Historia 


En Mani, el tamaño importa

         –Perdone, ¿Dónde hay torres?

La dependienta de suvenires de la cueva de Diros -esa gran desconocida- miró de arriba abajo a mi directora de Tesis como si le hubiese hecho la pregunta más estúpida del mundo, y, chascando su lengua como sólo saben hacer en aquel país, contestó parsimoniosamente:

         –En todos los lados…

Aunque hablaban en griego, para mi sorpresa me di cuenta de que me había enterado de su respuesta (!) y le dije a Carmen que necesitábamos más especificidad, parakaló… Ya habíamos visto de lejos varias de las famosas y siniestras atalayas que, aquí y allá, emergen dispersas en el rocoso paisaje de Mani, pero andábamos buscando una suerte de mezcla helénica entre San Gimignano y Manhattan y hasta el momento no habíamos dado con ella.

La señora -que nos observaba con cierto desdén mientras rumiaba por qué diantre fue a dar con una guiri que hablaba su lengua- creo que debió percatarse de lo que decía y, tal vez, para deshacerse pronto de nosotros, pronunció lacónica -nunca mejor dicho- una sola palabra:

         –Vathia

Endáxi! Nuestras lecturas confirmadas (“el elevado pico de Vathia (…) enteramente coronado con torres”). Ya teníamos el objetivo. Pronto veríamos uno de los escenarios de la peculiar guerra de alturas que cuenta Paddy Leigh Fermor en Mani (1958), el libro acerca de sus correrías por el extremo más austral del Peloponeso, o como él mismo las describe en el prefacio “privadas incursiones en Grecia (…) a las regiones menos frecuentadas, a menudo las de más difícil acceso y las de escaso atractivo para la mayoría de los viajeros”; léase, nuestra particular guía de viaje…

Según el citado escritor, que, tras muchas y densas lecturas salía a investigar a pie de campo algunas ‘particularidades’ griegas, el origen de las torres de Mani se remonta a la historia tardomedieval de la antigua Nykli, hoy Trípoli, capital de la Arcadia, pese a ser fea como ella sola.

En 1295, el emperador bizantino Andrónico II Paleólogo arrasó dicha ciudad durante una guerra civil. Sus habitantes, los llamados gasmouli -un híbrido entre francos y griegos (éstos, en teoría, remotos descendientes de los colonos espartanos de Amiclas)- huyeron hacia el Sur, cruzaron el Taigeto, se refugiaron en Mani y fundaron un primigenio asentamiento denominado Kita -nombre tal vez derivado de città o cité– sobre las ruinas de la antigua Mesa del catálogo de las naves de la Ilíada.

Pues bien, estos gasmouli sojuzgaron a la población local e instauraron en sus nuevos predios el mismo feudalismo de su anterior territorio -un “sistema tribal no muy distinto del de las Highlands de Escocia”-, pura herencia del Imperio Latino oriental resultante de la toma de Constantinopla tras la Cuarta Cruzada en 1204. En la cumbre regían los clanes de barones aristócratas, llamados nyklianos por su antigua procedencia, dueños de las exiguas tierras fértiles maniotas, y por debajo -literalmente- los achamnómeri, “ilotas” y “villanos” a los que sus amos denominaban despectivamente “los burros”.

Aquellos terratenientes, sabedores de que sus nuevos dominios eran muy pobres, pronto se reconvirtieron en condotieros o “tempranos señores de la guerra” y sus vasallos, deudores de pleitesía, aparte de trabajarles los campos les acompañaban en sus razias piráticas con las que acrecentaban sus riquezas (Leigh Fermor comenta que “los maniotas fueron célebres corsarios”, puntualizando, para mi encanto, que “no había empresa […], cualquiera que haya sido su envergadura, que estuviese completa sin un sacerdote”). Pero el problema de la escasez de tierras siempre estuvo presente y poco después de su instalación a comienzos del siglo XIV -y hasta bastante entrado el XIX- se produjeron brutales luchas por la posesión de los pocos pastos, olivares y salinas de la zona. Empieza lo bueno…

