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El Turismo gastronómico: Una delicatessen que se nos puede atragantar

El turismo en España batió récords en 2013, tras recibir a 60,6 millones de turistas internacionales.  Esto supone un aumento del 5,6% con respecto a 2012 y nos permite recuperar el tercer puesto entre los países del planeta que más visitantes extranjeros reciben.

Tanto para nuestro turismo interior como para el que recibimos de fuera, uno de los grandes atractivos que ofrece nuestro país es su gastronomía. Nuestra cocina, rica en variedades, reconocida por la pureza de sus ingredientes, basada en una cada vez más popular dieta mediterránea y avalada por chefs por todos conocidos y admirados, es de sobra reconocida en todo el mundo. Tanto, que los expertos en marketing y empresarios del sector turístico no han dudado en ponerla en el escaparate a la hora de publicitar los atractivos turísticos de nuestro país.

La importancia de la gastronomía como motor de arrastre para el turismo ya quedó patente durante la celebración de la última Cumbre Internacional de Gastronomía ‘Madrid Fusión’, en la que se comprobó que la determinación de apoyar y promocionar la oferta gastronómica de una ciudad puede servir de dinamizador económico y foco de atracción turística.

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Y es en eso en lo que precisamente se basa el llamado “turismo gastronómico”; aquél que se práctica con la restauración como principal razón de ser y que abarca todas las actividades involucradas en la preparación y degustación de la “comida típica” de cada región.  Visitas a centros de elaboración, mercados y tiendas locales, rutas de cata de vinos, quesos y demás o degustaciones populares en fiestas tradicionales, son algunos ejemplos de lo que se denomina “turismo gastronómico”.

 

 

Al igual que el “turismo rural”, el gastronómico, es una nueva tendencia que optimiza los recursos del país y se centra en actividades basadas en costumbres o tradiciones de toda la vida, pero que, convenientemente etiquetadas y empaquetadas, dan un nuevo “aire” a la actividad y parecen renovarla.

Ahora bien, cuando alguna de esas costumbres o tradiciones  -en este caso, la gastronomía – se convierte en un reclamo para un consumo masivo, puede ir perdiendo su autenticidad y “sabor tradicional” y convertirse en poco más que una “atracción de feria”.  Y cuando en dicho proceso de masificación además sacrificamos rasgos de nuestra identidad y cultura y ponemos en riesgo nuestros recursos naturales, quizás convenga ser prudentes y velar por la frescura y la sostenibilidad de nuestro entorno más que por rentabilidades económicas a corto o medio plazo.

Así, muchos acusan al “turismo gastronómico” de ser intrusivo e incluso agresivo y perjudicial.  Donde algunos ven un turismo que consagra valores como el respeto a la cultura, a las tradiciones, a la vida sana y al cuidado y embellecimiento del entorno, otros no ven más que una “moda” creada por operadores turísticos y empresarios del sector dispuestos a poner en juego nuestra identidad y cultura a cambio de un beneficio empresarial.

Celebrar y disfrutar de nuestros sabores y tradiciones, compartirlos con los que nos visitan optimizando nuestros recursos para rentabilizar nuestra principal fuente de ingresos, es del todo aceptable. Sí, ¿pero a qué precio?

Y tu, ¿qué opinas?

Por Juan Canut

 

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