Cultura y Sociedad, Literatura 


Ernest Hemingway, el americano que amaba España

A finales de los años 30, cuando el antiguo matadero de Legazpi en Madrid era efectivamente el matadero (1), el intenso olor sobrepasaba sus robustos muros, impregnando todo el barrio obrero de su alrededor.
Sin embargo, ese olor no parecía perturbar a cierto escritor americano obsesionado con el toreo, que por entonces vivía en Madrid y a quien gustaba frecuentar el matadero. “Muchas mañanas me levanto al amanecer y vengo aquí para observar a los novilleros, y a veces también a los propios toreros, que vienen a practicar el arte de matar, y también hay mujeres haciendo fila por la sangre”, escribe (según el biógrafo de Hemingway A. E. Hotchner, las mujeres iban para beber la supuestamente nutritiva sangre fresca de los terneros recién sacrificados).

Habiendo visitado París, Pamplona, La Habana y tantos lugares, hay un sitio especial para Madrid en el corazón de Ernest Miller Hemingway (21 de Julio 21, 1899 – 2 de Julio, 1961). “La más española de todas las ciudades”, decía, pues acoge en ella a toda la gente de las diversas regiones de España”. Es más, llegó a escribir una pequeña obra sobre Madrid titulada “La capital del mundo”.

Don Ernesto”, como le llamaban los españoles, estuvo por momentos en Madrid a finales de los años 20, 30 y parte de los 50s; su última visita fue muy a principios de los 60 (como es sabido, se suicidó en Ketchum, Idaho, el 2 de julio de 1961).

Hemingway se alojó en una de las ocasiones en el Hotel Tryp de la Gran Vía, cuyo salón para desayunos de la segunda planta lleva ahora su nombre, y expone fotos suyas en esas actitudes tan características y masculinas que le eran propias, como encendiendo un habano, disparando un rifle o pescando un enorme pez en una barca).

Para Hemingway la Gran Vía era un amplio bulevar equivalente a una mezcla de Broadway y la Quinta Avenida de Nueva York. Aquí estaba (y sigue estando) Chicote (actualmente ‘Museo Chicote’, si bien sigue sirviendo sus famosos cócteles), local que frecuentó especialmente en los años 30, y que por entonces estaba abarrotado de periodistas internacionales que cubrían la información de la Guerra Civil Española. Hemingway era uno de ellos, pues era corresponsal para la North American Newspaper Alliance.

De aquí, con frecuencia, le llevaban sus pasos a la Puerta del Sol, y a la cercana calle Victoria, donde adquiría billetes para las corridas de toros. Era asiduo de la Cervecería Alemana, en la Plaza de Santa Ana, hasta el punto de que tenía su propia mesa, justo al lado de la ventana.

También visitaba La Venencia, en la calle Echegaray, por aquellos años frecuentada por soldados republicanos. En este peculiar local Hemingway obtenía información sobre lo que pasaba en el frente, todo lo cual le serviría también posteriormente como documentación e inspiración para su novela “Por quién doblan las campanas” (For Whom the Bell Tolls). Por cierto, La Venencia no ha cambiado nada desde entonces. (2)

Apasionado del toreo, cuando iba a la plaza de toros de Las Ventas, a Hemingway le gustaba sentarse en la Sección 9.
“Nobody ever lives their life all the way up except bull-fighters” (“nadie vive su propia vida por completo, excepto los toreros”) dice su personaje Jake en The Sun Also Rises (“Fiesta”).

También era asiduo al Museo del Prado, una de las razones por las que en otras de sus visitas prefería alojarse en el Hotel Palace, en cuyo bar solía empezar las tardes con uno o dos martinis; lugar que cita también hacia el final de su novela “Fiesta” (The Sun also Rises).

«We rode in a taxi down to the Palace Hotel, arranged for berths on the Sud Express for the night, and went into the bar of the hotel for a cocktail. We sat on high stools at the bar while the barman shook the Martinis in a large nickelled shaker»

Todos los personajes de la novela beben bastante, hasta el punto de que algunos autores han querido ver en los personajes de “Fiesta” todos los síntomas del alcoholismo: depresión, ansiedad, desórdenes sexuales… Otros autores ven en ello, en cambio, un gesto de rebeldía contra la Ley Seca imperante en EE.UU. en aquellos años.

Los protagonistas de la novela, Jake y Brett, hacia el final de la obra, también almuerzan en Botín (“el restaurante más antiguo del mundo”, y uno de los mejores también, según “Don Ernesto”).

