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Categorías estéticas. Lo sublime (II)

Concluía mi último artículo citando al profesor Ángel Gonzalez: “el terror es una máquina de hacer vacío”. Y doy comienzo a la segunda parte sobre esta categoría estética retomando esta frase.

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“Biblioteca del rey”. 1785. Étienne-Louis Boullée

El profesor menciona como ejemplos de lo sublime los proyectos de Boullée o incluso los paisajes de Chirico, y son dos ejemplos extraordinarios. El primero por dar una importancia primordial al espacio vacío, como podemos ver en el grabado de la Biblioteca del rey, proyectada como una bóveda de cañón corrida con los extremos tapiados, y con un concepto implícito de obra inacabada que podía ser prolongada hasta el infinito para albergar más libros; el segundo por realizar unos paisajes detenidos en el tiempo, con imágenes desconcertantes y estatuas ambiguas que parecen estar dotadas de vida.

Pero ¿hay verdaderamente algo de terror en ellos?. Más adelante, el profesor nos cuenta un pequeño hecho anecdótico sobre Delécluze, pintor y crítico francés discípulo de David, que al parecer se refirió a Lord Byron de forma despectiva diciendo que “militaba a favor de la nada”, lo que sirve como puente para plantear que “el culto al horror sea una forma de nihilismo”, que el terror sea “una máquina de hacer vacío”.

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“Piazza dÍtalia”. 1954. Giogio de Chirico.

Tal vez sea cierto. Lo que Chirico nos muestra son imágenes que nos suscitan una desmesurada sensación de silencio, extrañeza, tiempo congelado, ambigüedad… parecen las imágenes apocalípticas (o más bien post-apocalípticas) de una mente febril. ¿Son aterradoras? Vamos a intentar buscar un ejemplo que resulte muy contundente sobre esta idea de lo terrorífico ligado al vacío, idea que por cierto, ya aparece mencionada en la Indagación de Burke. Con respecto al mencionado nihilismo no se dice nada más en Arte y terror y tal vez sea pertinente acercarnos al que más aportó a la configuración del término, Nietzsche. Para el filósofo existían dos tipos de nihilismo, uno positivo o activo y uno negativo o pasivo, que es el que nos interesa.

 El nihilista pasivo no cree en ningún valor, puesto que considera que todo valor es posible sólo si Dios existe, y Dios no existe; termina en la desesperación, la inacción, la renuncia al deseo […] Aquél que desesperase de la vida y se levantase en contra de ella por considerar que ésta solo puede tener su fundamento en algo ajeno de ella y que dicho fundamento no existe, ese sería también nihilista.

 Y es que el desamparo ante la realidad es una forma de nihilismo. Un desamparo que parece estar sufriendo ese solitario Monje frente al mar de Friedrich. Tal vez no exista una obra que recoja tan perfectamente la estética de lo sublime. La inmensidad de un oscuro vacío, la desagradable y punzante sensación de una gigantesca y desesperanzadora inexistencia. Es quizás el mayor de los terrores a los que nos podemos ver sometidos.

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“Monje en la orilla del mar” Caspar David Friedrich. 1808-1810.

Y es en este punto en el que está el monje, esperando, en la nada. Parece haber llegado a los confines de la existencia. En esa playa no está Dios, ni estará jamás. Es una playa muerta, de nubes negras y amenazantes. Incluso el tiempo se ha muerto allí, igual que se ha muerto en los paisajes de Chirico, pero de otro modo. Sólo el monje tiene algo de vida y es eso lo que hace verdaderamente sublime a la obra. Sin este personaje la obra tal vez no tuviera algo que nos permitiera atribuirla el término “sublime”, ya que no pasaría de ser un paisaje romántico. El monje aporta una carga emotiva espectacular. Nos habla de soledad. De la soledad del ser humano en una tierra en la que, retomando esa idea del último hombre de Nietzsche, al no haber Dios, nada tiene sentido. No hay esperanza de encontrar algo de calor, parece que toda la realidad conocida es esa distopía de inexistencia, como sucede en la novela The road de Comarc Mc Carthy llevada al cine por John Hillcoat. Allí podemos ver otra imagen de esta playa.

“En esta carretera no hay interlocutores de Dios. Se han ido y me han dejado aquí solo y se han llevado consigo el mundo. Duda: ¿En qué difiere el nunca será de lo que nunca fue? Oscuridad de la luna invisible. Las noches ahora solo un poco menos negras. De día, el sol proscrito circunda la tierra cual madre afligida con una lámpara”.

Bien podría ser este breve fragmento el reflejo lejano del pensamiento del monje que contempla el infinito en silencio. La obra fue expuesta en 1810 junto con La abadía del robledal en una exposición en la Academia de Berlín, siendo adquiridos por Guillermo III de Prusia. Posteriormente su autor sería nombrado miembro de la Academia de Bellas Artes de Berlín. En ella vemos la inmensidad de la naturaleza coincidiendo con el espíritu romántico, además de ese vacío infinito que conduce hacia el nihilismo. En un principio la obra tuvo dos botes, la luna y una estrella, pero haciendo un alarde de genialidad compositiva, Friedrich eliminó esos elementos, dejando únicamente al monje, del cual se ha planteado que podría ser un anacoreta que medita frente al mar. Está claro que la naturaleza habla de desolación, y hay una sensación extrema de vacío.

Y con esa sensación de vacío concluyo este artículo, esperando haber arrojado algo de luz sobre este término (sublime), que tanto usamos pero del que sabemos tan poco.

Vía| BURKE, E., De lo sublime y de lo bello. Madrid. Alianza, 2005. GONZALEZ, A.,  Dicho sencillamente. Arte y terror.  Madrid. SD, 2008.

Imagen| Boullée, Chirico, Friedrich.

En QAH| Categorías estéticas. Los sublime I.

 

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