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Elegía del encuentro cara a cara (instrucciones para una revolución screen free)

“Mientras nosotros posponemos, la vida se acelera.”

-Séneca

             Acabamos de inaugurar el primer tramo de 2018 con un cúmulo de reuniones postergadas durante el año pasado, encuentros pendientes que fueron quedando en el camino pese al tendal de WhatsApp que prometían, una y otra vez, “la semana que viene arreglamos”, “te llamo y coordinamos…”.

               La hiperconexión nos confina a esta sucesión de acuerdos truncos. Confirmamos -sin convencimiento- estas visitas a través del variopinto mosaico de apps desperdigadas por la pantalla de nuestro smartphone y cancelamos el compromiso apelando a excusas endebles. El compromiso de la palabra plasmada en estas plataformas encierra el germen de la postergación: fenómenos inusitados de la actualidad mediada por los siempre presentes (y autoritarios) dispositivos móviles.

               No hay caso: ni la infinidad de íconos del escritorio, ni los chats infinitos saturados de promesas futiles -o acaso los vetustos mensajes de texto y la profusión de emoticonos*- resultan suficientes para concretar ese abrazo o realizar aquella charla que funciona como un verdadero update analógico de lo que ocurre con nuestras vidas, en contraposición con los tuits, las imágenes o los posteos que nos exhiben de manera fragmentada en las redes sociales. Compartir una comida, escuchar la voz del otro en vivo -y no mediante audios interminables- y apreciar el gesto de una sonrisa sincera, en lugar de los “jajaja”, son señales que trazan  el recorrido del conocimiento cercano y amable.

              La profesora del Instituto Tecnológico de Massachusetts y autora del libro En defensa de la conversación (2016), Sherry Turkle, sostiene que debido al apogeo y omnipresencia de los dispositivos tecnológicos y la profusión de redes sociales y canales de comunicación virtuales estamos experimentando una huida de la conversación cara a cara.  Sin ella perdemos aquello que nos diferencia del resto de las especies: nuestra humanidad”. Turkle señala que ha surgido un nuevo ser, multitarea, hiperconectado, que se define por “comparto, luego existo”, pero que se siente más solo. “Hemos pasado de estar en una comunidad a tener la sensación de estar en una comunidad. ¿Hemos pasado también de la empatía a la sensación de empatía? ¿De la amistad a la sensación de la amistad?”, se pregunta la autora de este best seller, aclamado incluso por The Washington Post.

               Acordemos un hecho irrefutable: no es lo mismo compartir 280 caracteres con un contacto de Twitter, un par de likes en Instagram o comentarios tipeados con torpeza y cierto desinterés en la dispersión de Facebook, que encontrarse con alguien y disfrutar de una conversación, sin las irrupciones destellantes del resplandor de las pantallas y los tintineos de los avisos de e-mails, nuevos mensajes, audios, DMs, Me gusta y otras formas de interrupción que emergen de los meandros digitales. Acaso se trate de abogar por una revolución screen free.

               La paradoja de la multiplicidad en la oferta de opciones para permanecer conectado conduce a la soledad de la conexión infinita y la ausencia del otro en persona. Que 2018 nos traiga más palabras y menos notificaciones.

*Emoticono es la forma correcta de referirse a la representación gráfica que se utiliza en la actualidad para complementar o reemplazar a las palabras en los entornos virtuales y las redes sociales. Su etimología proviene de la unión de los términos “emoción” e “ícono”, según lo consignó el profesor argentino Pedro Luis Barcia en una entrevista ofrecida en el programa Confesiones, por radio Mitre.

Fuentes | The Washington Post,  Radio Mitre, Diario El Mundo

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