Opinión 


Ellos

Son dos. Les conocí el otro día.

Bueno, miento. En realidad son tres. Cuatro. Cientos. Miles.

Más de medio millón. Como los que están atrapados en Irak, mientras una ofensiva internacional trata de arrebatar al ISIS su último bastión en el país, Mosul.

Esos 600.000 no deberían estar ahí. No tendrían que hacerlo si todos nos uniésemos y pidiésemos una solución global y real a su drama. A nuestra realidad. Porque sí, es nuestra.

Los refugiados son nuestro asunto porque SOMOS NOSOTROS. Porque nuestros antepasados lo han sido, porque la suerte decidió que nosotros no lo fuésemos y tuviésemos opción. Responsabilidad. Soluciones. Las que se hallan cuando dejamos de mirar hacia otro lado. Cuando dejamos de cerrar y abrir los ojos a ratos y exigimos una respuesta.

Esos 600.000 no deberían estar ahí. No tendrían que hacerlo si todos nos uniésemos y pidiésemos una solución global y real a su drama.

Tú, ciudadano. Y con más motivo si eres periodista. O si eres político. O tú, que ocupas un lugar importante en un lobby que controla más de lo que estamos dispuestos a creer. Tú eres responsable. Tú tienes una hija, un sobrino, una prima o un hermano. O lo tuviste.

Imagina que está muriendo de sed en una ciudad devastada, con el agua hasta el cuello en una barca que se hunde, tumbado inerte y boca abajo en una playa, limpiándose asustado (y solo) la sangre que le brota de la cara en el asiento de una ambulancia, abrazado a un hermano mientras lloran desconsolados porque a un tercer hermano le han matado.

Levántate por él. Si de verdad has hecho el esfuerzo y te has imaginado a un ser querido, no me creo que no lo hagas. Que no vayas a luchar. Que te rindas. Que no digas basta. Que esto hay que pararlo.

 “Tengo muchos problemas ya en mi vida. ¿Por qué me voy a preocupar también ahora del de esta gente? Pero es que el de esta gente es el que separa la vida de la muerte”, decía Jordi Évole hace unos días en horario de máxima audiencia.

No escribo aquí para juzgar su recién estrenado documental o decir si es buena persona o mal periodista. Pero su frase, si lo pensáis, lo resume todo.

Después de Mosul, llegará el invierno. El frío, la lluvia, el hielo. Los campos de refugiados, entretanto, desbordados y haciéndole frente a los tres. Y a la indiferencia.

Como decía, el otro día conocí a dos. Dos que vienen de allí, de Irak. Dos que han vivido en una vorágine, pasando por un campo de refugiados ‘de esos’, de los que vemos tan lejanos, hasta acabar aquí. Y da igual, no les importa. Su forma de vida es la sonrisa.

Pero millones de sonrisas como las suyas corren peligro. Corren peligro porque enferman. Porque mueren. Porque alguien decide algo por ellos: hacerles daño.

“Si queremos exigir a los políticos que nos ayuden, tenemos que ayudarnos entre nosotros. Si ellos no nos dan ejemplo, deberíamos dárselo nosotros”, leí el otro día.

La entrevista en cuestión no viene a cuento, pero las frases no pueden ser más acertadas. Unámonos. Alcemos las voces. No dejemos de machacar con lo mismo. De denunciar lo que está ocurriendo.

Si queremos exigir a los políticos que nos ayuden, tenemos que ayudarnos entre nosotros. Si ellos no nos dan ejemplo, deberíamos dárselo nosotros.

Volviendo al tema, que me emociono y me pierdo, aquellos dos del otro día me conquistaron. Me enamoraron. En un par de horas, entre juegos y sonrisas, me enseñaron que la felicidad es un estado permanente, una decisión que no puede comprarse ni venderse, que se lleva dentro.

Conocerles me mostró, también, lo que unos padres pueden llegar a hacer por sus hijos. Vale, de acuerdo, hagámoslo por ellos. E igualmente por los adultos, porque una vez lo fueron también. Simplemente para que dejen de morir con nuestro consentimiento implícito. Quejémonos. Manifestémonos. Hagamos ruido. Granos. Montañas de arena. Lo que sea.

Apelo a ellos porque sé que llegan y porque no consigo entender qué más necesitamos. ¿Cuántas dosis de dolor y sufrimiento hacen falta para despertar la empatía? La que merecen todos los seres humanos. Porque sí, la empatía está dentro de nosotros. Exactamente igual que la felicidad. Aprendamos de los niños.

Vía| Alicia De la Puente Cobacho

Imagen | Campo de refugiados

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