Jurídico 


¿Es delito dejarse ganar un partido de fútbol?

Ahora que se habla mucho sobre apuestas deportivas ilegales, es bueno saber que, en materia penal, el art. 286 bis.4. del Código es el único precepto que castiga de manera directa los “fraudes en el deporte”, esos chanchullos a los que siempre se llamó tongos, en los que apostadores, jugadores, deportistas, árbitros, dirigentes y/o advenedizos varios, dando apariencia de competición deportiva a lo que realmente no es sino un negocio más de corrupción y engaño, perpetran una suerte de singular estafa con el único objetivo de conseguir lucrarse indebidamente.

Pero el tipo (incluido en la sección dedicada a los delitos de corrupción en los negocios), que castiga con pena de prisión de seis meses a cuatro años, inhabilitación especial para el ejercicio de industria o comercio por tiempo de uno a seis años y multa del tanto al triplo del valor del beneficio o ventaja, “a los directivos, administradores, empleados o colaboradores de una entidad deportiva, cualquiera que sea la forma jurídica de ésta, así como a los deportistas, árbitros o jueces, respecto de aquellas conductas que tengan por finalidad predeterminar o alterar de manera deliberada y fraudulenta el resultado de una prueba, encuentro o competición deportiva profesionales”, no resulta del todo satisfactorio.

En primer lugar, porque no deja suficientemente claro la necesidad, o no, de incluir como requisito del fraude deportivo las exigencias recogidas en el art. 286 bis.1, que le precede. Es decir, si además de predeterminar de manera deliberada y fraudulenta el resultado de una prueba, los defraudadores deben también, como contraprestación por ello, “recibir, solicitar o aceptar un beneficio o ventaja no justificados de cualquier naturaleza, para sí o para un tercero”. O lo que es lo mismo, si hay o no corrupción cuando un equipo, por ejemplo, se deja ganar “por conveniencia” o “por perjudicar a un (tecer) rival”, pero no porque alguien vaya a favorecerle con algún tipo de ventaja económica.

BAS11 - BUENOS AIRES (ARGENTINA) 26/06/2011. El jugador Mariano Pavone (i) de River Plate se toca el rostro al fallar un tiro penal ante Belgrano hoy, domingo 26 de junio de 2011, previo al descenso de River a la Segunda División del fútbol argentino al igualar 1-1 en el partido de vuelta de la Promoción disputado en el estadio 'Monumental' ante unos 55.000 espectadores, en Buenos Aires, Argentina. EFE/IVAN FRANCO

Y es que en el fútbol, por ejemplo, aunque parecería que la esencia de la competición consiste en tratar de ganar el partido, nadie discutiría que otra buena táctica es jugar a no perder… o incluso jugar a perder, si ello fuera necesario. Porque, ¿no es una estrategia lícita no querer marcar goles a costa de no encajarlos? Piénsese que los réditos de no perder el encuentro (y empatarlo), pueden ser mayores a medio y largo plazo en una competición larga, como la Liga, en la que lo esencial es ir acumulando puntos. Pero, ¿jugar así supondría alterar la esencia de la competición? Y no digamos si se trata de pruebas en las que los equipos se dividen en grupos, de forma que pasan a la siguiente ronda los dos o tres primeros equipos de cada grupo: con el objetivo de ganar la competición, un equipo ya clasificado para la siguiente ronda podría preferir empatar o perder su partido en la creencia de que el cruce en la eliminatoria posterior podría resultarle más propicio. ¿Sería esto ilegal?, ¿es contrario a la esencia del deporte querer ganar la competición si ello lleva aparejado dejarse ganar, o empatar, un partido?, ¿sería necesario que hubiera “un maletín” de por medio para que constituyera delito, en todo caso?, ¿forma parte de la esencia necesaria e imprescindible de la competición querer ganar a toda costa todos los en encuentros, aunque ello implique una futura eliminación?

Y la segunda razón por la que el artículo no convence es por a su evidente inocencia, originada seguramente por una visión antigua y algo miope de la compleja realidad que rodea el mundo de los “amaños deportivos”. Como si de un precepto penal del pasado siglo se tratara, la redacción del supuesto de hecho típico parece ceñirse exclusivamente a la actuación de aquellos árbitros, directivos o jugadores de fútbol -o de otro deporte- que “se dejan comprar”, o que “compran” a otros, con el objetivo de que se pierda o se empate un determinado partido.

Perseguir esos comportamientos corruptos está muy bien, es un gran acierto, pero restringir  el fraude y la corrupción en el deporte a esa actividad resulta, cuanto menos, deficiente. El mundo de las apuestas deportivas, presenciales y on-line, mueve diariamente miles de millones de euros, y permite apostar (y, por tanto, también predeterminar ilícitamente) cientos de acontecimientos relacionados con el deporte. Acontecimientos, por cierto, que no tienen nada que ver con esa finalidad típica consistente en “predeterminar o alterar el resultado de una competición”. Así, se puede apostar (y amañar) no ya el número de goles sino incluso el número de saques de esquina botados por un equipo de futbol durante un partido, el número de amonestaciones recibidas por un jugador, o un equipo, durante un encuentro de balonmano, el número de salidas nulas que se van a producir antes del pistoletazo definitivo en una carrera de cien metros lisos, el número de dobles faltas cometidas por un tenista durante el transcurso de un set o el número de mates realizados por un jugador de baloncesto un día determinado. Todo eso, y mucho más, es apostable y su previa manipulación quedaría (¡y queda!) al margen del derecho penal.

Me pregunto si las legítimas expectativas de los ingenuos apostantes quedan entonces menos frustradas -y la competición deportiva menos corrompida-, que cuando un equipo “que no se juega nada” pierde misteriosamente en la última jornada de competición frente al que sí necesita los puntos… algo que, curiosamente, a nadie, ni a apostadores ni a deportistas, termina de sorprender.

Fotografía: Globovisión, Globovisión

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