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“Es que”

Debo confesar que yo soy más de acciones que de palabras. Pero, a veces, las palabras importan. No hace falta caer en el egocentrismo de aquellos que disfrutan de su propia habla. Pero, hay momentos en los que merece la pena parar y escucharse.

La sorpresa se interpone de inmediato al darnos cuenta de la ristra de muletillas que, sin saberlo, almacenamos. Algunas, robadas de otros. Otras, por creación propia. Casi todas innecesarias. Casi todas nos definen.

Y es, en ese vocabulario, donde se muestra la verdad de nosotros mismos. Nuestros miedos y nuestra entrega. Nuestras esperanzas y fracasos. Nuestra voluntad y nuestra incertidumbre.

Muchas expresiones carentes de significados y colmadas de simbolismo al mismo tiempo. Algunas nos producirán risa, otras quizá sorpresa. Por ello, detente y afina el oído para detectar lo que tus palabras dicen de ti mismo. De algún modo, ellas te convierten en quien eres. No dejes que te limiten.

Comienza por deshacerte de “Es que”, la reina del lenguaje de los cobardes. La expresión perfecta para justificarnos. El escondite que ni siquiera nos oculta. El amparo bajo el cual podemos permanecer impasibles sin comprometernos.

 

Y, “Es que” ¿de qué nos exime? Principalmente, de tomar decisiones.

De cuestionarnos con un “Es que no sé si valgo” nuestra capacidad para emprender algo. Y resulta que no se trata de cuantificar tu valía, sino tus ganas de entregarte. Entregarte con lo que eres y con lo que no eres. Porque nadie te pide que valgas más para entregarte.

Quedamos exentos de pasar a la acción cuando decimos “Es que no sé si podré”. Y no lo sabremos hasta que no nos pongamos manos a la obra. Intentarlo es el comienzo del éxito. La mayor excusa es ahogarnos en una debilidad no probada. Anticiparnos a los resultados. Poner la tirita antes de que salga la pupa.

Y, como no sabemos si valemos y no sabemos si podremos, nos quedamos de brazos cruzados. Con las manos cerradas, pero la boca abierta para decir “Es que no sé si me equivoco”. El miedo a no acertar y, con él, la justificación perfecta para dejar de tomar decisiones. Cuando la mayor manera de equivocarse es dejar de decidir, dejar de elegir.

Y, por dejar, dejamos que sean ellas -nuestras justificaciones- las que nos atrapen y limiten. Las que nos dejen presos. Las que nos llenen de cadenas que nos impidan seguir adelante. Son ellas, las que nos meten en la boca del túnel. Está en nosotros comenzar a utilizar las palabras que, en nuestra forma de comunicarnos, nos ayuden a construir la salida.

 

Vía| SerJesuita

Imagen| Túnel

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