Cultura y Sociedad, Historia 


Farinelli, el “castrato” que curó al rey Felipe V de España

Amputarle a un niño sus genitales e impedir con este atroz acto que pudiera tener descendencia para así poder mantener su voz siempre bella es algo que hoy día nos puede parecer bárbaro, pero que en Europa estuvo de moda hasta finales del siglo XIX. Con sus inmaculadas voces los castrati conquistaron corazones y produjeron los desmayos del público asistente a sus recitales.

Farinelli fue, sin lugar a dudas, el más famoso que la Historia ha dado en esta disciplina. Nació en 1705 en el seno de una familia de la baja nobleza y, a diferencia de otros castrati, que eran operados para servir de sustento familiar, él fue castrado por el amor inmenso que en su familia tenían a la música. Con nueve años su destino estaba escrito y en Nápoles fue educado y presentado en los salones de los nobles más destacados de la ciudad.

A partir de este momento inicial fue cosechando éxitos allá donde iba, más aún tras un sonado duelo en el que venció a un trompetista, ya que él con su voz era capaz de muchas más notas y artificios que cualquier instrumento. En 1728 su fama estaba consolidada ante el exigente público veneciano y su éxito lo lleva hasta la corte imperial de Viena, donde cantó ante el emperador Carlos VI, amante de la música y que le aconsejó que dejará de lado sus artificios tan espectaculares y se decantara por una mayor humanidad.

Sus continuos viajes le llevaron hasta Inglaterra donde, llamado por el Príncipe de Gales, llegó en 1734 para crear una compañía operística que se opusiera al gran Haendel, un monstruo de la composición musical, pero bastante peculiar en el trato. Aquí fue testigo del afán inglés de dividirlo todo en facciones y establecer grupos rivales, lo cual le hizo desengañarse y aceptar con gusto la invitación de la reina de España Isabel de Farnesio.

Farinelli llegó a La Granja de San Ildefonso en 1737 y tenía la tarea de curar a través de su voz única al rey Felipe V, que tenía serios problemas mentales, lo que entonces llamaban melancolía. El rey se repuso y pudo tomar de nuevo las riendas de España, muriendo en 1746 y sucediéndole un hijo de su anterior matrimonio: Fernando VI, un gran amante de la música y protector de las artes.

El idilio entre la corte española y Farinelli se prolongó hasta 1759, cuando accedió al trono Carlos III, rey muy reformador, pero que odiaba la música, en especial la ópera italiana. Si a esto le sumamos que su madre, Isabel de Farnesio, había considerado una afrenta que Farinelli sirviera al nuevo monarca y no permaneciese a su lado, es más que lógico que el “capón”, como así se le llamaba en España, recordando a los deliciosos pollos capados, acabara siendo apartado de la corte y retirándose a vivir a Bolonia, eso sí, con una pensión vitalicia que le permitió vivir cómodamente y rodeado de recuerdos de su gloria a lo largo y ancho de Europa hasta el momento en que la muerte le visitó con su manto negro, en el año del Señor de 1782.

 

Vía| Yo, Farinelli, el capón. Jesús Ruiz Mantilla (Madrid, 2007).

Más información| Historia de los castrati. Patrick Barbier.

En QAH| ¿Sabrán los ingleses que el origen de su himno es una fístula anal?

Imagen| Grabado sobre la operación de castración, Farinelli retratado por Corrado Giaquinto

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