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El Sahel, patio trasero de la Unión Europea

El término frontera es definido en Derecho Internacional como la línea que marca el límite exterior del territorio de un Estado, es decir, la línea que determina el ámbito espacial donde un Estado ejerce su soberanía con exclusión de otros. Fue entre los siglos XVIII y XX cuando se asentó el concepto de frontera lineal entre Estados, basada, en términos generales, en accidentes geográficos. Pero también, y especialmente en suelo africano, en procesos coloniales que establecieron límites entre etnias afines y dejaron a individuos con características físicas, culturales y sociales comunes a ambos lados de las líneas creadas de manera artificial.

Tradicionalmente, el concepto de frontera se vinculaba al espacio terrestre, pero en la actualidad esta categoría engloba espacios físicamente diferentes sobre los que también se proyecta la soberanía estatal, como son los espacios marítimos y los aéreos. Así, el concepto lineal se ha ampliado, en especial en lo que se refiere a asuntos de carácter estratégico, y actualmente podría hablarse más de zonas que de líneas de frontera.

Si a todo esto le sumamos la importancia que para la seguridad de un Estado o un conjunto de Estados tienen las áreas geográficas próximas, surge el término de “frontera de seguridad”, en sus dos versiones: frontera de seguridad de un Estado y frontera multilateral de seguridad de una agrupación de Estados con intereses estratégicos comunes. Teniendo en cuenta que España y África están separadas por tan sólo 14’4 kilómetros de distancia, ¿dónde debería situarse la frontera de seguridad sur de la Unión Europea?

El Sahel, patio trasero de la Unión Europea

El Sahel, patio trasero de la Unión Europea

El Sahel es la franja geográfica situada inmediatamente al sur del Sahara, y recorre África desde el Atlántico al Cuerno oriental, en el límite entre el Magreb y el África subsahariana. Con cuatro millones de km2, esta región está formada por Senegal, Mauritania, Burkina Faso, Mali, Níger, Chad, Sudán y Eritrea. La pobreza y el subdesarrollo, la desertización, la dificultad de controlar las fronteras, la mala distribución de las rentas procedentes de la explotación de recursos (uranio y petróleo), la corrupción, la escasa integración de las poblaciones nómadas (como los Tuareg) y la falta de capacidad de los Estados para controlar sus territorios, han permitido el desarrollo de un conjunto de serias amenazas para la estabilidad regional y la seguridad internacional. A los riesgos terrestres hay que añadir el riesgo marítimo, que afecta al gran arco oceánico que comienza en Gibraltar y se extiende hasta el Golfo de Guinea. Un riesgo que, como todos los que se desarrollan en el mar, tiene su origen en los espacios terrestres en los que se asientan las bases del mismo.

Por si fuera poco, estos espacios se han convertido en el foco de atracción de movimientos islámicos fundamentalistas que, aunque actúan por motivaciones yihadistas, se financian a través del tráfico de droga por el desierto, tráfico de armas, secuestros, actos terroristas… Estableciéndose como auténticos grupos de delincuencia organizada. Todo ello bajo la bandera de Al Qaeda, con una ideología que, desde Oriente Medio, se expande a estos territorios, a través de los repetidores del Magreb.

Consciente de estas amenazas, la Unión Europea comenzó a adoptar una serie de medidas en el marco de la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) –uno de los componentes más importantes de la Política Europea de Seguridad Común (PESC) y su arma operativa en el ámbito de la gestión de crisis–. Medidas que durante años no pasaron de la creación de documentos que jamás se llevaron a la práctica.

Han sido las transformaciones en la configuración geopolítica en el Sahel, especialmente tras el conflicto de Libia, las que han llevado a la organización internacional a recalibrar sus planes de implementación para adaptarlos al nuevo contexto. Así, en marzo de 2012, el Consejo de Asuntos Exteriores aprobó de manera urgente –tras dos años de espera en un cajón, como propuesta conjunta de España y Francia– la Estrategia para la Seguridad y el Desarrollo en el Sahel. Y en los últimos años ha desplegado misiones en Níger (EUCAP SAHEL Níger, 2012), Mali (EUTM Mali, 2013) y Libia (EUBAM Libia, 2013), e incluso ha llegado a regiones de África subsahariana como Somalia (ATALANTA, 2008  y EUTM Somalia, 2010).

Pero a pesar de los esfuerzos, Europa llega tarde. Durante años, los 27 aprobaron otras estrategias como la del Cáucaso, Asia Central o los Balcanes, e ignoraron, una vez más, los intereses políticos y estratégicos del sur, percibido como el patio trasero de Europa. Las prisas han derivado en misiones “parche”, es decir, estrategias cortoplacistas que se materializan cuando el conflicto ya se ha desatado y donde no se abordan las causas estructurales. Ante esto, sólo nos queda confiar en que la Unión Europea siga conservado su músculo fuerte: la reconstrucción tras el conflicto. Siempre se ha reconocido que, aunque no ha sido capaz hasta el momento de resolver crisis, al menos ha tenido éxito en la consolidación de los procesos posconflicto. De ahí la acertada afirmación “the EU doesn’t play but they pay”.

Vía|Atenea digital

Más información|El País, IEEE, Fride, Ministerio de Defensa, UCM

Imagen|Sahel

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