Especial Crisis Económicas de la Historia, Historia 


El rescate que llevó a Inglaterra a la bancarrota (I)

Bancarrota

Bancarrota

Desgraciadamente las bancarrotas de los países han marcado la Historia universal más de lo que, de acuerdo con las buenas formas de gobernación, deberían. Todas y cada una de ellas sin ninguna excepción conocida han afectado especialmente a las clases campesinas y precisamente durante los momentos en los que peor situación, ya sea por pestes o miasmas, por guerras o por hambrunas, se encontraban.

Sin embargo, así como la mayoría de las guerras y campañas militares acarreaban implícito un estado de desgobernanza, de ajuste al alta de los impuestos y de dejar los campos y los talleres de artesanos completamente desiertos a causa de las levas de reclutamiento, resultaba más infrecuente que produjeran severas bancarrotas salvo que, como es obvio, la potencia fuera la derrotada. Ésto se acentuaba característicamente en las campañas en tierras lejanas que requerían obligatoriamente una logística más extensa para el transporte de las tropas, el reclutamiento de mercenarios para complementar las líneas o el suplemento de alimentación y alojamiento. No resulta paradójico por tanto que Las Cruzadas fueran en lo que hoy día llamaríamos inversiones a fondo perdido por varios motivos.

El primero y más lógico era el pago de los honorarios de la soldada que aunque llegaba tarde y mal –y solía ser complementado mediante el pillaje en las ciudades ocupadas debido a la escasa ganancia– era muy costoso y elevado, más por el número de tropas desplegadas que por su buen pago, id est los estipendios de la cuantía total de hombres superaba a menudo los beneficios obtenidos en la campaña y ese déficit tenía que ser cubierto por las arcas del Estado.

El segundo es consecuencia directa del primero; si las arcas estaban casi vacías y los costes de las tropas aumentaban exponencialmente con cada paso que se alejaban de la cadena de suministro, los impuestos debían subirse para compensar el déficit gravando a los artesanos y campesinos y haciéndose en la mayor parte de los casos impagables.

La tercera situación sería más bien pasiva y subsidiaria de las dos anteriores. Estando los hombres en la guerra los campos de cultivo permanecían sin arar y sin dar, los ya de por sí escasos, beneficios lo que realzaba las desigualdades y acentuaba considerablemente la hambruna de las clases más bajas; hecho que incrementaba el pillaje por los caminos y los robos e incluso producía en algunos casos rebeliones que terminaban siendo brutalmente reprimidas.

Sin embargo y aunque ésto ocurría en casi todos los casos de forma genérica, hubo un caso concreto en la Historia donde la crisis económica de un reino se produjo por una causa relativamente más inaudita: el pago de un rescate.

En 1189 y con el fracaso de la Segunda Cruzada (1147-1149) y apremiados por el creciente poder e influencia de la Siria musulmana gobernada por Salah ad-Din –frecuentemente conocido en occidente con Saladino–, Felipe II de Francia y Enrique II de Inglaterra pusieron al margen sus disputas territoriales europeas para, como aliados y movidos por el fervor religioso –y también temiendo que en su ausencia el otro usurpase sus territorios–, embarcarse a Tierra Santa. El emperador del Imperio Romano Germánico, Federico I Barbarroja, y el que a la postre sería su sucesor, Leopoldo V de Austria, también respondieron a la llamada a la armas. Sin embargo y desafortunadamente, Enrique II murió achacado por su mala salud y por la edad dejando la eficaz Inglaterra en manos de su belicoso hijo Ricardo I Corazón de León, lo que resultó ser un desastre para la estable y creciente economía nacional.

Ricardo I de Inglaterra

Ricardo I de Inglaterra

Ricardo, como la mayoría de los Plantagenet, era esencialmente francés en educación y en modales y desde temprana edad pareció tener destacadas habilidades políticas y militares. En su juventud se volvió notorio por su valentía y buena disposición para trabar combate; sin embargo como sus hermanos, desafiaba constantemente la autoridad de su padre y su sentido de la responsabilidad civil era cuanto menos cuestionable. De hecho, no llegaron a los seis meses en total el tiempo que pisó suelo inglés como rey, difícil escenario para ser un buen gobernante. A pesar de ello, en los primeros momentos mantuvo estable la economía inglesa gracias a sus eficaces consejeros de estado y finanzas.

Le Coeur de Lion había tomado la cruz en 1187 siendo Conde de Poitou, sin embargo tardó casi tres años, dos como rey, en reunir y equipar a un nuevo ejército antes de marchar hacia Jerusalén. Para ello, gastó la mayor parte de la herencia que le había dejado su padre, Enrique II; subió los impuestos del grano y los gremios; puso en subasta posiciones oficiales, títulos, cargos y tierras a quien estuviera interesado e incluso hizo pagar importantes sumas a quienes ya eran poseedores para retenerlos; acordó liberar a Guillermo I de Escocia de su servilismo a la corona inglesa a cambio de 10.000 marcos; y en fin, desviar todos los recursos del reino para apoyar y sufragar su cruzada y posteriormente otras campañas en Francia. Anecdóticamente, se le llega a reconocer la autoría de la frase: “Si hubiera encontrado a un comprador para Londres mismo, lo habría vendido”.

Vía|Profesorenlínea, Biografíasyvidas, Mentenjambre

Imágenes|Bancarrota, Ricardo

En QAH| Los Plantagenet, una dinastía de película  (II)

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