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¿Es bueno profundizar en la complejidad de las cosas?

El hombre contemporáneo precisa combinar una gran variedad de saberes para entender y gestionar la complejidad con la que se enfrenta en su vida. La ciencia plantea nuevos desafíos en materia genética con los espectaculares progresos en la descodificación del ADN humano, la tecnología irrumpe en la vida de todas las personas comunes, aparecen nuevas formas de hacer la guerra y los mercados financieros se tambalean sin motivos claros. Además, vivimos en un planeta que ya no da mucho más de sí para ofrecer todos los recursos naturales que se le exigen sin margen de recuperación.

 

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Al ser humano no le gusta perder el control de los acontecimientos y cuando se siente desbordado, se desconecta. Sin embargo, la complejidad creciente tiene su impacto sobre los hombres y, tarde o temprano, les pone a prueba. El que antes reaccione puede estar ganando ventaja sobre el resto.

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Todo aspira o se ha vuelto directamente inteligente: los hogares, edificios, las ciudades, los vehículos, el transporte urbano… Se quiere contaminar menos, pero se mira a un lado o se postergan las acciones contra los grandes agentes de impacto medioambiental. Rafael Mira destaca en la página web de dontknow que los problemas que afectan a un gran número de personas son mayores que los individuales, pero que la complejidad no tiene que conducir necesariamente a la confusión o parálisis. Lo que hagamos en nuestro pequeño radio de acción puede ser muy importante, puede que hasta suficiente.

 

Las relaciones sociales de nuestro mundo siguen, cada vez más, las pautas que proponen Facebook o Twitter. Tenemos más amigos que nunca: todo el mundo sabe o puede saber lo que hacemos, a dónde vamos o hemos estado, pero por el camino se están perdiendo cosas como saber iniciar una conversación con un desconocido. Las reglas de la amistad han cambiado.

 

Con la misma facilidad con la que un profesional llama a nuestra puerta para ofrecernos participar en un nuevo proyecto, nos puede poner en ridículo o insultar un anónimo con un comentario malintencionado a algo que hemos dicho o escrito en Internet. Ya no es suficiente con venderse bien en un momento puntual, sino que a diario hay que alimentar nuestras redes para que los demás no se olviden de nosotros. Nos hemos vuelto menos exigentes con los otros, pero al mismo tiempo nos pueden generar estrés.

 

La actitud reflexiva y la capacidad de desmenuzar la realidad en sus múltiples partes, compartir e interactuar, pueden ser herramientas útiles al alcance de muchas más personas de las que se cree. En un momento en el que es importante saber relacionar problemas, buscar reglas comunes para situaciones muy diversas, Jorge Úbeda propone la filosofía como disciplina idónea -de hoy y de siempre-, para el ejercicio del pensamiento complejo.

 

¿Y tú? ¿Qué opinas?

 

Por Miguel Olalquiaga

 

 

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