Salud y Deporte 


Especial Día del Dolor: Una sensación gris (I)

Los seres humanos, como sujetos biológicos, somos capaces de discriminar y de experimentar multitud de sensaciones distintas; mientras que unas son placenteras otras son percibidas como considerablemente desagradables. Sin embargo, no existe una línea o frontera exacta que diferencie claramente algo satisfactorio de algo doloroso, incluso algunos estudios psicosomáticos de actualidad nos llevan a hablar de sensaciones mixtas. Sea como fuere, las sensaciones y su percepción siempre han contado con unas limitaciones laxas, sinuosas y subjetivas, moduladas tanto por diferentes experiencias y vivencias a nivel social como por complicadas cascadas bioquímicas de neurotransmisión.

Sensación paradójica dolor/placer en trastornos psiquiátricos

Además de las evidencias científicas en constante estudio, las sensaciones mixtas o paradójicas están en el ojo de la aguja y cobran gran fama y relevancia social gracias a los recientemente títulos eróticos de E. L. James, Cincuenta Sombras de Grey. Es por esta razón que algunas sensaciones no placenteras y especialmente el dolor como tal han salido a la palestra y se han convertido en protagonistas de las conversaciones cotidianas de los cafés de medio día entre una amplia y variopinta muestra de personas de diferentes edades y colectivos profesiones.

Todos nosotros, por nuestra experiencia vital, nos hemos vistos expuestos y somos capaces de describir someramente lo que significa padecer dolor, sin embargo, el proceso que lo induce es infinitamente más complejo y proviene de diferentes niveles fisiopatológicos.

Si partimos desde un punto de vista objetivo, el dolor es la expresión de la interpretación de impulsos e influencias que reciben algunos centros del cerebro. Esta es definición principal y científicamente aceptada de neurofisiología, sin embargo, se aleja mucho de la percepción que tendría una persona y que se adecuaría más a: una experiencia sensitiva emocional no placentera asociada a un daño tisular potencial o real, o descrita en términos de tal daño. Por lo tanto, de esta visión humana se emana que el dolor siempre aparece asociado a una experiencia emocional que por definición es no placentera y que se produce cuando hay un daño o lesión real en los tejidos biológicos o bien pueda haberla en un futuro inmediato. El dolor es siempre subjetivo y personal, ya que la aplicación de la palabra aparece a través de experiencias referidas a daño –heridas, ansiedad, situaciones desagradables– en la infancia.

Ya que se trata de una experiencia emocional abstracta y que su percepción es subjetiva, el dolor puede ser modulado por diferentes experiencias o habilidades de la persona que lo sufre. La modulación no neurológica del dolor proviene generalmente del condicionamiento cultural –educación que se recibe en la niñez sobre él, en el caso de los espartanos, era una sensación integrada como normal en sus vidas marciales–, la experiencia –generalmente las personas que han estado más expuestas a él, suelen relativizarlo con mayor habilidad–, la atención, la sugestión o la ansiedad que produce una situación potencialmente dañina.

Sin embargo, biológicamente, hay unas causas concretas que desencadenan la sensación de dolor y que pueden ser consideradas a nivel médico como por ejemplo los traumatismos –mecánicos (herida, aplastamiento…), físicos (radiación) y químicos (irritantes)–, inflamaciones, infecciones, isquemias (falta de aporte de nutrientes a un tejido), necrosis (muerte celular de un tejido), degeneraciones, tumores y psicopatías, entre otros.

Asimismo, bioquímicamente está relacionado con las sustancias algógenas –neurotransmisores, iones y diferentes tipos de moléculas que inducen la activación de los procesos fisiológicos del dolor– potasio, serotonina, bradiquinina, histamina, prostaglandinas, leucotrienos y sustancia P –la que se ha definido como la sustancia del dolor, P del inglés pain–. Básicamente a forma de resumen simplificado, estas sustancias actúan sobre receptores del dolornociceptores– para provocar una despolarización –pérdida de polaridad iónica, generalmente de positivo a negativo– creando un impulso nervioso codificado en base a su frecuencia que se descifrará a niveles superiores en el cerebro dando la sensación dolorosa. Actualmente se han descrito dos tipos de nociceptores: las unidades mecanorreceptoras –con axones de tipo A-delta– y las unidades polimodales –con axones tipo C–. La más sustancial diferencia entre ambas unidades es el tipo de axón –prolongación de la célula nerviosa que transmite los impulsos– que poseen, siendo los A-delta para la conducción rápida y difusa y los C lentos y precisos para permitir localizar el lugar y la intensidad del dolor. Además de la velocidad, cada tipo de axón está especializado en conducir un diferente tipo de dolor y por lo tanto están sujetos a diferentes tipos de reacciones reflejas de defensa –en los A-delta la reacción refleja es de retirada para evitar un mayor daño mientras que en los C es de rigidez para intentar promover mejoría–. También se diferencian a la hora de suministrar una dosis mínima de opiáceos –Morfina, por ejemplo– ya que en los A-delta no hay efecto analgésico, en cambio en los C desaparece el dolor y la rigidez.

Una de las dudas frecuentes respecto a estas unidades se resuelve con simpleza explicando que: las que poseen axones A-delta tienen un campo receptivo múltiple especializado en el primer dolor punzante o de presión intensa, y que los C actúan con el dolor lento de traumatismos o infecciones sobre áreas pequeñas. Ambos se encuentran repartidos en la piel, músculo esquelético –los músculos que movilizan los huesos–, articulaciones, córnea, mucosas y en las vísceras donde son sensibles a distensión, contracción o aplastamiento, entre otros procesos.

(Continúa)

 

Vía|Servicio de Medicina Interna, Servicio de Anestesiología, Unidad del Dolor, Hospital Universitario Central de Asturias.

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