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¿Es mi identidad cultural algo que nunca cambia?

Desde el día en que nacemos hasta el momento en que estamos en condiciones de decir que hemos alcanzado una identidad cultural propia, pueden transcurrir muchos años. Los seres humanos somos el animal que más tiempo necesita de los cuidados y enseñanzas que recibe de su entorno para llegar a sobrevivir, antes de poder hacerlo de manera autónoma.

El color de piel, los rasgos faciales y el tamaño de nuestros cuerpos están marcados genéticamente por el grupo étnico al que pertenecemos o, según el caso, por una mezcla de razas. A eso se van añadiendo un conjunto de elementos culturales básicos como la lengua materna, los usos familiares, valores, actitudes y, en definitiva, una forma de ‘estar’ en el mundo. Por desgracia, de forma explícita o inconsciente, en este proceso se transmitirán también traumas, rencores, prejuicios y algunos temores.

child-207573Aunque la influencia de la gente cercana es muy importante, la identidad parece cambiar con el tiempo, quizá se vuelva más autónoma o haya salido a buscar nuevas experiencias más allá de un grupo específico de referencia. Lucía, una madre chilena, cuenta que sus hijos se marcharon de casa y a su regreso “habían asimilado aspectos positivos de otros espacios culturales”, pero no habían olvidado los valores de su lugar de nacimiento.

 

Muchos creen que a identidad cultural debe ser flexible, pero no es fácil defender unos valores y no sentirse amenazado por lo desconocido, a veces hasta por lo que parece -o es –la corriente contraria. Muchas personas viven hoy a caballo entre una sociedad de adopción que les mira con desconfianza u hostilidad, y otra sociedad de origen que ya no les considera auténticos.

 

El escrito nacido en el Líbano e instalado después en Francia, Amin Maalouf, recoge su experiencia personal en el preámbulo de su libro Identidades Asesinas: “Lo que hace que yo sea yo, y no otro, es estar en las lindes de dos países, de dos o tres idiomas, de varias tradiciones culturales. Es eso justamente lo que define mi identidad” (Alianza Editorial, 2005).

 

Siempre que una persona recibe influencia o ‘alimento’ cultural del exterior empieza a experimentar cambios: a veces insignificantes, otras enormes. Por eso, no es lo mismo habitar en un pueblo aislado del interior que vivir en un importante puerto marítimo o paso fronterizo. Muchas veces se dice que el mejor remedio contra cualquier tipo de cerrazón es viajar mucho. No sé si siempre funciona.

 

¿Y tú? ¿Qué opinas?

 

Por Miguel Olalquiaga

 

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