Historia 


El Reino de Hungría (1920-1945) (III)

Retomamos la cuestión donde la dejamos, es decir el escenario húngaro surgido del derrocamiento del régimen comunista y la amputación dictada por el Tratado de Trianón.

La Hungría de Trianón

Una vez pacificado el país y limpiados los últimos focos de resistencia comunista, los sucesivos gobiernos de la regencia acometieron la ardua tarea de reconstruir y modernizar Hungría. Sin embargo, además de los esperables problemas de analfabetismo, reconstrucción del país, reparto desigual de las tierras e industrialización parcial, el Regente y sus gobiernos tuvieron que hacer frente a un desafío complejo, que tocaba directamente sus convicciones monárquicas: el retorno de Carlos IV. En efecto, el dinasta Carlos (que como advertimos previamente no había renunciado a los derechos dinásticos de la casa de Habsburgo) intentaría en dos ocasiones retomar la Corona de San Esteban, siendo en ambas ocasiones rechazado por Horthy.

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Carlos I de Austria, IV de Hungría y III de Bohemia, último emperador de Austria y rey apostólico de Hungría.

El depuesto monarca se había exiliado a Suiza tras su abdicación, donde mal aconsejado por legitimistas que afirmaban tener el respaldo del gobierno francés, intentó en dos ocasiones durante 1921 retornar a Hungría y reclamar su corona. Su primer intento tuvo lugar en marzo, cuando a pesar de contar con cierto respaldo popular, fue convencido por Horthy de que su tentativa estaba condenada al fracaso. El Regente suplicó a su señor que volviese al exilio por un tiempo, pues aunque él mismo deseaba como el que más la restauración de la casa de Habsburgo en la Corona de San Esteban, los estados sucesores amenazaban con invadir Hungría de nuevo si la restauración de consumaba, y Francia había advertido que no intervendría para defender a un rey Habsburgo. Tras retirarse pacíficamente para esperar mejor ocasión, Carlos IV volvió de nuevo en octubre, pero esta vez al frente de tropas realistas. Tras breves escaramuzas y el inminente peligro de invasión, Carlos se retiró y abandonó del todo sus deseos de restauración.

 A pesar de que se apoyó en los elementos radicales más exaltados de la derecha húngara para derrocar a los comunistas, Horthy los abandonó rápidamente para evitar la radicalización del país y buscando la alianza con los conservadores. Sin embargo, es cierto que a su llegada al poder permitió que los derechistas más exaltados desataran su venganza sobre los comunistas, llevando a cabo una serie de acciones de represalia colectivas que con el tiempo se conocerían como el Terror Blanco o la Contrarrevolución Húngara. La pieza clave de esta operación fue la Asociación para la Defensa Nacional Húngara, cuya cabeza visible era Gyula Gömbös, oficial ultranacionalista que con el tiempo sería llamado a ser primer ministro de la Regencia (entre 1932 y 1936). El Terror Blanco, desencadenado entre 1919 y 1921, costaría la vida a un ingente número de húngaros que la historiografía estima entre 1.000 y 5.000, añadiendo otro capítulo de desolación a la ya turbulenta historia del país.

 Finalizada esta etapa de represión liderada por los sectores más ultranacionalistas, Horthy abogó en los años siguientes por una política de moderación que estabilizase el país y evitase nuevas derivas radicales. De la misma forma, aunque se confesase en sus Memorias inicialmente admirador de herr Hitler (pues tanto Alemania como Hungría habían sufrido Versalles y Trianón como una humillación que debía ser enmendada), el radicalismo de los seguidores del antiguo cabo austríaco acabó por abrir los ojos del Regente, que terminó por distanciarse de la deriva autoritaria de la política alemana. Aunque sus relaciones con Hitler fueron volubles, Horthy favoreció la intensificación del comercio con Alemania e Italia, lo que palió en gran medida los efectos de las crisis de 1929, devolvió al país parte de su prosperidad pasada, pero también favoreció la creciente derechización del país.

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Firma del Pacto de No Agresión. Molotov firma, detrás de él, Stalin y Ribbentrop.

A pesar de su progresivo acercamiento a las potencias del Eje en los años 20 y 30, Hungría no se convirtió –como más de uno ha sostenido o dado a entender- en un estado vasallo de Italia o de Alemania. El valioso testimonio de J.F. Montgomery [1], que debe tomarse por imparcial dada su posición, revela que, cada vez que Italia exigía algo a Hungría (y Hungría no estaba de acuerdo), a Horthy le bastaba con contestar a Italia que a Alemania no le placía obrar de ese modo, y viceversa cuando Alemania exigía algo a Hungría que ésta no aprobaba. A mayor abundamiento, Hungría se lanzó a un peligroso juego de malabares con las potencias occidentales, intentando disimular su acercamiento al Eje mediante gestos como el envío de un batallón (341 efectivos) en apoyo del ejército finlandés [2] durante la guerra ruso-finesa (1939-1940). De este modo, Horthy creía poder demostrar a Francia y al Reino Unido que su país seguía una línea de política internacional independiente de la alemana (y sumar así apoyos a la causa revisionista), lo que en contrapartida le valió el creciente recelo del gran oso rojo. Continuando su juego de equilibrios diplomáticos, Hungría intentó acercar posiciones con la URSS, comprando al gigante ruso materias primas de toda clase que no estaban disponibles en los mercados occidentales. Sin embargo, y de cualquier modo que fuese, Stalin ya había puesto sus ojos en el país de los magiares, por lo que Molotov solicitó de Ribbentrop durante la negociación del Pacto de No Agresión [3], el reconocimiento de una zona de influencia soviética sobre Hungría, lo que de cualquier forma lograría al final de la guerra y en un muy distinto escenario.

