Historia 


El Reino de Hungría (1920-1945) (VIII)

En esta postrera entrega de la serie sobre el Reino de Hungría se tratarán los últimos momentos de Hungría al final de la Segunda Guerra Mundial, desde sus últimos intentos desesperados de defensa contra los ejércitos soviéticos hasta su caída a manos de los invasores.

El triste final

«En Budapest solían decir que la única diferencia entre el nacional-socialismo y el bolchevismo es que en Rusia hace más frío». J.F. Montgomery

Mientras los Cruces Flechadas se afanaban en su macabra tarea, Hungría se había convertido en un campo de batalla. A pesar de los éxitos iniciales del Armeegruppe Fretter-Pico (Grupo de Ejércitos del general alemán Maximiliano Fretter-Pico) que integraba el II Ejército Húngaro, las fuerzas de defensa son poco a poco sometidas por la abrumadora superioridad soviética. A pesar de la retirada progresiva y de la derrota inminente, el II Ejército Húngaro junto con el Grupo de Ejércitos Fretter-Pico y los restos del Grupo de Ejércitos Sur infligen en Debrecen (octubre de 1944) una severa derrota a las fuerzas rumano-soviéticas, causándoles 117.360 bajas (sufriendo sólo 20.000 propias). A pesar de esta sorprendente victoria, Hungría ya no es capaz de reponerse de sus bajas humanas y pérdidas materiales. Tras una serie de derrotas al este del país, los ejércitos rumano-soviéticos (177.000 efectivos) completan el cerco de Budapest (entonces poblada por un millón de habitantes), defendida por 69.000 húngaros y alemanes, el 26 de diciembre de 1944. Decidido a mantener la plaza hasta su aniquilación total con tal de proteger su querida Viena, Hitler ordena a sus comandantes pelear por Budapest ladrillo a ladrillo y hasta el último hombre. El asedio se mantendría durante 102 días y costaría la vida a 80.000 civiles y a casi 60.000 de sus defensores. El 13 de febrero de 1945, Budapest y sus defensores supervivientes se rinden a los sitiadores, a los que la toma de la ciudad ha costado más de 70.000 bajas. Mientras tanto, un gobierno paralelo y títere de Moscú, con el general Miklós a la cabeza, se instala en Debrecen y concluye un armisticio con los Aliados el 21 de enero, cuando Budapest todavía resistía al embate bolchevique.

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Columna de carros de combate Panzer VI Tiger II durante la Ofensiva del Lago Balatón.

 A pesar de la capitulación húngara, los alemanes se niegan a dar por perdido el país y en un intento desesperado por recuperar la iniciativa lanzan en marzo de 1945 la que sería la última gran ofensiva de la Wehrmacht. Combinando los restos del Hónved con el VI Ejército Panzer SS, la Operación Despertar de Primavera (también conocida como la ofensiva del Lago Balatón) avanza para asegurar los pozos petrolíferos de Nagykanizsa, los últimos en poder del Reich. A pesar del exitoso empuje inicial, éste es rápidamente frenado por las fuerzas rumano-soviéticas y se estanca, fracasando en su objetivo. Junto con esta ofensiva, y a pesar de la caída y ruina de Budapest, los restos del Hónved acaban peleando contra los soviéticos en otros lugares de Europa, algunos participando en la defensa de Viena y otros luchando contra los partisanos yugoslavos y checoslovacos. Fue tan elevado el arrojo mostrado por los soldados magiares en defensa de su patria, y tales las penurias a las que sometieron a sus contrincantes soviéticos, que un oficial del Ejército Rojo llegaría a decir «Los húngaros supusieron realmente un gran problema para nosotros en Transilvania. Luchaban con gran valentía hasta la última bala y hasta el último hombre. No se rendían nunca»[1].

Finalmente, los últimos soldados magiares se rendirían a los Aliados (la mayoría, a los soviéticos). Así, la mayoría de los prisiones de guerra húngaros, en torno a 325.000, fueron deportados a campos de trabajo (gulags) en Siberia. Para 1948, sólo 251.000 habían sido repatriados. Finalmente, todos los húngaros étnicamente germanos mayores de dos años fueron deportados en masa a Rusia. Muy pocos regresarían a su patria.

