Historia 


Españoles en Vietnam. Hasta la Conchinchina y más allá

En el pasado existía un ignoto lugar que nombraban padres y abuelos cada vez que querían dar a entender, no sin desgana, que habían tenido que ir o deberían de acudir a un remoto lugar para desempeñar alguna labor, gestión o a conseguir tal o cual cuestión. Ese lugar era la Conchinchina, mítico enclave que a fuerza de ser mencionado se convirtió en un lugar mezcla de fantasía y de leyenda desde mis más tierna infancia, o sea, hace un porrón de años.

Pero hete aquí que puesto a indagar para dilucidar el entuerto infantil, lo primero que descubro es que la Conchinchina (o Cochinchina, vaya usted a saber según las fuentes) existió y existe de verdad al sur del actual Vietnam. Verdad verdadera, me digo, infiriendo a continuación que aunque real, ciertamente el lugar de marras se encuentra en el quinto pino. Caramba, la cosa se pone interesante…Entonces, si está tan lejos, ¿Porque este lugar alcanzó fama como para haber dado origen a un dicho popular?

 Pues para conocer los orígenes de esta historia, hemos de dar marcha atrás en el tiempo, y situarnos en el relato que dos frailes españoles, Gabriel Quiroga de San Antonio y Diego Aduarte, le narraron por carta al rey Felipe III a princios del Siglo XVII sobre las peripecias de los españoles en Camboya, y en donde se daba cuenta también de la incipiente presencia española en la región de la Conchinchina.

 Esta espontánea a la par que entusiasta labor colonizadora y evangelizadora se extendió por toda Camboya e Indochina, espoleada a partes iguales por el fervor religioso, el hambre y el ansia de riquezas que tanta gloria dio a España, hasta que en 1858, una feroz persecución de misioneros en Indochina culminó en una escabechina de monjes misioneros españoles y franceses sufriendo espantosos tormentos, con el obispo Díaz Sanjurjo entre ellos.

Estamos en el reinado de Isabel II, y el gobierno español está presidido por un O’Donnell que tiene todas las miras puestas en Marruecos, a quien declara la guerra en octubre de 1859. Por otra parte, España, desde los tiempos de Felipe II, nunca había apoyado la colonización de Asia continental, de hecho nunca la vio con buenos ojos, y aunque la postura oficial del gobierno en ese momento no había variado ni un ápice en el sentido de que no se nos había perdido nada en Indochina, un furor patrio desbordado aderezado por los relatos sobre el tormento de los religiosos españoles puso en un brete al Ministro de Exteriores. Vamos, que al gobierno lo que se dice tener ganas no tenía muchas de vengar la afrenta, pero tampoco era cuestión de desatender el ardor guerrero patrio que cualquiera sabía donde podía ir a parar.

Pero en estas que el gobierno francés, viendo en este conflicto la oportunidad de conquistar Indochina y asentarse definitivamente en Asia en detrimento de Inglaterra, ordenó a su flota poner rumbo a la zona, no sin antes solicitar el concurso de la flota española en Filipinas invocando los acuerdos establecidos entre ambos países.

De esta manera, España inicialmente aportó a la expedición un contingente desde Filipinas al mando del Coronel Bernardo Ruiz de Lanzarote,

Como curiosidad, el lugar elegido por las tropas hispano-galas para el desembarco en 1858 fue el mismo que utilizaron los infantes de marina de Estados Unidos en 1964: La bahía de Da Nang.

Pero la situación se estancó militarmente y el contingente inicial debió ser más tarde reforzado en 1860 por un cuerpo expedicionario al mando del Coronel Carlos Palanca (que al llegar a destino se encontraría un panorama desolador), que incorporaba un regimiento de Infantería, dos compañías de Cazadores, tres secciones de artillería y fuerza auxiliar, más el concurso de tres navíos de guerra para llevar a cabo la noble cruzada española.

La empresa no fue en absoluto sencilla, y la expedición se prolongó hasta 1862, en que fue firmada la paz y en la que el territorio conquistado (Saigón como principal baluarte de la zona) pasó a formar parte de Francia, pues no era otro el propósito galo. Para ello los españoles fuimos mera comparsa de los franceses, y ni tan siquiera participamos en la firma del tratado de paz, conformándonos con que la zona fuera convenientemente evangelizada.

Cementerio de soldados españoles en Vietnam

Los soldados españoles, como ya era tradicional, se comportaron de manera heroica, soportando no solo las vicisitudes propias de cualquier conflicto, sino también las graves enfermedades de la zona. Finalmente, tras años de sacrificio en tierras lejanas, una diezmada y exhausta tropa, abandonada a su suerte en última instancia por un mediocre gobierno español, emprendió una humillante retirada hacia Filipinas que ya marcaba la profunda decadencia del otrora poderoso imperio.

Por todo lo relatado, y a tenor de lo acaecido en tan peculiar episodio histórico, es sencillo especular con que la Conchinchina quedó para el imaginario de los españoles no solo como algo lejano, sino más bien como un lugar remoto y extraño al que se va prácticamente por obligación sin la convicción de que nada nos reporte y justifique el esfuerzo de ir hasta allí.

No obstante, esta no fue la única ni la última vez que el ejército español estuvo en la actual Vietnám, pero esa es otra historia…

En colaboración con QAH| Rumbo a la Historia

Vía| “Ya está el listo que todo lo sabe” (366 curiosidades para descubrir el porqué de las cosas cada día) de Alfred López, publicado por la Editorial Léeme Libros

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