Historia 


¿En qué consistía el ritual del haraquiri?

Etimológicamente, el harakiri, o haraquiri, tal como lo acepta la Real Academia Española, significa algo así como “rajarse la barriga”, por lo que la palabra con la que en Occidente más comúnmente se conoce hoy en día a este ritual es en realidad un término que en japonés resultaría ofensivo, despectivo. Quizá lo más apropiado sería hablar de seppuku, palabra que se escribe con los mismos kanjis, los caracteres utilizados en la escritura de la lengua japonesa, pero en distinto orden, y que tiene una interpretación más respetable, haciendo alusión al acto de abrirse el vientre, el lugar en el que según muchas creencias antiguas se encontraba alojada la mente, purificándose así las ideas y purgándose los pecados cometidos. Y es que, lejos de ser un mero método de suicidio, el haraquiri era un honorífico ritual reservado sólo a las clases nobles, y restringido únicamente a los hombres, siendo especialmente conocido por ser el sistema mediante el que los guerreros samuráis se quitaban la vida para conservar su honor.

En la tradición japonesa, el bushido era el código ético que se inculcaba en la nobleza. Traducido como “el camino del guerrero”, el verdadero dogma del bushido era el honor. La vida giraba en torno a la idea de conservar la honra intacta, por medio de la lealtad, la rectitud y la integridad a la hora de cumplir con los cometidos que cada cual tenía. Morir habiendo faltado a estas pautas era algo realmente impensable para la antigua sociedad japonesa. Ante esa posibilidad, el ritual del haraquiri estaba destinado a morir de manera honorable, abandonando la vida con un acto que permitía conservar el respeto. Se relaciona sobre todo con los soldados samuráis, militares pertenecientes a la nobleza, quienes estaban sometidos a altas probabilidades de practicarse este final, si tenemos en cuenta que para ellos una muerte natural fruto de la vejez ya estaba considerada como una manera indigna de morir.

Ilustración de haraquiri. Tsukioka Yoshitoshi. 1868

Ilustración de haraquiri. Tsukioka Yoshitoshi. 1868

El rito del haraquiri era público, siendo la mayoría de los asistentes amigos o familiares del practicante. El dudosamente afortunado protagonista, si desde nuestra perspectiva lo evaluamos, comenzaba por adoptar la postura conocida como seiza, la considerada correcta manera de sentarse según la cultura japonesa, y que consiste en ponerse de rodillas, sentándose con las nalgas sobre los tobillos, colocando los empeines sobre el suelo y manteniendo la espalda totalmente recta. A continuación, el ritual continuaba con la redacción de un poema en el que el ejecutante resumía sus pensamientos y sensaciones en ese instante previo a la muerte. Esta composición recibía el nombre de yuigon, que significa “declaración que uno deja atrás”, o también conocida como zeppitsu, que quiere decir “última pincelada”. Solía plasmarse sobre el tessen, el abanico japonés utilizado como arma de guerra. Después, el siguiente paso era beber sake, una bebida alcohólica obtenida a partir de la fermentación del arroz, para posteriormente, por fin, bajarse la parte de arriba del kimono, siempre blanco, el color de los muertos, dejando el torso al descubierto. Las mangas del kimono se entrelazaban en las rodillas, para que el cuerpo inerte tendiera a caer hacia adelante, pues caer hacia atrás se entendía como humillante. Llegaba entonces el momento en el que se empuñaba el tantō, la daga utilizada, similar a una pequeña katana cuya hoja rondaba los treinta centímetros. Cuidadosamente, el practicante se aseguraba de aferrarla envolviendo previamente sus manos, o bien la propia empuñadura del arma, en papel de arroz, con el objetivo de no manchar sus manos de sangre, algo que también era considerado deshonroso.

El proceso del uso del puñal también estaba regularizado, y comenzaba por el hincado del mismo en la parte izquierda del abdomen, manteniendo el filo del tantō hacia la diestra, para posteriormente deslizar de manera firme la daga hacia la parte derecha, abriendo el vientre por completo. El recorrido de la hoja finalizaba abriendo un nuevo corte vertical desde la parte central del anterior hacia arriba, alcanzando el esternón.

Estatua del samurái Kusunoki Masashige. Tokio

Estatua del samurái Kusunoki Masashige. Tokio

Pero esta ceremonia tan brutal no solía completarse, puesto que tal acto requería una difícil templanza y resistencia. Es por ello que el haraquiri podía incluir la participación de un ayudante, denominado kaishaku, cuya misión era decapitar al seppukunin ahorrándole la agonía de una muerte lenta y dolorosa. Era común que el propio ejecutante escogiera a su colaborador, otorgándole el privilegio de quitarle la vida con honor, por lo que para tal tarea se solía pensar en algún familiar, amigo o compañero de confianza. Privilegio que estaba sometido al riesgo de no ejecutar la decapitación como se debía, en cuyo caso la pena era el deshonor para el kaishaku, o incluso la misma muerte, motivo por el que a menudo los escogidos se negaban a aceptar tal compromiso, y se recurría a especialistas en el manejo de la espada. Y es que la ejecución de la decapitación también estaba sujeta a un sistema concreto, consistente en rebanar el cuello del seppukunin pero sin llegar a separar por completo la cabeza, para evitar la grotesca escena de que la testa saliera disparada contra el público asistente. El propio ejecutado era el encargado de realizar una señal pactada previamente a su kaishaku. El tiempo que tardara en darla medía la valentía del practicante, siendo bastante habitual que el seppukunin no llegara siquiera a clavarse el tantō, sino que el simple hecho de empuñarlo y situarlo sobre su vientre era considerado el instante acordado para que el kaishaku actuara. Que un seppukunin permaneciera vivo hasta el momento de realizarse el corte vertical hasta el esternón sin duda era entendido como un signo de auténtica valentía.

Al haraquiri se recurría normalmente por voluntad propia, aunque podía darse el caso de que fuese impuesto como condena a personas nobles que habían cometido algún delito merecedor de la pena de muerte, ofreciéndoles la ventaja de morir con honor. Es conocida la historia de los cuarenta y siete rōnin, samuráis sin líder, que cometieron el delito de matar al daimio que había causado la muerte de su señor para así vengarlo, conscientes de que solo el haraquiri podría limpiar su honor. Un duro final aceptado con gloria, pues no era sino el final del camino del guerrero.

En colaboración con QAH| Corresponsal en la Historia

Vía| Asian History

Imagen| Ilustración, Estatua

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