«Where will we have lunch?” I asked Brett. The bar was cool. (…) It’s rotten here in the hotel. Do you know a place called Botín’s?” I asked the barman. (…) We lunched up-stairs at Botín’s. It is one of the best restaurants in the world»

Cuentan los propietarios actuales que en una ocasión Hemingway quiso preparar una paella, y su abuelo –el de los dueños de Botín- le dio acceso a la cocina. Sin embargo, la paella no debió de salir muy bien, pues no le volvieron a dejar acercarse a los fogones. Sí le dejaban preparar los martinis, eso sí.

¿Fue feliz Ernest Hemingway en España, en Madrid?
Difícil de decir, pero, a pesar de su carácter melancólico (y bebedor), lo más probable es que sí.

En Death in the Afternoon (“Muerte en la tarde”) escribe:

“To go to bed at night in Madrid marks you as a little queer. For a long time your friends will be a little uncomfortable about it. Nobody goes to bed in Madrid until they have killed the night. Appointments with a friend are habitually made for after midnight at the cafe.”

(“Irse a dormir temprano en Madrid es como querer sentar plaza de persona extravagante, y vuestros amigos se sentirían molestos durante algún tiempo con vosotros. Nadie se va a la cama en Madrid antes de haber matado la noche. Por lo general, se cita a un amigo poco después de la medianoche en el café”)
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Le atrae sin duda la vida –especialmente la nocturna- de Madrid.

Incluso en los últimos meses de su vida Ernest Hemingway regresa a Madrid, desde Cuba. En esta ocasión, en cambio, parece otro Hemingway: empezaba a encontrarse enfermo, se sentía solo y permanecía en la cama durante días enteros. Está constantemente preocupado por el dinero y por su propia seguridad, presenta incluso episodios paranoides, convencido de que el FBI espía y controla todos sus movimientos. (3)

Hemingway, en realidad, manifiesta los mismos síntomas de hemocromatosis que tuviera su padre (4), una enfermedad genética que impide el correcto metabolismo del hierro y que ocasiona deterioro físico y mental, y es efectivamente diagnosticado a principio de 1961. A ello se añade su condición de bebedor impenitente.

En Octubre de 1960 deja Madrid con destino a Nueva York. Aunque se pretende mantener en secreto –ingresa con nombre falso-, es ingresado en la Clínica Mayo, donde le tratan con electroshocks, lo cual, junto con la medicación que se le administraba, no hace sino empeorar su estado depresivo. Aun así, unos meses más tarde (abril de 1961) vuelve a ser ingresado y tratado con los mismos métodos… Es dado de alta el 30 de junio de 1961.

Sólo dos días después, el 2 de julio de 1961, Hemingway se dispara con su rifle favorito.
A pesar de que el médico que le atendió diagnosticó que “había muerto de una herida auto infringida en la cabeza”, en un principio se dijo a la prensa que su muerte había sido accidental… No se tardaría mucho en saber la verdad sobre la muerte de este Premio Nobel americano que tanto amó Madrid y España.

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Continúa existiendo en Madrid la Sociedad Wellington de Madrid (www.wllsoc.org), que ofrece actividades turísticas, entre ellas, un tour por los sitos que frecuentó Hemingway.

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(1) Como es sabido, el matadero como tal fue cerrado en 1996, para ser reconvertido más tarde en el espacio cultural que es en la actualidad.
(2) Y sigue conservando ciertas normas que permanecen invariables desde los años de la Guerra:1) por razones de higiene, no escupir en el suelo”, reza un letrero; 2) no se permite hacer fotos: durante la Guerra Civil podían incriminar a los republicanos y ser delatados por espías fascistas; 3) no se admiten propinas: los leales a la Republica se consideraban trabajadores y todos eran iguales, por lo que la propina carece de sentido (era de señoritos); 4) la copa se coge por el tallo, de lo contrario, en los años de la Guerra se pensaría que no eras usual por allí, es decir, podrías ser un espía.

(3) De hecho, el FBI sí había abierto un expediente con el nombre de Ernest Hemingway durante la II Guerra Mundial, y se vigilaron sus actividades cuando estuvo en Cuba.

(4) El padre de Hemingway, Clarence Edmonds Hemingway, en 1928, y dos de sus hermanos, Ursula y Leicester también se suicidaron.

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Imagen:
Galería de imágenes de ‘Museo Chicote’.

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