 Como ya se anticipó, los distintos gobiernos conservadores que se sucedieron bajo la Regencia de Horthy se caracterizaron por la revisión pacífica de los términos del Tratado de Trianón, en lugar de apostar por el rearme abierto (como veremos, éste se llevó a cabo de forma encubierta y discreta) y el expansionismo nacionalista que tantos apoyos proporcionó a Hitler en Alemania. De este modo, los diplomáticos húngaros se esforzaron por convencer a Francia y a Inglaterra de que Hungría debía recuperar, al menos, aquellos territorios perdidos a manos de Checoslovaquia, Rumanía y del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos en los que viviese una importante población magiar. Los principales hitos de este proceso fueron:

         i.            Primer arbitraje de Viena (noviembre de 1938): en plena escalada de la crisis entre Alemania y Checoslovaquia (que desembocaría en los Acuerdos de Múnich por los que el Reich se anexionaba los Sudetes) y tras en Anschluss de Austria al Reich, Checoslovaquia y Hungría se sometieron al arbitraje conjunto de Italia y Alemania para solventar sus diferencias. Aunque Hungría no logró satisfacer todas sus reivindicaciones territoriales, recuperó 11.000 m2 y cerca de un millón de ciudadanos (la mayoría magiares) de manos de Checoslovaquia.

       ii.            Acuerdo de Bled (22 de agosto de 1938): la Pequeña Entente levanta la mayoría de las restricciones al rearme contenidas en el Tratado de Trianón. En realidad, este acuerdo sólo daba cobertura legal a un rearme que ya venía produciéndose en secreto desde la llegada de Horthy al poder, ante la pasividad de los Aliados.

      iii.            Segundo arbitraje de Viena (30 de agosto de 1940): una vez más, Italia y Alemania median en el conflicto entre Rumanía y Hungría. Ante la imposibilidad de lograr un acuerdo, les imponen la división en dos de Transilvania, región perdida por entero tras Trianón a favor de Rumanía. A pesar de ello, la solución no fue satisfactoria para ninguna de las dos partes y el conflicto fronterizo continuó durante toda la guerra.

     iv.            Guerra húngaro-eslovaca (23 de marzo – 4 de abril 1939): tras ocupar la Rutenia subcarpática aprovechando el sometimiento de Chequia al Reich como Protectorado (disolviendo Checoslovaquia y dejando la Eslovaquia del padre José Tiso como teórico estado independiente), Hungría lanza una breve ofensiva (sin declaración de guerra previa) para recuperar más territorios cedidos por Trianón a Eslovaquia.

Ahora bien, es importante profundizar en las motivaciones que guiaron a Alemania y a Italia a mediar en las diatribas fronterizas de Hungría y Rumanía. No parece que pueda explicarse esta mediación como una suerte de premio otorgado a Hungría por su acercamiento al Eje (pues como veremos enseguida dicha adhesión no se formalizó hasta 1940), si no que, siguiendo a Peter Pastor, se trataría más bien de una forma sutil de evitar una guerra de fronteras entre ambos países, lo que pondría en muy grave peligro los campos petrolíferos de Ploesti, principal fuente de crudo de las potencias del Eje.

En la próxima entrega de este artículo analizaremos el papel jugado por Hungría en la Segunda Guerra Mundial, comenzando por su adhesión formal al Eje y las operaciones militares llevadas a cabo en los Balcanes.

Vía| Memorias de Nicolás Horthy, Andrew L. Simons; La Segunda Guerra Mundial, Anthony Beevor; Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt;  Hungary: The Unwilling Satellite, John Flournoy  Montgomery; The Royal Hungarian Army in World War II, Men At Arms nº 449, Osprey Publishing; Review Article: Inventing Historical Myths—Deborah S. Cornelius. Hungary in World War II. Caught in the Cauldron. New York: Fordham University Press, 2011. Peter Pastor.


[1] Embajador de EE.UU. en Hungría en los años 30.

[2] En efecto, estos dos países habían estrechado lazos durante los años 20 a causa de su pertenencia a la misma familia (ugrofinesa) lingüística y racial (contrariamente a lo que podría pensarse, los húngaros no son eslavos). De todos modos el auxilio militar prestado por Hungría llegó demasiado tarde como para intervenir en las fases decisivas de la contienda, revelándose así como un gesto puramente simbólico.

[3] Acuerdo diplomático celebrado entre el III Reich y la URSS el 23 de agosto de 1939 por el que ambas partes se comprometían a no entrar en guerra entre ellas. Contenía una serie de cláusulas secretas por las que ambas potencias se repartían el este de Europa en zonas de influencia (siendo el reparto de Polonia la más relevante de ellas).

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