Historia 


El Tesoro Arqueológico (Parte III): Hallazgo y elementos de la Serendipia

              Conjunto del Tesoro de Aliseda

En los dos artículos anteriores hablamos de qué trata ese término que Pablo Ortiz llama “Serendipia” del Tesoro Arqueológico, recordándolo un poco y a modo de síntesis diremos que se trata de esa vorágine codiciosa que se produce en el hombre pobre (porque la serendipia es cosa de pobres) cuando estos tesoros hacen su aparición, pero en general, la aparición de este tipo de hallazgos recordemos que producen cambios y ello influye en la necesidad humana de aprehensión del mismo si lo vemos desde unas necesidad socioeconómicas determinadas, y ponemos el ejemplo del contexto social y económico en el que se halla el Tesoro de Aliseda (Cáceres) hacia 1929 (Consultar artículo: Crónica del hallazgo del Tesoro de Aliseda). Otro elemento que ya explicamos en la segunda entrega de esta serie de artículos a través de esa pequeña reflexión bibliográfica sobre la literatura de tesoros, es sin duda que dicha literatura alimenta la fantasía de esos buscadores, pero que también existieron personajes como Rodríguez Moñino quien fue un pionero en acercar esa literatura fantasiosa a la Arqueología a través de su charla en el Liceo de Mérida hacia 1945. En esta tercera entrega veremos en qué circunstancias se producen los hallazgos de tesoros y cuáles son los elementos principales de esa serendipia.

 

             Torques y Pátera de Berzocana

En cuanto al hallazgo se refiere, sin duda no hay momento más oscuro en la historia de los tesoros arqueológicos que en el instante en que aparecen. De hecho, no lo pudo expresar mejor Carlos Callejo cuando contaba las circunstancias en las que apareció el Tesoro de Berzocana (Cáceres) allá por 1961, y decía: “por la índole novelesca y propicia a ocultaciones del asunto, es imposible establecer con certeza las auténticas circunstancias del hallazgo”. Ello es casi una verdad absoluta pues de entrada, nunca se sabe a ciencia cierta cómo fueron los hechos que rodearon la aparición de un tesoro arqueológico. En el hallazgo convergen circunstancias múltiples que aparecen y desaparecen del relato de los hechos en función de intereses varios, siempre determinados por los ordenamientos y conveniencias de los grupos sociales. Llegar a la verdad del hallazgo es una tarea que necesita, pues, de un conocimiento profundo del sistema sociocultural en que se incluyen sus protagonistas que aparecen relacionados con el tesoro arqueológico y su gestión.

 

Es una constante en la historia de los tesoros arqueológicos lo extremadamente difícil que resulta desenredar las explicaciones de los descubridores (la cuestión de los descubridores la abordaremos en la cuarta entrega de esta serie de artículos), casi siempre interesados en presentar sus relatos con pocas certezas y muchas explicaciones de conveniencia, todo un ramillete de medias verdades, así como mentiras de pequeño, medio y gran tamaño. Pero tampoco se puede dejar de lado cierto desdén del profesional hacia las gentes del mundo rural y sus experiencias, ni la incapacidad de quien vive acomodado a los usos y costumbres de la ciudad para interpretar la sociología del campesino. Es por eso que el arqueólogo no se ocupaba demasiado en explorar las interioridades de un relato que sabe lleno de sombras y se limita a poner algún orden en él, normalmente de manera apresurada. Con eso ya era suficiente para pasar a lo que se consideraba fundamental, esto es, al análisis de las piezas y, si era procedente, a su entorno arqueológico.

 

No encontramos así con que no hay crónica de hallazgo arqueológico que no esté necesitada de su oportuna reflexión, a la que no se puede arribar si no es desde la investigación previa. Hoy no está completo un proyecto científico que no incorpore la historia de las investigaciones, concebida ya como parte estructural del trabajo y no como obligado e insustancial pórtico de entrada al mismo. De ahí que nuevos relatos hayan sustituido a crónicas de hallazgos fosilizadas que se han revelado plagadas de errores y lagunas, y que en ocasiones condicionaron las teorías explicativas sobre las piezas arqueológicas y su funcionalidad. Los casos de Guarrazar y Torredonjimeno, el Carambolo o Aliseda pueden servirnos de ejemplos de esta circunstancia. La investigación historiográfica no solo ha ajustado muchos de los elementos que aparecían relacionados con estos tesoros, sino que ha permitido reconstruir el fosilizado relato sobre la historia de los hallazgos. Las bases de esta nueva construcción alcanzan no solo al terreno sociológico o cultural, sino que son fundamentales para entender la dimensión arqueológica de cada caso y, por ende, el análisis histórico (Ortiz Romero, 2017; 20-21).

