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El viaje por España de Hans Christian Andersen

En la calle Mayor de Madrid, justo en la esquina con la Puerta del Sol, hay desde 2012 una placa que recuerda la visita del gran creador de cuentos infantiles Hans Christian Andersen. (Odense, 2 de abril de 1805-Copenhage, 4 de agosto de 1875)

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Andersen se alojó en ese mismo edificio (conocido como Casa Cordero o Casa Maragato), lo que era entonces la Fonda de la Vizcaína (que abrió sus puertas en 1846 y se llamaba así por el origen de su dueña, Ramona Berdorrain, y fue una de las primeras fondas que ofrecía platos al gusto extranjero, con menos aceite y menos ajo, y ofrecía sus menús en table d’hôte, algo muy novedoso por entonces, pues hasta entonces lo habitual en las fondas madrileñas era que cada cual comiera en su habitación).

En 1808, el rey Carlos IV envió una división española de soldados para ayudar a prevenir una posible invasión sueca de Dinamarca, mandada por el mariscal Bernardotte. Las tropas franco-españolas fueron recibidas con hostilidad, pero mientras fue creciendo la antipatía por los franceses, la cortesía y el buen humor de los españoles se fueron ganando la confianza de los daneses.

Hans Christian Andersen recordaría en El cuento de mi vida:

“Un buen día, me alzó un soldado español en sus brazos y apretó contra mis labios una medalla de plata que llevaba colgando sobre su pecho desnudo. Recuerdo que mi madre se enfadó mucho y dijo que eso era católico; pero a mí me habían gustado la medalla y el extranjero aquel, que bailara girando conmigo en brazos mientras lloraba; por lo visto él tenía niños allá en España. Vi cómo llevaban a uno de sus compañeros para ajusticiarlo. Muchos años más tarde, acordándome de aquello, escribí mi poemita “El soldado” (Soldaten), que traducido al alemán por Chamisso (1), se hizo popular en Alemania y ha sido incluido en las canciones militares alemanas como algo original alemán”.

Y buena debió de ser en efecto la impresión que causaron los españoles en el ilustre narrador de cuentos, si bien, cómo no, la imagen que debía de tener del país resultaba pintoresca, hasta el punto de que una amiga suya danesa, que sí conocía España, le escribió, de parte de otro amigo, que “le ruega que venga a aquí y que vaya a España, porque eso que usted escribe no es en absoluto España”.

El deseo todavía insatisfecho de Hans Christian Andersen de visitar España se aviva con el tiempo. “¡Oh!, quién estuviese en España, es como para ponerse verde de rabia por no poder estar allí!”, escribe a su protector y amigo Edward Collin en julio de 1842.

Años más tarde, en 1862, Hans Christian Andersen atraviesa el paso de La Junquera: por fin está en España.
De su recorrido por nuestro país, deja constancia en su libro Viaje por España. Le sorprende Cataluña, desde donde viaja en barco a Valencia, Alicante, de allí a Málaga (“En ninguna otra ciudad española he llegado a sentirme tan dichoso y tan a gusto como en Málaga. Un propio modo de vivir, la naturaleza, el mar abierto, todo cuanto para mí es vital e imprescindible lo hallé aquí; y algo todavía más importante: gente amable“). Y en su diario anota “¡Aquí quiero que me entierren en caso de que muera en España!”, exclamé; pero el cónsul contestó acertadamente: “escriba antes sobre este hermoso país, no deseo yo ser el que le entierre aquí”), dedica un largo número de páginas a Granada, Cádiz le deja más bien indiferente, pero Sevilla…”Aquí no falta más que el mar; si lo hubiese, Sevilla sería perfecta; la reina de las ciudades”.

Desde allí, pasa por Córdoba y llega por fin a Madrid.

Lo siento, amable lector, si eres madrileño; Madrid no le gustó demasiado: “no tiene carácter de ciudad española, y mucho menos de capital de España”. “Madrid es para mí un camello derrumbado en el desierto; yo tomé asiento en una de sus gibas y oteé los alrededores, pero me sentía incómodamente sentado y el asiento salía muy caro”…

Además, el clima de Madrid también le desconcertó: “Soplaba un viento que yo mismo, que procedo de uno de los puntos cardinales del viento, del norte, encontré diabólico”. Él mismo cita un dicho de los españoles:
“El aire de Madrid es tan sutil
que mata a un hombre
y no apaga un candil”

Pero no fue sólo el frío climático. El escritor, que había sido agasajado por los monarcas de media Europa, homenajeado en París, Londres o Roma… pasó prácticamente inadvertido por la capital española, se encontró con que sus libros no habían sido traducidos al español, y a la cena que organizó para él el embajador de Suecia apenas asistieron unos pocos periodistas que ni siquiera escribieron sobre él.

