Cultura y Sociedad, Patrimonio 


El retablo de la Santa Cruz y el comercio de arte entre los siglos XV y XVI

Retablo de la Santa Cruz en la capilla absidial de la Epístola de la iglesia de San Lesmes de Burgos

Durante la Baja Edad Media y la Edad Moderna la sociedad castellana, con constantes relaciones comerciales con los territorios flamencos, gustó de importar obras de arte, con un floreciente comercio artístico a fines del siglo XV, sobre todo con Brujas, Bruselas y Amberes, de tapices, pinturas y tallas en madera, piezas que satisfacían los refinados gustos de la época, no sólo de la nobleza y la Iglesia, sino también de un creciente grupo de comerciantes adinerados.

Las obras podían ser encargadas expresamente en los distintos talleres in situ en Flandes, pudiendo así imponer exigencias concretas, o adquirirse, lo más habitual, en Ferias, como la de Medina del Campo, vía de entrada en Castilla de notables obras de arte flamencas.

El retablo de la Santa Cruz fue,  precisamente, uno de esos encargos directos y ex profeso, realizado por don García de Salamanca, un rico comerciante burgalés, a un taller de Amberes, para su recién adquirida capilla funeraria  en la iglesia de San Lesmes de Burgos.

Lo habitual eran los pequeños trípticos de madera policromada, obras fácilmente transportables y que después podían colocarse sobre un altar. Pero en este caso, en vez de ser una pieza transportable, está encajado en el muro, dentro de un arco semicircular de rico angrelado enmarcado por otro conopial rematado por un Calvario.

Además, como todavía se encuentra en el lugar para el que fue realizado, ello nos permite explicarlo y justificarlo dentro de su contexto original, el de una capilla familiar privada con finalidad funeraria, un claro ejemplo de cómo durante el siglo XV la creciente burguesía se fue incorporando a los usos nobiliarios costeándose capillas funerarias propias, normalmente en sus mismas parroquias, monumentos que nos hablan de su poder económico pero también de sus gustos estéticos.

Cuenta con cuerpo y predela, ambos divididos en tres calles, y todo el conjunto está rodeado de una orla decorativa de tallos, hojas y frutos sobre los que se distribuyen seis escudos, otra clara demostración de la importancia que en esos momentos la burguesía concedía a la heráldica.

Detalle de la escena central de la Subida al Calvario

Una de sus características locales es la monumentalidad de las figuras, pues en la mayoría de los ejemplos flamencos se tiende a la acumulación de figuritas en escenas narrativas plagadas de anécdotas, con ejemplos como el exquisito retablo de la Pasión de Cristo en el Convento de San Antonio el Real de Segovia, donación de Enrique IV, fechado ha. 1460 y también realizado en Flandes.

En la calle central, en consonancia con la advocación de la capilla a la Santa Cruz, se representa la escena de Jesús camino del Calvario ayudado por el Cireneo mientras a su encuentro les sale la Verónica.

Por encima, encontramos a Santa Catalina y a San Julián el Hospitalario, y en las calles laterales aparecen San Juan Evangelista y María Magdalena bajo San Pedro y Santiago respectivamente. El santoral se completa con San Miguel, tradicionalmente ligado a lo funerario por su función de psicopompo, el encargado de transportar las almas tras el Juicio Final.

El que en la predela aparezcan los donantes orantes junto a sus santos protectores, pero aislados de la escena sagrada, cuando lo lógico en las obras flamencas era que éstos aparecieran incorporados a las representaciones como personajes de las mismas, también nos está indicando que la obra sería un encargo directo, pues adopta una fórmula local que habría sido exigida por don García de Salamanca y que también se observa en otros notorios ejemplos burgaleses, entre los que, quizá, el más destacado sea el Retablo mayor de la Cartuja de Miraflores, de Gil de Siloe.

Imágenes propias

Más información| GÓMEZ BÁRCENA, M. J., “Escultura gótica de importación en Burgos: el Retablo de Santa Cruz en la iglesia de San Lesmes”. Boletín de la Institución Fernán González, 1994/2, Año 73, nº 209, 279-296.

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