Coaching y Desarrollo Personal 


Expectativas

ExpectativasDesde hace tiempo es bastante habitual que entre mi círculo más cercano, surja una conversación acerca de las expectativas que cada uno de nosotros teníamos sobre lo que sería la vida después de la universidad y lo que nos hemos encontrado en la realidad. Una conversación en la que, no creo que por casualidad, todos los que pertenecemos a la misma generación, terminamos concluyendo prácticamente lo mismo. Esto no era lo que nos habían prometido. Es más, esto no se parece en nada a lo que nos habían prometido.

Hasta hace unos años, todos creímos tenerlo claro, nos esperaba un buen futuro. Tendríamos un título universitario, algún que otro idioma, ganas de comernos el mundo y toda la vida por delante. Nos iría bien. Pero resulta que nada es tan fácil como parece. Y no voy a entrar en las típicas quejas -que ya aburren- sobre lo poco que ganamos y lo mucho que trabajamos, los interminables años siendo becarios o la enorme exigencia tan poco recompensada, que es ya habitual en nuestras vidas.

Nuestra desilusión va más allá de todo esto. Es algo más general. Algo que probablemente tenga que ver más con cómo hemos sido educados y menos con las circunstancias económicas y sociales que nos ha tocado vivir. La desilusión de toda esta generación de personas bien preparadas, deseando exprimir la vida al máximo, está directamente relacionada con el hecho de que, a pesar de lo que pueda parecer, nos han contado solo una parte de la realidad. Quizás porque venimos de una generación para la que poder ir a la universidad sí supuso un salto cualitativo y ocupar un sillón en una oficina, una vida más que cómoda, nuestro destino ha venido marcado desde la cuna. Ayer, sin ir más lejos, escuchaba como alguien hacía una crítica a otro alguien basándose en su poca altura de miras a la hora de escoger un trabajo. La persona criticada ha decidido que, a pesar de haber terminado una carrera en Telecomunicaciones -probablemente más por presión que por convencimiento- , prefiere dedicar su tiempo a ser monitor de tiempo libre con chavales. Y eso, al resto de personas de su entorno, nos parece una forma de desaprovechar la vida. Vaya, siendo ingeniero se dedica a ser monitor, gana menos dinero, vive en el pueblo… Pero me sorprende cómo ninguno nos planteamos si realmente esa persona hace eso porque le hace feliz. Quizás  sea de los pocos que, habiendo nacido en los últimos treinta años, ha tenido el valor para decidir qué es lo que realmente quiere hacer con su vida. Y no lo que se supone que tenemos que hacer. No lo que nos han contado que es lo mejor para nosotros.

Lo bueno, lo decente, lo normal, es tener expectativas. Pero nadie nos ha enseñado a gestionarlas. Ni a hacerlas reales. Nuestras expectativas han de estar ligadas a un título, un buen sueldo -que nadie tiene-, una oficina de 9 a 6 y vacaciones en agosto para ir a la playa con la familia. ¿Por qué nadie nos explica que es perfectamente normal que tus expectativas de futuro sean quedarte en tu pueblo, ser monitor de tiempo libre y ser feliz? No deja de sorprenderme la facilidad con la que nos dejamos llevar por la inercia, por lo que se supone que está bien o lo que está mal. ¿Seremos incapaces de movernos por lo que realmente sentimos? ¿Cuándo dejaremos de tener miedo de ser quienes realmente queremos ser?

Escribo estas líneas como simple reflexión, pero me gustaría pensar que cada uno de nosotros seremos capaces de llevar nuestra vida por donde queramos, sin plantearnos si lo que queremos es lo que se supone que tenemos que querer o no, olvidándonos de los demás y apostando por nosotros mismos. Que al final, es de lo que se trata.

Imagen| Expectativas 

RELACIONADOS