Fue hacia 1600 cuando los enemistados nyklianos comenzaron a fortificarse ante la permanente amenaza de los clanes vecinos. Para su defensa erigieron altas y recias torres, las cuales sólo tenían derecho a cubrir con mármol las pertenecientes a familias de más rancio abolengo. A este respecto cabe decir que aquel sistema feudal, en cierto sentido, era abierto, y un villano podía medrar y ascender socialmente si en batalla se había destacado con meritorios hechos de sangre. Llegados a este punto crítico de los enfrentamientos, pelillos a la mar con respecto a la sangre aristocrática; para los clanes eran más importantes otras dos cosas: que sus fortalezas fueran más altas que las del contrario -bombardear desde arriba siempre es más fácil- y tener mayor número de guerreros para el combate. En Mani se daba una “anual carrera de reproducción” con el fin de engendrar más miembros que aportar a la causa y cuando nacía un varón se disparaba al aire exclamando “¡Otro fusil para la familia! (“de hecho, se dice «fusiles» para referirse a los niños”), “¡Bienvenido! ¡Que viva y aprenda a empuñar las armas y a exterminar a todos sus enemigos!”. Doce años después la criatura ya disparaba arcabuzazos desde las aspilleras. Sin embargo, el nacimiento de una mujer era motivo de tristeza porque no servían directamente para la guerra, aunque su función vital -no obstante- también contribuía a la causa: parir nuevos fusiles (¿herencia espartana?), cantar miroloi -los célebres cantos fúnebres que Paddy retrotrae hasta el planto de Andrómaca ante el cadáver de Héctor- e inculcar a los pequeños el odio más visceral hacia el enemigo, una venganza de sangre en bucle digna de la Orestiada. El objetivo de toda la familia era la completa aniquilación del oponente y en esa lucha, de puro simple, sólo ganaba quien tuviera las torres más altas y un mayor número de fusiles abriendo fuego.

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Los “atados de espárragos petrificados” de Palirós, sobre el cabo Ténaro.

Las guerras entre clanes se declaraban oficialmente con la frase “¡Somos enemigos! ¡Cuidado!”. A partir de ese memento silbaban las balas y era mortal salir a la calle. “A veces esto duraba años: un punto muerto en el cual los únicos sonidos eran el tronar de los cañones, la explosión de pólvora, el derrumbamiento de los muros, el estrépito de los disparos y los gemidos de los lamentos fúnebres”.

Todo el aprovisionamiento se realizaba tras la puesta del sol aunque la oscuridad no estaba exenta de peligro. Cada callejón ocultaba una celada, fuego a quemarropa de mosquete o combates cuerpo a cuerpo con acero de dagas, yagatanes y cimitarras. Bajo el amparo de la noche también se realizaban raids hacia las posiciones enemigas destinados -en los mejores casos-, a volarlas por los aires con un barril explosivo que rodaba hasta la entrada de una torre…aunque si había un especial encono se prefería taponar la puerta con madera, heno y brea y darle candela para que sus ocupantes se quemasen vivos. Po! Po! Po!

Por el día, mientras se disparaba al contrario y éste replicaba, se reparaban simultáneamente los desperfectos ocasionados por el continuo bombardeo. Y siempre la misma ambición, acrecentar la altura de la torre, más y más. Los maniotas patentaron la expresión “venirse arriba“que ahora está en boca de todo el mundo.

Pese a que los conflictos se dilataban mucho en el tiempo, cuando el campo requería su laboreo se acordaba un alto el fuego entre las partes en lid. Así pues, los irreconciliables enemigos recogían la aceituna al lado, bajo un silencio sepulcral, y después, dada la señal, volvían a matarse con toda naturalidad.

La población neutral de estos pueblos torreados, lógicamente, como siempre, estaba a merced de los daños colaterales. En ocasiones se recurría a algún miembro no involucrado en los conflictos como xevgáltes, un extractor que conducía por la tierra de nadie a alguien que hubiese conseguido una tregua personal para “para llevar a cabo una tarea importante” fuera de la aldea; a saber, acudir a un bautismo, una boda o -en los últimos tiempos- ir a votar…¡Griegos!

Finalmente, antes de su completo exterminio, uno de los bandos se rendía y en un ceremonial besaban las ensangrentadas manos de sus vencedores, pidiéndoles disculpas. Después se establecía un vínculo de alianza protectora entre las familias y el acto se clausuraba con una fiesta denominada agape. Chín, chín. Sólo era cuestión de buscar un nuevo enemigo…

De esta forma los siglos transcurrieron y a comienzos del XIX Petrobey Mavromichalis, “el nykliano de los nyklianos”, impuso por su autoridad un cese general de las hostilidades entre torres con el fin de liberarse del común opresor de todos los griegos, el Imperio Otomano. En la primera acción de la romántica Guerra de la Independencia -el asalto a la fortaleza de Kalamata- participaron un buen número de maniotas que volvieron después a sus degollinas internas una vez se deshicieron de los turcos. Más torres, más altas. “La inveterada y privada música de los disparos y de los lamentos fúnebres continuó tal y como lo había hecho en los buenos viejos tiempos”.

