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Falsa autoridad

En muchas ocasiones a lo largo de nuestra vida hemos conocido y vivenciado situaciones de personas ejerciendo distintos niveles de autoridad. Y en más de una ocasión seguramente hemos experimentado la sensación de injusticia, prepotencia, abuso de autoridad, cerrazón, arbitrariedad, incomunicación, entre otras situaciones de impotencia. 

Si bien podemos hablar de la autoridad jurídica o moral, quisiera resaltar que cualquiera sea el marco en el que se la ejerza, hay denominadores en común en los que se suele incurrir en una falsa autoridad.

Desde un padre gritándole a un hijo para que le haga caso, un maestro levantando el tono de su voz y golpeando el borrador en el pizarrón, hasta aquel jefe que ante el grupo que tiene a su cargo señala los defectos de sus empleados en tono “gracioso” para hacerse el “cool”, son situaciones que ilustran la falta de pericia para ejercer un rol que requiere ejercer autoridad, es decir, ejercer el mando y que se lo obedezca.

Impartir órdenes y que sean cumplidas es una relación necesaria tanto para cumplir una meta como en el entramado social para que haya convivencia y armonía.

Ejercer autoridad no es sencillo, dado que implica un conocimiento interior así como un conocimiento de aquel o aquellos a los que se quiera dar una orden. Planificar lo que se desea hacer y que quienes deban realizar esa tarea lo cumplan y respeten las normas, muchas veces lleva a que se fuerce la situación y no se explique y comunique debidamente lo que se desea. En numerosas ocasiones eso puede deberse a varios factores: que quien ejerce la autoridad no está acostumbrado a trabajar en equipo, no plantea claramente las consignas a seguir –siendo ambiguo-, desconoce las cualidades y aptitudes de sus subordinados, no es abierto a escuchar sugerencias u otras miradas sobre el tema en cuestión, no planifica debidamente lo que desea hacer, no es humilde para aceptar cuando se ha equivocado, y/o no tiene un rumbo y por lo tanto no puede impartir órdenes con coherencia dado que cambia las directivas constantemente. O simplemente no le gusta no sentirse querido por los suyos (aunque generalmente esta relación es al revés, una autoridad bien ejercida despierta más adeptos y valoración que una autoridad corrompida).

Cuando quien tiene el rol de ejercer la autoridad está ante quien debe obedecerlo y este apenas si quiere escuchar lo que dice, menos aún va a hacer lo que se le pidió. El respeto y la comunicación en el ejercicio de la autoridad es transcendental, y debe darse en ambos sentidos, tanto de aquel que tiene la autoridad como de quien debe acatarla. Ello permite una relación sana y posibilitará una duradera correspondencia de mando y obediencia.

Muchas veces ejercer la autoridad es establecer límites, reglas y consignas claras; y tener una flexibilidad que permita hacer crecer la relación pero que al mismo tiempo, no la desordene.

Aprovecharse de la autoridad que se tiene para beneficio personal y del propio ego, exigir solo a aquel que cumple y al que no cumple la orden se lo ignora, generar diferencias entre las personas a las que se tiene a cargo, ilustran casos concretos donde la autoridad se ha desvirtuado y empobrecido, y quien o quienes deben obedecer lo que esta persona indica, sin duda lo harán por la obligación que tengan pero con un sentimiento y acción, muchas veces, contraria a la que debería darse.

Cuando un padre/madre o tutor está frente a su hijo/a y debe levantar cada vez más alta su voz para que le haga caso, y en muchas ocasiones hasta levanta su mano, ha perdido hace tiempo el poder de autoridad.

Asimismo, querer invertir roles, ser todos pares o confundir autoridad con autoritarismo muchas veces lleva a que nuestras sociedades estén en distintos niveles de anarquía.

¿Es necesaria la autoridad? ¿Por qué no somos todos pares? Sin duda son preguntas que el hombre se hizo y se hará por siempre. Confundir la esencia de las cosas, de los roles ha llevado a que la autoridad se cuestione y pierda valor.

La crisis de autoridad que en muchas sociedades se vislumbra representa a su vez una ventana de oportunidades para repensarnos como cultura y sociedad y para ponernos a trabajar en ello.

* Imagen| diarioinformacion
* En QAH|El Liderazgo, motor de todo cambio

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