Salud y Deporte 


¿Es recomendable el entrenamiento de la fuerza en niños y jóvenes?

Tradicionalmente se ha considerado que el entrenamiento de la fuerza en edades precoces puede afectar negativamente en el desarrollo de los más jóvenes. Esta controversia existente acerca de su aplicación en niños, podría estar en algunos casos condicionada por la imagen estereotipada que se tiene del deportista adulto que practica halterofilia o del típico aficionado a las pesas y a la musculación, habituales en los gimnasios. Sin embargo, cada vez más profesionales de la educación física y del entrenamiento deportivo recomiendan la aplicación del trabajo de la fuerza en edades tempranas debido a los múltiples beneficios que ésta puede llegar a reportar.

Aplicar el sentido común y conocer una serie de recomendaciones metodológicas es fundamental a la hora de desarrollar un programa de fuerza en niños.

Aplicar el sentido común es fundamental a la hora de desarrollar un entrenamiento  de fuerza en niños.

Los detractores de este tipo de entrenamiento en la infancia argumentaban principalmente las diferencias estructurales de la musculatura existente entre niños y adultos, la falta de determinadas hormonas anabólicas, el gran estrés que supone el entrenamiento con pesas en un cuerpo aún por construir y su falta de eficacia en lo que se refiere a la propia ganancia de fuerza. Los partidarios, en cambio, destacan la importancia de su desarrollo a la hora de prevenir el riesgo de futuras lesiones articulares, ligamentosas, tendinosas y musculares, así como el incremento de la densidad mineral ósea que puede contribuir en la prevención de osteoporosis en su madurez y en un aumento considerable de la fuerza (Carrasco y Torres, 2000).

Se ha demostrado que un programa para el desarrollo de la fuerza adecuadamente prescrito produce un incremento de la fuerza muscular y de la resistencia muscular local, además de prevenir lesiones durante la práctica deportiva y mejorar el rendimiento en el deporte y en actividades recreativas (Kraemer y Fleco, 1993; citados por Badillo y Ribas, 2002). Numerosos estudios indican que los programas de fuerza en la infancia y la adolescencia favorecen un aumento de la densidad ósea con respecto a aquellos que no lo llevan a cabo. Parece ser que el ejercicio de fuerza constituye el mejor estímulo para el crecimiento y el desarrollo óseo. Por lo tanto, el entrenamiento de la fuerza en edades precoces potenciará el crecimiento.

La cuestión no radica en si se debe o no desarrollar programas de fuerza con los más jóvenes, sino que cuándo y cómo debemos llevarlos a cabo, y qué medios debemos utilizar. La gran mayoría de los autores sitúan el comienzo de este tipo de entrenamiento sobre los 7-8 años de edad. Durante esta etapa, parece existir una fase sensible en la que los estímulos de entrenamiento pueden repercutir positivamente en el niño. Por otro lado, existen evidencias de que a los 12-13 años tiene lugar el periodo de máximo crecimiento de fuerza en hombres, para terminar sobre los 17-18 años, mientras que en las mujeres se produce de 2 a 4 años antes (Pastor, 2007). Por lo tanto, de acuerdo con Badillo y Ribas (2002), no parece tener ningún sentido situar el inicio del entrenamiento de fuerza en los 17-18 años como así se pensaba hasta no hace mucho.

En cuanto a la metodología empleada, Pastor (2007) propone una serie de principios metodológicos a tener en cuenta en el ámbito del rendimiento deportivo. Por un lado, es imprescindible que el joven conozca y automatice a la perfección la técnica de ejecución básica de los ejercicios antes de aumentar la carga. Asimismo, la ejecución de este tipo de ejercicios debe realizarse con los máximos recorridos articulares y rangos de movimiento, y deben seleccionarse en función de la especialidad deportiva que se practique. Por otro lado, se recomienda entrenar esta cualidad física entre 1 y 2 días por semana, pero nunca de forma consecutiva. Las cargas deben de ser bajas (40-50%),  de 6 a 15 repeticiones por serie, y la progresión será paulatina y suave. Además, la sesión no debe sobrepasar los 30-45 minutos de esfuerzo efectivo y los tiempos de recuperación entre esfuerzos han de ser amplios.

Es posible entrenar la fuerza de forma lúdica, aplicando ejercicio globales y divertidos.

Es posible entrenar la fuerza de forma lúdica, aplicando ejercicios globales, motivantes y divertidos.

No obstante, existen diversas alternativas a la hora de programar el entrenamiento de fuerza. Una gran mayoría de autores sugiere, en el inicio de la fase sensible, el uso de una metodología más lúdica con ejercicios y/o juegos basados en movimientos naturales como empujar, correr y traccionar. A partir de los 12-13 años, se considera el momento oportuno para incluir multisaltos, pequeñas sobrecargas en forma de juegos de fuerza, lanzamientos, lucha y circuitos con estaciones en los que se trabaje con el propio peso corporal. Sin embargo, para Pastor (2007), este tipo de ejercicios “naturales” de fuerza, en los que existe una sobrecarga del propio peso corporal o del compañero, pueden ser contraproducentes para los jóvenes, puesto que se trabaja a una intensidad teórica del 90% de sus posibilidades. Por ello, este autor sugiere que una “tracción en polea alta” o un “empuje en banco” con un correcto conocimiento de la ejecución y con una carga moderada, es más recomendable que los ejercicios con la sobrecarga del propio peso corporal, debido a las elevadas exigencias de esfuerzo que éstos suponen.

En definitiva, parece evidente que el entrenamiento de fuerza, programado adecuadamente, puede resultar sano y beneficioso para los más jóvenes y repercutir positivamente en la salud general de esta población. A pesar de que existan diversas formas de aplicar un programa de fuerza en estas edades, debemos ser extremadamente cautelosos, utilizar el sentido común y tener presentes una serie de orientaciones metodológicas en la búsqueda de una práctica físico-deportiva segura y saludable.

Vía| Pastor, F. J. (2007). El entrenamiento de la fuerza en niños y jóvenes. Aplicación al rendimiento deportivo. Jornal of Human Sport and Exercise, Vol 2, Nº 1, págs. 1-9.

Más información| Carrasco, L., Torres, G. (2000). El entrenamiento de fuerza en niños. Apunts: Educación física y deportes, Nº 61, págs. 64-73; Badillo, J. J. G., Ribas, J. (2002). Programación del entrenamiento de la fuerza. Barcelona: Inde.

Imagen| Cargada, Sogatira

En QAH| El deporte juvenil: beneficios y factores negativos

 

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