Al constatar el 4 de abril la destrucción o expulsión de todas las tropas alemanas en Hungría, el Ejército Rojo da por finalizadas las operaciones en el país de los magiares. Pacificada la ciudad de Budapest, el Ejército Rojo desencadena el terror que ya conocían y habrían de conocer muchas ciudades del este europeo. A la oleada de saqueos, destrucción y ejecuciones sin juicio previo se añadió una oleada de violaciones absolutamente delirante. Escribe A. Beevor:

 «Aunque las tropas soviéticas se mostraron más generosas con los soldados húngaros que con los alemanes, no tuvieron piedad alguna de las mujeres cuando Malinovsky les dio permiso para recorrer la capital y celebrar la victoria. «En muchos lugares violan a las mujeres», escribió en su diario un chico de quince años. «Las mujeres se esconden en todas partes». Las enfermeras de los hospitales improvisados eran violadas y luego apuñaladas. Las primeras víctimas fueron las estudiantes de la universidad. Según algunos relatos, las chicas más atractivas eran retenidas incluso durante dos semanas y obligadas a trabajar de prostitutas. El obispo József Grösz oyó decir que ”el setenta por ciento de las mujeres, desde niñas de doce años hasta embarazadas de nueve meses, [fueron] violadas”. Otros informes más fiables sitúan esa proporción en un diez por ciento.»[2]

A pesar de los ruegos de los propios comunistas húngaros (que en más de una ocasión fueron reducidos a trabajos forzosos por los soviéticos), los mandos soviéticos hacen oídos sordos y permiten que las tropas se diviertan como les venga en gana con los habitantes de la ciudad. Agonizante en sus propias cenizas y ahogada en su propia sangre, Budapest alcanzaba así el final de la gran guerra postrada ante las victoriosas hordas soviéticas.

Retomemos ahora el plano general de la guerra. Con el suicidio de Hitler en el búnker de la Cancillería en Berlín el 30 de mayo y la rendición incondicional de Alemania firmada el 2 de mayo por el general Alfred Jodl, finalizaba la Segunda Guerra Mundial en el frente europeo. El final de la conflagración mundial para Hungría fue de más amargo recuerdo que el de 1918, con el país totalmente arrasado y bajo ocupación del Ejército Rojo, el país de los magiares fue obligado a volver a las fronteras de Trianón mediante el Tratado de París (10 de febrero de 1947). A pesar de la derrota de los comunistas y sus aliados en las elecciones de noviembre de 1945 [3] (tal y como se estipuló en la Conferencia de Yalta [4]), los soviéticos se infiltraron progresivamente en el aparato estatal húngaro hasta controlar todas las instancias de poder. Así, y a pesar de haber perdido las elecciones, logran colocar a tres ciudadanos rusos en las carteras de Interior, Comercio y Suministros (claves para controlar y coaccionar a la necesitada población), y el nombramiento del renegado húngaro Matías Rakossi (antiguo colaborador de Bela Kun) como viceprimer ministro. Una vez abolida oficialmente la monarquía el 2 de febrero de 1946, Hungría se transforma en una República Popular el 20 de agosto de 1949 (tras unas elecciones en las que se presentaron únicamente los comunistas patrocinados por Moscú), ingresando así totalmente en la órbita soviética. Desde entonces no se ha vuelto a intentar ninguna política oficial revisionista. Como era de esperar, gravosísimas reparaciones de guerra fueron impuestos al gobierno provisional, teóricamente independiente [5] pero de facto bajo control de los soviéticos. Apenas acabada la guerra, los Aliados imponen a Hungría la suma de 300.000.000 dólares (cantidad enorme, teniendo en cuenta el tipo de cambio del dólar en 1938) a cambio de permitirles una administración civil propia. Los húngaros pagaron (de hecho, la suma había aumentado a 1.100.000.000 dólares en 1947, pues existía un recargo del 5% por mes de retraso), pero jamás recibieron su parte del trato. Al mismo tiempo, las principales fábricas y fuentes de riqueza fueron confiscadas por los soviéticos, so pretexto de ser propiedades alemanas [6], privando al país de la mayor parte de la economía necesaria para afrontar el pago de la enorme deuda impuesta (y para más inri, el valor de estos activos no fue descontado del total a pagar).

