Cultura y Sociedad, Historia 


Entre Cambrai y Amiens: Confusión en el mando, 1918

Desgastar al enemigo y luego concentrar todas tus fuerzas en el momento y lugar decisivos. Este era el credo en el que tanta fe tenía depositada el mariscal de campo Sir Douglas Haig, Generalísimo de las Fuerzas Británicas en Francia; y al igual que la mayoría de sus generales, estaba convencido que Alemania no lograría mantenerse en pie durante otro año más de guerra de desgaste.

General Sir Douglas Haig

General Sir Douglas Haig

Haig suponía que 1918 sería el año de la victoria, sin contar con que el balance de fuerzas en el frente occidental se iba a equilibrar con la retirada de la contienda de los rusos. La toma del poder por los bolcheviques precipitó la caída del zarismo y trajo consigo el colapso de la cadena de mando del ejército ruso. La firma el 3 de marzo de 1918 del Tratado de Paz de Brest-Litovsk entre Alemania y el Imperio Austrohúngaro, y la Rusia Soviética, ponía fin a la guerra en el frente oriental, y liberaba decenas de divisiones alemanas para poder ser empleadas en Francia.

A finales de 1917 no sólo el número de efectivos enfrentados estaba cambiando; en el campo de batalla el uso de tanques, aviones, morteros ligeros, metralletas y gas estaban alterando las tácticas tradicionales de infantería-artillería. La cuestión que se estaba planteando era cómo recuperar la sorpresa en el campo de batalla. ¿Podría el tanque cambiar la idea de que lo que determinaba el resultado de una batalla era la superioridad numérica de soldados?

Después de tres años de guerra de trincheras había suficientes dudas sobre el futuro de la guerra para que toda una nueva serie de ideas empezasen a tomar forma y a plantearse en abierto. Una de ellas era la de separar el Cuerpo de Tanques de la Caballería (discusión parecida a la que existía entre la fuerza aérea y el ejército de tierra). Otra era si debía de haber un representante del Cuerpo de Tanques en el Cuartel General y en el Alto Estado Mayor, al igual que sucedía con la Artillería, la Caballería y la Infantería.

La visión que Haig tenía del tanque era la de una simple herramienta más de apoyo a la infantería. Para él sólo esta podía ocupar y defender el territorio ganado; depositar demasiadas esperanzas en el tanque podía menguar la capacidad de resistencia y agresividad del soldado. Sin embargo, capturar territorio no era sinónimo de victoria, y las pérdidas humanas eran tan elevadas que toda pequeña victoria auguraba una próxima derrota.

Escuadrón de Cazas alemanes

Dos tendencias coexistían a principios de 1918. En la primero había desde entusiastas del uso masivo del tanque y el avión (teniente-coronel Fuller, generales Elles, jefe del Cuerpo de Tanques, y Capper, director general Cuerpo de Tanques, así como el ministro de Municiones, Winston Churchill), hasta posiciones más moderadas sin una clara idea de cómo y en qué grado combinar tecnología e infantería (generales Maxse, jefe del XIX Cuerpo, Haldane, jefe VI Cuerpo, Monash, jefe del Cuerpo Australiano, y Rawlinson, jefe del 4º Ejército). Frente a ellos no sólo se encontraba Haig, sino además la mayoría del alto mando: generales Birch, asesor de artillería del cuartel general, Lawrence, jefe del Alto Estado Mayor, Davidson, director de operaciones del cuartel general, y Dawnay, jefe de organización del cuartel general.

Las distintas ofensivas alemanas durante la primavera de 1918 y las cerca de 300.000 bajas británicas que estas ocasionaron, convencieron al primer ministro Lloyd George y al ministerio de Guerra de que era necesario un cambio de estrategia. Con semejantes pérdidas era imposible seguir con la clásica estrategia de desgaste y superioridad numérica. Era imprescindible un cambio de doctrina y táctica que adecuase los manuales a lo que se estaba viendo en el campo de batalla. Los alemanes ya habían tomado nota; ¿lo harían los británicos a tiempo?

 

En colaboración con QAH| Revista Digital de Historia Militar

En QAH| La evolución del tanque: La batalla de Cambrai

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