Cultura y Sociedad, Literatura 


Ficciones llenas de realidad: “El sonido de los sapos” y otros relatos de David Vicente

“Algunas veces. Pero por lo general, no. Sucede lo mismo que con los que

creen que marchándose a otro lugar serán más felices; tarde o temprano

acaban descubriendo que no es así como funcionan las cosas. Por muy lejos

que te vayas, nunca podrás huir de ti mismo. No sé si entiendes lo que quiero

decir”.

De “La lápida de la bruja” por Neil Gaiman en El cementerio sin lápidas y otras historias negras.

 

Hoy en día la vida se construye de imágenes. El móvil, esa nueva extensión de nuestro brazo, nos permite captar, en el preciso momento, esos instantes felices que pueblan nuestra existencia. Segundos congelados que muestran algo incompleto, vacio e hipócrita.

Luego, en la soledad de nuestra habitación, elegimos las mejores fotos y las colgamos en las redes sociales. Álbumes del siglo XXI, abiertos a todo el mundo, que solo muestran esa cara de la vida que se aleja bastante de la realidad. Pero nos da igual; seguimos mirando nuestra página y la de los demás.

No tenemos en cuenta que el tiempo se nos escapa creando e imaginando sueños que no existieron, que no fueron así.

Es curioso ver cómo evitamos el lado triste de las cosas, obviando cuestiones como la muerte, sin querer saber que, también, forma parte de ellas. Todo tiene un lado bueno y otro malo. Sin ellos, el aburrimiento sería un rey justiciero y nada tendría sentido.

Este tema no es nuevo, ya habló de las apariencias Larra en su gran artículo “El mundo todo es máscaras. Todo el año es carnaval”, pero sigue de candente actualidad.

Los relatos de David Vicente hablan de esas tristezas, de esas taras ante las que cerramos los ojos, de nuestra vida y la de los demás: del día a día que nos ciega, del daño que hace el paso del tiempo, de la soledad….

sapos

18 historias que demuestran que todo se puede acabar en un momento. Que el destino puede guardar más de un as en la manga que haga que todo cambie por una simple llamada de teléfono.

En fin, ecos de varias voces que hacen plantearse al lector que todo, hasta el amor más verdadero, es finito. Pero, en nuestra ceguera, no damos importancia a la fugacidad de las cosas y nos instalamos en una rutina tan anodina que, a veces, ni el sexo es capaz de aportar algo interesante. Aunque en ocasiones este último sea la única escapatoria, la salida final.

Uno de los relatos que más me ha impacto es “polvo en el trastero”. En él, Lola, madre y esposa, tiene un affaire con el padre de una compañera de su hija. La culpabilidad, el paso de las horas y el hecho de saber que sus proyectos de vida no se han cumplido hacen el resto. El siguiente fragmento es prueba de ello:

“Cuando sale del baño, se cubre con un albornoz morado y se dirige al trastero. Allí están sus libros de la carrera y del máster en enfermedad mental, su caja de lienzos, sus óleos cubiertos por un trapo verde con manchas de pintura reseca, su guitarra acústica,… Sus carpetas llenas de apuntes decorados en las tapas con poemas, frases célebres y algunas otras escritas por sus antiguos compañeros y compañeras: no sabe nada de ellos… Allí está parte de su vida pasada cubierta de polvo”.

Así, al igual que Lola, otros personajes intentan recuperar lo que tuvieron (un ejemplo se puede encontrar en “Fotos”) o, simplemente, alcanzarlo como sucede en “Gioconda”. Sus figuras tienen tanta dimensión que salen del papel para convertirse en ese compañero de trabajo que te saluda en el ascensor o en esa vecina que siempre limpia los cristales en el preciso momento que en el otro edificio alguien se ducha sin importarle, o sin darse cuenta, de que su cuerpo se ve a través del cristal. Un cuerpo sin tableta de chocolate y con pelo en el lugar en el que tiene que estar. En el mundo real no hay ni Adonis ni Venus que usen zapatillas de andar por casa.

A unas historias tan reales, contadas desde diferentes puntos narrativos, es necesario darles voz con un lenguaje duro, sencillo y sin miramientos. Tan fuerte que llega a doler. Al igual que lo que relata que busca, entre otras cosas, agitar al lector y que éste haga algo más que congelar imágenes bonitas y ver la vida pasar detrás de un filtro. Esto es algo que se puede encontrar en otros grandes del Arte literario como el siempre genial Buero Vallejo o Bertolt Brecht. La bofetada literaria para despertar a quien está detrás de las páginas nunca viene mal. Y cuando ese espacio que separa la ficción de lo real se rompe; la lectura atrapa a quien la practica sin remedio. Un milagro que pocas veces ocurre de este modo.

Este libro, que recomiendo leer poco a poco para dar el tiempo exacto a cada historia, puede ser cualquier cosa, pero de lo que estoy segura es que no deja indiferente a nadie que se acerca a él.

Quizá, nuevos planes de futuro surjan o viejos recuerdos afloren tras su lectura; es lo que me ocurrió a mí con el primer relato. En él los sapos vuelan y un pueblo es el escenario en el que lo hacen. Desde aquí, le comento al protagonista que sí, que los sapos vuelan cuando hay tormenta. Al igual que las malas noticias.

Lectura perfecta para esta vuelta a la normalidad, que siempre simboliza septiembre, no apta para corazones resquebrajados.

Ficha completa del libro:

Título: “El sonido de los sapos”.

Autor: David Vicente.

Editorial: Inventa editores.

Tipo de encuadernación: a la rústica (encolada).

Número de páginas: 157.

Número de relatos: 18.

No presenta ilustraciones.

Por último, sólo me queda decir que este mes es el idóneo para conocer a este escritor. En él publica nueva obra aunque, también, se puede leer Un pequeño paso para el hombre. Una novela corta tan recomendable como estos relatos.

Datos de interés y más información:

*Datos sobre David Vicente:

http://www.dospassos.es/david-vicente/

*La Posada de Hojalata (su escuela creativa):

http://www.laposadadehojalata.com/

*Crítica de la Librería de Javier sobre Un pequeño paso para el hombre:

http://www.lalibreriadejavier.com/?p=32331

 

RELACIONADOS