 

El tesoro aparece a menudo al realizar faenas agrícolas: por la acción del arado (ejemplo, Tesoro del Cortijo de Évora) o al cavar hoyas para plantar olivos como es el caso de los Tesoros de Serradilla, del Olivar de Melcón o de Torredonjimeno. Otras veces la remoción de tierras nada tiene que ver con las tareas del campo y sí con el trabajo de canteras y graveras como en el caso de los dos Tesoros de Villena, o al realizar obras como la ampliación de la Sociedad del Tiro de Pichón de Sevilla en el cerro del Carambolo. En otras ocasiones los elementos naturales acuden para precipitar la serendipia, como ocurrió en el caso del Tesoro de Guarrazar, exhumado tras una tormenta.

 

Con el oro en el capazo, la serendipia es poca cosa ante la codicia humana. El hallazgo trae consigo, de manera inmediata, que un conjunto de extrañas fuerzas se desencadenen en torno a las joyas. Estas son arrancadas de la tierra con denuedo tembloroso y hasta que se ponen a resguardo no es extraño que queden esparcidas si son menudas y bastantes. Pero aún en medio de la vorágine del hallazgo, el resplandor del oro no logra cegar por completo al descubridor, que enseguida pretende someter a las convulsas fuerzas de la serendipia. Y es que, pese a todo, lo común es que los descubridores del tesoro traten de mantener la sangre fría y el secreto.

 

                      Tesoro de Guarrazar

Es lo que sucedió con el Tesoro de Guarrazar, ante el que sus descubridores pospusieron la extracción hasta disponer de tiempo y herramientas. Tuvieron buen cuidado de tapar el hallazgo para volver más tarde, cuando cayera la noche. Mas necesitaron de un farol para alumbrar la extracción y eso llamó la atención de otro elemento clave en los hallazgos de tesoros: el intruso. Alguien que está por allí, más o menos emboscado, y que no pierde detalle del suceso. En Guadamur la luz en la noche llamó a un vecino, Domingo de la Cruz, que debió asistir al trabajo nocturno del matrimonio con la avaricia desbordada, y que al día siguiente continuó con el trabajo. Y que tuvo ánimo para mantener oculta su parte del tesoro durante más de dos años, tiempo que aprovechó para desmontar y vender más de tres cuartas partes de las piezas.

 

             Conjunto del Tesoro de Ébora

Esta estrategia de enfriar el hallazgo para garantizar que el plan previsto se cumpla sin problemas, es más frecuente de lo que algunas crónicas de hallazgos parecen mostrar. Suele ser lo habitual que el descubridor no se impaciente y espere a que la vorágine pase. Nada mejor que ocultar lo que tantos años estuvo oculto para que el desconcierto serendípico desaparezca, o al menos no dé al traste con los planes soñados. Ocurrió con el Tesoro del Cortijo de Ébora, que afloró en dos fases, y que seguramente fue ocultado durante un tiempo, ya sea total o parcialmente. No falta quien piensa que su misma aparición, dos meses después de que lo hiciera el del Carambolo es ya en sí misma muy sospechosa, y que tal vez se quiso normalizar un conjunto que hacía tiempo ya había aparecido. El Tesoro de Serradilla (Cáceres) también está rodeado de sospecha, pues el descubridor se contradijo en las circunstancias del hallazgo y se demostró que no salió precisamente corriendo a venderlo, sino que lo guardó durante un tiempo indeterminado hasta que un martes de mercado de 1965 fue a Plasencia y ofreció las piezas a un joyero. Lo mismo ocurrió con el Tesoro de Torredonjimeno, que según los descubridores se guardó en un desván de manera despreocupada, algo que no comprendieron quienes siguieron de cerca las pesquisas para situar en sus coordenadas espacio-temporales el hallazgo. Y ni siquiera en Aliseda podemos descartar que no se hubieran producido hallazgos casuales de joyas y que existiese un estado de inquietud entre la familia de tejeros ante estos elementos que podrían haber aparecido esporádicamente, aunque cuando apareció el tesoro este fue rápidamente puesto en circulación (Ortiz Romero, 2017; 21-22).

 

Fuente| Romero Ortiz, P. “El Tesoro Arqueológico o la serendipia desatada” en Historias de Tesoros, Tesoros con Historia; Cáceres, 2017, pp. 13-36.

Imágenes| Conjunto del Tesoro de Aliseda, Torques y Pátera de Berzocana, Tesoro de Guarrazar, Conjunto del Tesoro de Ébora  

En Colaboración con QAH| Arqueología y Gestión Turística

RELACIONADOS