Mientras los soviéticos expoliaban su país, el almirante Horthy era liberado en mayo de 1945, muriendo finalmente en el exilio de Estoril (Portugal) el 9 de febrero de 1957, a los 88 años de edad y con la tristeza de ver su tierra natal ocupada y oprimida por las hordas bolcheviques, destruyendo así todos sus esfuerzos por levantar de nuevo la otrora orgullosa Corona de San Esteban.

A pesar del puño de hierro con el que los soviéticos apretaban el país, el pueblo húngaro ofreció al mundo un último testimonio de su amor por la libertad y su rotundo rechazo a ser gobernados por conquistadores extranjeros. En octubre de 1956 estallaba la revolución popular contra el gobierno títere de Moscú, que exigía poder elegir un sistema político alejado de la esfera soviética. A pesar de sus secretas críticas a los excesos de Stalin, el nuevo hombre fuerte de la Unión Soviética, Nikita Kruschev, no estaba dispuesto a tolerar disidencias dentro de su esfera de influencia, despachando más de 30.000 soldados y 1.000 carros de combate para aplastar la situación y reinstaurar el orden soviético.

 Conclusión

 El propósito de este artículo no ha sido otro que hacer justicia a la Hungría de entreguerras, que nació de las cenizas de la Contrarrevolución y se eclipsó con la invasión soviética al final de la Segunda Guerra Mundial. Los reduccionismos históricos, tan peligrosos como recurrentes, inundan especialmente el periodo 1918-1945, encasillando a estados y personas en categorías preconfiguradas que obvian sus circunstancias particulares, aniquilando el matiz y el detalle al que todo amante de la historia debe aspirar, y sin los cuales ninguna opinión autorizada puede erigirse. Estas humildes líneas han querido –o al menos, lo han intentado- resumir la breve historia del Reino de Hungría, proporcionando al lector elementos de juicio suficientes para que calibre con cuidado la opinión histórica que merece esta extinta entidad y no caiga en simplificaciones ni banalidades.

Vía| Memorias de Nicolás Horthy, Andrew L. Simons; La Segunda Guerra Mundial, Anthony Beevor; Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt;  Hungary: The Unwilling Satellite, John Flournoy  Montgomery; The Royal Hungarian Army in World War II, Men At Arms nº 449, Osprey Publishing; Review Article: Inventing Historical Myths—Deborah S. Cornelius. Hungary in World War II.  Caught in the Cauldron. New York: Fordham University Press, 2011. Peter Pastor.

Imagen|Tiger II

[1] Citado por A. Beevor, op. cit. Capítulo 42.

[2] A. Beevor, op. cit. Capítulo 42.

 [3] A pesar de controlar los medios de comunicación y de transporte, así como los fondos necesarios para sostener una campaña electoral que sus oponentes no podían permitirse (bajo el eslogan «si quieres comer vota a los comunistas»), los partidos de izquierdas afines a Rusia sólo lograron el 40% de los votos (correspondiendo sólo el 16% a los comunistas).

 [4] Conferencia internacional celebrada entre el 4 y el 11 de febrero de 1945 entre la Unión Soviética (J. Stalin), el Reino Unido (W. Churchill) y los Estados Unidos (F.D. Roosvelt)sobre la Europa de postguerra. Entre otras disposiciones (como el desarme de Alemania y su drástica reducción territorial), los Aliados acordaron permitir elecciones democráticas en los países ocupados por el Eje. Sin embargo, apenas nada hicieron estadounidenses y británicos para frenar el apetito insaciable de Stalin.

 [5] Con el fracaso de los comunistas en las elecciones de noviembre de 1945, y hasta 1949, los soviéticos mantuvieron un cierto multipartidismo en apariencia. Esto es, se permitían partidos distintos del comunista, pero sus cargos y puestos oficiales carecían de todo poder.

 [6] Los acuerdos de la Conferencia de Potsdam (17 de julio al 2 de agosto de 1945) concedían permiso a los Aliados para confiscar cualquier bien titularidad de los alemanes al momento dela ocupación. Esta disposición fue objeto de abusos en las zonas de ocupación soviética, por cuanto la definición laxa de los bienes y de la propiedad alemana daba carta blanca a los soviéticos para apoderarse incluso de bienes estadounidenses (como los campos petrolíferos de la Standard Oil Company en Hungría), que en algún momento pasaron por manos alemanas (lo que sucedió con todos los activos estratégicos).

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