Historia 


Fernando VII, el rey deseado que se convirtió en el monarca más odiado

Petulante, mujeriego, autoritario, vengativo y cruel. Estos son algunos de los negativos adjetivos que a lo largo de los tiempos se han impuesto a la hora de describir a quien ha sido considerado por muchos como uno de los peores monarcas que gobernó España. Y es que tanto los historiadores actuales como los cronistas de su tiempo coinciden en señalar que Fernando VII el Deseado fue un rey inepto que, además de personificar todos los vicios que parecían estar ligados a la Casa Borbón, priorizó su propia supervivencia por encima de los intereses de un pueblo que le fue fiel en unos tiempos muy precarios.

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Fernando de Borbón en un retrato en el que aún era príncipe de Asturias.

Fernando de Borbón vino al mundo el 14 de octubre de 1784. Era el noveno hijo resultante de la prolífica unión entre Carlos IV y Maria Luisa de Parma. El rey, de carácter apocado, era poco más que un títere en manos de su esposa y prima carnal, cuyo talante se definió como “caprichoso, egoísta y licencioso”. Las pocas simpatías que despertaba la reina entre la corte influenciaron a Fernando que, instigado por sus preceptores, acabaría aborreciendo tanto la debilidad manifiesta de su padre como las maneras intrigantes de su madre. Auspiciado por un grupo de nobles que ansiaban deshacerse tanto de la reina como de su favorito, Manuel Godoy, Fernando pronto comenzaría a conspirar contra sus progenitores. Valiéndose de las continuas enfermedades de su padre, el príncipe impulsaría una serie de movimientos que tenían por objetivo anular a Godoy y hacerse con el trono. Su torpeza, sin embargo, le haría ser descubierto y juzgado por sus faltas, salvándose gracias a la acusación que hizo en contra de todos sus colaboradores. Sin arrepentirse realmente, Fernando seguiría conspirando en la sombra hasta que, aprovechando la presencia de tropas francesas que teóricamente se dirigían a Portugal, apoyara el Motín de Aranjuez. La revuelta popular obligaría a su padre a abdicar en su beneficio y él, satisfecho por conseguir su objetivo, regresaría triunfante a un Madrid que ya se hallaba en poder de los franceses. Con la esperanza de que Napoleón le reconociera como monarca, Fernando se desplazaría al encuentro del emperador en Bayona y, una vez allí, sería obligado por Bonaparte a ceder el trono español a José Bonaparte.

Las negociaciones por el trono demostraron a Napoleón la incompetencia política de la familia real que, reunida en Bayona, canjeó el trono por cantidades exorbitantes de dinero (que jamás cobrarían en totalidad) y algunas posesiones. Fernando, su hermano Carlos María Isidro y su tío paterno Antonio Pascual estarían obligados a vivir en el castillo de Valençay donde, entre fiestas, bailes y una agradable ociosidad, se mantendrían alejados de España durante la Guerra de Independencia (1808-1814). Su confinamiento y la ausencia de noticias certeras conferirían a Fernando el papel de rehén inocente a ojos de unos súbditos que lo reconocerían como único y legítimo monarca hasta su vuelta, acontecida en 1814. Una vez en territorio español, Fernando VII suspendería la Constitución, repudiaría el programa liberal y renegaría de la tradición reformadora del despotismo ilustrado. Anuladas las medidas aprobadas en Cádiz, el monarca absolutista restituiría todas las instituciones del Antiguo Régimen. Los diputados liberales y demás destacadas personalidades de la administración y el ejército se vieron perseguidos y depurados por un rey que se vio erróneamente preparado para tomar las riendas del gobierno sin ser consciente de que con el país en bancarrota urgían reformas financieras para sanear la hacienda pública.

Mucho se ha dicho sobre la personalidad del monarca. Carente de muy poco atractivo físico, Fernando VII lo compensaba con su astucia (que no inteligencia), su sencillez y su cercanía, a pesar de que la cobardía y lo soez de sus comportamientos le restaran encanto. A pesar de sus muchos defectos y de su poco interés por los asuntos de Estado, fue un rey amante de la música y las artes, y un reconocido mecenas.

Carente de atractivo físico, Fernando VII lo compensaba con su astucia, su sencillez y su cercanía, aunque la cobardía y lo soez de sus comportamientos le restaran encanto. A pesar de sus muchos defectos y de su poco interés por los asuntos de Estado, fue un rey amante de la música y las artes, y un reconocido mecenas.

Al descontento popular por la excesiva presión fiscal se le sumaría parte del ejército, haciendo triunfar así en 1820 el pronunciamiento de Riego por el cual Fernando VII juraría la Constitución de 1812. Con el gobierno en manos de liberales, y de nuevo siendo impulsadas unas más que necesarias medidas reformistas, Fernando VII tardaría solo tres años en fijar un acuerdo con la Santa Alianza para intervenir en España que conllevaría, de nuevo, la vuelta del absolutismo. Llevando a cabo una nueva purga sumamente dura entre las facciones liberales, el monarca volvería a imponerse y a mostrar su peor cara. Pero en el ocaso de su vida, dada la situación internacional y plenamente consciente de sus anteriores errores, el rey se decidiría a dar entrada en el gobierno a políticos de formación técnica que, herederos del despotismo ilustrado, ayudaron a modernizar la administración y a paliar los efectos de una desastrosa situación que tenía al estado sumido en el caos. Sin las colonias americanas, que habían conseguido su ansiada independencia, y con sus propios partidarios divididos en facciones que se decantaban por la vuelta del absolutismo más radical, las últimas acciones de Fernando VII estuvieron orientadas a hacer de su primogénita Isabel la heredera al trono.

Sabiendo que su hermano, Carlos María Isidro, ansiaba sucederlo a su muerte considerándose el candidato con mayores derechos, el rey (instigado por su esposa, María Cristina) intentó realizar una alianza con los liberales para que apoyaran a su hija. Habiendo derogado la Ley Sálica que impedía a cualquier mujer gobernar como reina, Fernando intentó proteger los derechos de su hija hasta que, gravemente enfermo, fue objetivo de una conspiración por parte de un grupo de cortesanos favorables a su hermano. No consiguieron su objetivo de derogar la Pragmática Sanción, pero ese suceso dejaría entrever precisamente la división existente que el rey no pudo eliminar. A su muerte, el 29 de septiembre de 1833, su hermano Carlos María Isidro se autoproclamaba nuevo rey y el país, aún lejos de recuperarse de la guerra contra los franceses, se sumía de nuevo en un período oscuro debido al estallido de la Primera Guerra Carlista.

Vía| Sánchez Montero, R. (2001). Fernando VII, Arlanza Ediciones, Madrid; Martorell, M. & Juliá, S. (2012). Manual de historia política y social de España, RBA, Madrid.

Imágenes| Joven Fernando, Fernando VII

En colaboración con QAH| Tempus Fugit

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