Una gran decepción sin duda para el escritor que tanto soñaba con nuestro país. “Nadie me conoce ni desea hacerlo”, deja tristemente escrito en su diario.

Sólo aprecia el Museo del Prado (“una sorprendente joya tiene a pesar de todo Madrid, única en su clase: la galería de arte, una perla, tesoro digno de verse, merece la pena venir a Madrid sólo por eso”) y las representaciones de ópera italiana.

También le gustó la Puerta del Sol, “la plaza donde vivimos” y, según escribe, “hay en Madrid dos plazas más dignas de mención, cada una con su peculiaridad propia. La más bonita es la amplia y frondosa Plaza de Oriente, frente al Palacio Real; bajo la espesura del follaje de los árboles se yergue un corro de estatuas de reyes y reinas de León y Castilla (…) La Plaza Mayor, que se encuentra cerca de aquí, es totalmente diferente; en ella se siente uno oprimido como en el patio de una cárcel, mas no puede negarse que es la más peculiar de todas las plazas madrileñas. Tiene un aspecto medieval, es más ancha que larga y en su centro tiene una estatua ecuestre de Felipe III. Bajo los altos soportales que rodean su ámbito hay solamente pequeños e insignificantes comercios (…) Antiguamente esta plaza fue escenario de las sangrientas corridas de toros y los execrables autos de fe (…) La plaza de las Cortes es una plaza insignificante (…) para el forastero no tiene esa plaza más mérito que un monumento que en sí carece de grandeza (…) mas, oyendo su nombre al momento nos detenemos embargados por un sentimiento de agradecimiento y de dicha; la estatua que tenemos ante nosotros caminó en carne y hueso un día por la tierra, fue un rey del ingenio cuyas obras iluminaron todo el orbe culto; su memoria es una bendición”. Es la estatua a Miguel de Cervantes.

El breve capítulo que Andersen dedica a Madrid, concluye: “Mi intención había sido pasar las navidades en Madrid y quedarme allí hasta entrado el nuevo año; pero, a pesar de que paulatinamente fui conociendo a más y más personas interesantes y de la benevolencia que se me demostró, y a pesar de tener la ópera, el museo y corridas de toros todos los domingos si quería, no soportaba la idea de quedarme aquí más de tres semanas (…) El clima de Madrid es inaguantable: nieve, lluvia y ventisca, peor tiempo no lo hace en el norte en esta época del año. Y si por casualidad algún día la atmósfera estaba pura y despejada, el viento era tan cortante, tan seco, tan enervante, que tenía uno la impresión de estar secándose como una momia.”

Desde Madrid –cómo no- visita Toledo (“lugar que de extraño modo despertó mi simpatía”); sigue su viaje hacia el norte para volver de regreso a su Dinamarca natal, pasando por Burgos (“”¿Era esto estar en España? pensé. ¿Era esto estar en una país caliente?”)… le encanta San Sebastián (“Nadie nos había mencionado esta ciudad de modo especial, ni se nos había dicho que mereciese la pena de una visita larga, la cual sin duda merece. Es una ciudad genuinamente española, con un paisaje maravilloso”).
Al final de su periplo, de todos modos, se lleva un buen recuerdo de España, volvía “de tan buen humor como al volver de una fiesta en la que me había sentido feliz y me lo había pasado estupendamente”.

Meses más tarde escribiría: El mapa nos muestra a España como la cabeza de Doña Europa; yo vi su preciosa cara y no la olvidaré nunca”.

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(1) Adelbert Von Chamisso; poeta y botánico del Romanticismo Alemán. Tiene obras de tal deliciosa lectura como La asombrosa historia de Peter Schlemihl (1814)

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Vía: Andersen, Hans Christian: Viaje por España.

Imagen: Hans Christian Andersen, retrato de 1860.

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