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¿Evitar los ataques de orgullo?

Uno diría que hay hay pueblos más orgullosos que otros, naciones con un sentimiento de grupo más arraigado en que la identidad de sus ciudadanos está estrechamente vinculada un trozo de tierra, el himno nacional o la bandera. Basta una fecha conmemorativa o un acontecimiento especial para que aflore en todos el sentido patrio, como si fuera algo encapsulado en la cultura o que se lleva en el ADN.

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En el teatro español del Siglo de Oro se trataba el orgullo y honor como tema estrella. Si estas obras son fiel reflejo de la sociedad de su tiempo, entonces es que estaban obsesionados con el asunto: herir el orgullo de un caballero traía peores consecuencias que prender fuego a su casa. Desconozco si las autoridades de la época prohibían o no los duelos, pero me sospecho que presenciar uno era algo tan habitual como ver un partido de fútbol en un bar. Claro que para eso había que atreverse a poner el pie en la calle en horas de poco tránsito y encaminarse a algún callejón perdido.

 

 

Este era un tipo de orgullo hacia el exterior -no por casualidad era la ropa la que marcaba el estrato social- , hoy en día todo se interioriza mucho más; el “orgullo íntimo que no alardea”, como escribe Juan Malpartida. Cuando se convierte en una herramienta al servicio del “yo”, se llega a parecer tanto a la vanidad que hasta se confunden. Se podrá disfrazar entonces de soberbia, narcisismo o exceso de ambición.

Otras veces el orgullo se concentra en “reafirmar lo que somos” y se siente colmado ante el trabajo bien hecho, nuestro tesón o el acierto que tuvimos a la hora de construir nuestros afectos. Es el momento de frases como: “Me siento orgulloso de mi hijo”, “tengo una familia que no me la merezco”, “esta casa la construí yo; piedra a piedra”…

La idea que nos hemos hecho de nosotros mismos, real o ficticia, condicionará mucho el manejo que hacemos de este sentimiento. Lo cierto es que se ve como una señal de baja autoestima cuando se ve lastimado con excesiva facilidad o frecuencia. La vida será como un campo de minas para alguien que se ha vuelto tan sensible a los ataques externos.

El orgullo también tiene una cara amable y suele ser cuando se asocia con la humildad. Apelar al orgullo puede ser útil para despertar la dignidad de un oprimido o cuando se llama a rebelión al que vive sometido.

 

Por Miguel Olarquiaga

 

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