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¿Es un azote a tiempo un buen castigo?

No todos los países están al día respecto al llamamiento de Unicef que reclama la prohibición mediante ley de cualquier tipo de violencia ejercida contra los menores durante su educación. En todo parlamento del mundo en el que aún se debate la eliminación del poder correctivo de los padres se suele producir un buen guirigay entre los defensores del castigo físico moderado y los portavoces de la corriente, políticamente correcta, que promueve las Naciones Unidas.

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Efectivamente, hay gente que cree que una bofetada a tiempo está lejos de ser maltrato y que un exceso de permisividad solo traerá males y desgracias mayores. En el otro extremo están los que insisten en que los métodos disciplinarios violentos son cosa del pasado (en los colegios públicos del Reino Unido se prohíben desde 1987) y que no hay nada que no se consiga mediante el diálogo y un castigo ajustado. De todos modos, no es igual hablar de este asunto como acto aislado que como recurso educativo habitual.

 

Un azote, capón o tirón de pelo se emplea en cualquier parte del mundo y no suelen producir traumas, dicen los expertos, salvo que vayan acompañados de una mala relación entre padres e hijos. En el Reino Unido existe una regulación peculiar ya que, se admite el poder correctivo salvo que deje “moratones, enrojecimiento o daño mental”. En las legislaciones más sensibles con la integridad física y psicológica de los niños (por ejemplo, el Código Civil español), pueden denunciarse estos actos por la víctima, un familiar o cualquier otro testigo.

Entre aquellos que sufrieron en el pasado una educación severa y violenta en su casa hay algunos que describen como el resentimiento y el odio se les quedó grabado: “un tortazo solo sirve para que el niño aprenda él mismo a pegar”.

Para muchos la violencia no es más que una muestra del fracaso como padres, pero alguno confiesa que le vino bien recibir un capón a tiempo. Estos actos espontáneos parecen sujetos a que se produzcan en el momento y con la intensidad adecuadas. Entre los fenómenos más alarmantes está el de aquellos padres que fueron víctimas de violencia durante su infancia y que después repiten estos episodios con sus propios hijos.

Puede que decirle a un niño “no te quiero”, ponerle en evidencia, llamarle “inútil” o reírse de él sean comportamientos mucho más dañinos, pero el caso es si “pegar para mostrar firmeza” debería estar siempre descartado.

 

Y tú, ¿qué opinas?

 

Por Miguel Olalquiaga

 

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