inquietud filosófica por saber tiene mucho de erotismo.

Está el positivismo, la creencia de que alguna vez el ser humano obtendrá la respuesta definitiva a sus preguntas a través de la ciencia; está el relativismo, la creencia obstinada que lleva a confundir la filosofía con mi filosofía, que vale tanto como cualquiera otra —”todo vale igual”— y de la que no hay forma de salir. Estamos en tiempos positivistas y relativistas, pero, ¿y si fuera posible una filosofía apta para cualquier tiempo y lugar, para cualquier persona o sociedad, a condición de que la actualizáramos en nosotros mismos y le diéramos nuestra forma propia? Algunos la han llamado filosofía perenne, compuesta de principios que no mueren y que están ahí para que tú puedas extraer de ella un buen provecho. Hay obras clásicas de arte y podría haber unas pocas ideas sabias a las que siempre puedes recurrir, con la seguridad de encontrar lo que buscas.

A través de ellas puedes transformar la conciencia de tu mundo, y de ahí a transformar tu propia vida queda sólo un paso. Jiddu Krishnamurti defendía —y tantos otros sabios orientales y occidentales— que no podremos mejorar el mundo en que vivimos si no mejoramos nuestra conciencia de nosotros mismos. Conócete a ti mismo, si lo haces “conocerás el universo y los dioses”, rezaba la famosa inscripción del templo de Apolo en Delfos. Si accedes a un buen conocimiento de ti mismo, que eres un átomo del universo, distinguirás con facilidad lo real de una representación tuya de lo real; y comprenderás que lo que nos hace sufrir no es la realidad —es la que es—, sino nuestra actitud ante ella. Pero, además de esto, Epicteto —el sabio estoico— te recuerda la importancia de ejercitarte en la apreciación de lo que depende y lo que no depende de ti. Así no sufrirás cuando no haya que sufrir, ni dejarás de hacer lo que tengas que hacer, cuando verdaderamente algo dependa ti.

Tanto en occidente como en oriente, llegaron a tener muy claro que algunas actitudes son propias de la persona sabia, un ideal hacia el que uno podía orientar su vida inspirándose en algún maestro que lo encarnase. Tú puedes completar con ejemplos propios y actuales los beneficios de algunas de estas gotas de sabiduría. ¡Ay!, si abundara más la coherencia entre el decir y el pensar, como se piensa y como se vive —lo llamaban parresía… Observa tu vida por un momento para ver si es auténtica, y no olvides aplicarlo también a la vida pública o a la Política. Si fuéramos más capaces de autogobernarnos por nosotros mismos —lo llamaban autarquía… Por ejemplo, tú serías más tú mismo y “los Mercados” no habrían logrado cobrarse tan alto precio de los Estados, haciéndolos dependientes de “ellos”. Si reinaran en ti la armonía y la paz interiores —lo llamaban ataraxia… ¿No podrías enfrentar con mayor entereza, eficacia y sensatez la intemperie de este mundo tan complejo y desbocado en que vivimos? Si aprendieras a cuidar de ti mismo —como nos pedía Sócrates—, si te amaras… ¿No comprenderías mejor a los demás y serías más capaz de amarlos tal como son? ¡Ay!, si fuéramos más pacientes hoy día

 

Más información| Pierre Hadot, ¿Qué es la filosofía antigua? Editorial FCE.

Imagen| Tetradracma ateniense

 

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