Pero inevitablemente sobrevino la decadencia y aquellos antiguos aristócratas, poco a poco, sucumbieron ante la modernidad del estrenado ‘sistema’ parlamentario. Se revolvieron contra el nuevo gobierno, sí, pero sólo era el “estertor agónico del viejo orden”. La primera Constitución de 1843 los equiparaba en igualdad a sus siervos y a los “valacos” de más allá del Taigeto. La sola idea de un nuevo ejército profesional griego, donde todos habrían de empezar desde abajo sirviendo junto o, peor aún, bajo la férula de vulgares villanos les producía náuseas. Paddy, siempre más exquisitamente erudito, lo expresa así: “era como intentar persuadir a los Malatesta y a los Baglioni de ir entre las filas comandados por los mozos de cuadra de Rímini y de Perusa”. Pero finalmente “la amabilidad y el tacto triunfaron donde la coerción había resultado impotente” y aquellos “hombres de hierro y sangre”, que “sólo lloran cuando alguien que debía ser asesinado fallece de muerte natural” entraron a servir como oficiales en la recién creada Falange Maniota. Todo había terminado, o casi…porque algunas deudas de sangre no prescribían, “no había transigencia”, y  siempre acechaba alguna “bala de un revólver o una puñalada en Atenas, en las minas de estaño de Laurion, en Constantinopla, en Alejandría o bajo el puente de Brooklyn”.

En cuanto uno deja atrás el Mani Externo y se adentra en el Profundo, surgen por doquier pueblos abandonados erizados de enhiestas torres que acechan desde las alturas.

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Golpeadas por las balas de los cañones, picadas por las municiones, acometidas por el tiempo y la decadencia, desaprobadas, prohibidas y condenadas por un régimen tras otro, insolentes, se hallaban las aviesas e indelebles torres”. Vathia, por fin. “No parecía un lugar de Grecia, sino más bien un pueblo extinto de Argelia o de Mauritania”.

Añosas y agostadas, hace mucho que se vinieron abajo en un postrer bombardeo, pasto de incendios, terremotos o simplemente tras el inmisericorde paso del tiempo, jrónia kai jrónia… Paseando entre sus ruinas buscando “algo más que la dispersa y hermosa osamenta del mundo antiguo” no pude menos que sentir cierta “nostalgia en torno a esas viejas batallas”. Ahora “el cañón se aherrumbraba” sirviendo como reclamo turístico en los restaurantes (yo pico en esos cebos) y lo único aguzado que encontraba tras cada esquina eran los pinchos de inmensas tunas que devoran los escombros. “Las grandes guerras nyklianas habían terminado” y en vano esperé a los fantasmas clamando venganza de los que hablaba mi libro la noche que gocé del siniestro privilegio de dormir en una antigua torre restaurada. Desde su último piso el paisaje se veía distinto a través de una boca de fuego, pero allí “el cielo exorciza y anula el principio de la maldad intrínseca”…

El otro día, ojeando los subrayados de mi libro -con el recuerdo de mi vida pirata de kafenion, paximadia y tsipouro- reparé en varias páginas espacialmente señaladas durante el pasado mes de mayo. Volví a releer la evocación del “Mani Profundo como (…) una Canaán adorada e inalcanzable”, el contraste “entre el glorioso pasado y el humillante y servil presente” y, sobre todo, las frases dichas por un autóctono viejo y nostálgico a Leigh Fermor: “Ya no hay grandes estadistas en Grecia, ni (…) los hay tampoco en Inglaterra. Son tan sólo políticos y hombres de partido, que no pueden ver más allá de sus narices. ¡Y mirad en qué lío estamos todos metidos! (…) Sabrá Dios qué daño traerá todo esto (…) ¡Que Dios salve a la pobre Grecia, y también a la pobre Inglaterra! Y que nos libere de las manos de estos hombres mediocres”.

Estas palabras fueron publicadas en 1958. Paradójicamente, justo otros 58 años después siguen teniendo una pasmosa validez, incluso en España… Un tanto apesadumbrado bajé a la calle para despejarme y mientras fumaba abstraído mis ojos siguieron la dirección ascendente del humo. Entonces reparé en la altura de mi octavo y sonreí. Bien mirado sirve como torre…

Al gran Lefteris Yannoulopoulos,

que recorrió a pie el ya extinto Mani de Paddy.

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Un lugar muy caluroso en el que no hay nada más que piedras

Vía| LEIGH FERMOR, P., Mani, Barcelona, Acantilado, 2010 (1958).

Más información| Inside the Mani; Mani (Lonely Planet).

Imágenes| Ángel Carlos Pérez Aguayo.

En QAH| Patrick Leigh Fermor lo sabía.

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