Historia 


El Reino de Hungría (1920-1945) (II)

Retomamos la cuestión donde la dejamos, con el fin de concluir el análisis del uso interesado del principio de las nacionalidades y abordar la Hungría de posguerra.

De este modo, numerosas poblaciones pasaron de vivir en un imperio multicultural que no intentaba construir una unidad nacional en detrimento de la mayoría étnica a convertirse en ciudadanos de segunda clase, bajo el peso de una mayoría racial (de creciente tendencia nacionalista en los años siguientes al fin de la guerra). Podemos hacer dos precisiones a propósito de este uso interesado del principio de nacionalidades. La primera, que no fue sino un pretexto para desmembrar a los vencidos en la Gran Guerra, y no un espaldarazo a la democracia en la Europa central, como suele venderse habitualmente. Así lo prueban los numerosos episodios en que los deseos de varias minorías a propósito de su pertenencia a un estado concreto fueron, cuando no simplemente desoídas, acalladas mediante la fuerza. Tal es el caso de los germanos austríacos (residentes tanto en Austria como en Checoslovaquia), que desde el mismo momento de la renuncia de Carlos I manifestaron su deseo de ser anexionados por Alemania e incluso llegaron a declarar la República de la Austria Alemana al poco de desintegrarse la Monarquía Dual.

Sin embargo, Francia y Gran Bretaña negaron de tal posibilidad y prohibieron en los tratados de paz (Versalles para Alemania y Saint-Germain-en-Laye para Austria-Hungría) la anexión de los antiguos dominios austrohúngaros a Alemania. De la misma forma, a ninguno de los vencedores les importaron las reclamaciones de las minorías magiares o austríacas que pasaron a vivir en el territorio de los estados sucesores, que desde el primer momento manifestaron su deseo de ser incorporados a sus anteriores países. Todo parece indicar que los Aliados, más que fomentar la democracia, deseaban simplemente evitar que un gran Estado germánico surgiese de las ruinas de Alemania y de Austria-Hungría, lo que inevitablemente habría llevado a una nueva guerra. La segunda observación es que se exaltaron de esta forma los nacionalismos que estallarían con toda su virulencia en los años 30.  En efecto, la realización del principio liberal de las nacionalidades, al dar un Estado a cada nación, no tardaría en usarse como instrumento excluyente [1], desatando una serie de campañas de opresión contras las minorías raciales de los estados sucesores, especialmente contra aquellas que formaron parte de los Imperios Centrales. Por toda la Europa central y oriental de aquel periodo de entreguerras pueden encontrarse ejemplos en los que la mayoría nacional (muchas veces entendida desde un punto de vista estrictamente racial) se impuso y oprimió a las minorías de forma más o menos severa.

 

La turbulenta posguerra

Presionados por el curso de los acontecimientos, y una vez roto el frente de Salaminalos austrohúngaros, aún no totalmente derrotados (al igual que los alemanes) firman el armisticio el 3 de noviembre de 1918 en Belgrado. La aceptación de una derrota que aún no se había consumado se explica por el estallido, poco antes del armisticio, de la Revolución de los Crisantemos (30 de octubre de 1918), dirigida por un grupo de soldados rebeldes del consejo de los soldados de Budapest. Ante su virulenta expansión, el emperador-rey Carlos renuncia a la jefatura del Estado (pero no a sus derechos dinásticos, lo que tendrá gran importancia como veremos después) el 11 de noviembre de 1918, proclamándose inmediatamente la República Popular de Hungría, de corte reformista (que no revolucionario) y moderado. Tras intentar infructuosamente acometer algunas reformas, el Presidente conde Mihály Károly se derrumba en marzo de 1919, incapaz de hacer frente a las consecuencias de la posguerra (ruina económica, desmovilización del Ejército, negociaciones de un tratado de paz, etc.), pero el creciente desorden estaba aún por empeorar. Por si fuera poco, el 20 de marzo de 1919 el teniente coronel francés Fernando Vyx, delegado de la Triple Entente en Hungría, entrega a Károly una nota (la «nota Vyx») en la que se exigía a Hungría la cesión de una nueva franja de 72 kilómetros de ancho a favor de Rumanía, condición que no acordada en el armisticio[2].

Este acontecimiento, percibido como una nueva afrenta por los magiares, se divulga rápidamente por todo el país y desencadena la caída de Károly y de todo el gobierno. Károly rechaza la exigencia aliada y dimite, dejando el poder en manos de los socialistas y los comunistas, quienes pretenden apelar al apoyo ruso para defender la integridad territorial de Hungría frente a la inminente amenaza de invasión por parte de sus vecinos. De este modo, los acontecimientos se precipitan rápidamente, proclamándose la República Soviética de Hungría el 23 de marzo, bajo el mando de Bela Kun [3] sin disparar un solo tiro. El nuevo régimen rechaza las ofertas de negociación de la Entente (que había rebajado considerablemente el tono de las exigencias de la nota Vyx), y obtiene rápidamente la adhesión de grandes sectores de la población, incluyendo a numerosos nacionalistas de derechas que prefirieron el comunismo al desmembramiento de Hungría, aceptando empuñar las armas bajo la bandera roja de la revolución obrera.

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Bela Kun, artífice de la República Soviética de Hungría.

Así, abandonada por los Aliados, y lanzada en brazos de las promesas comunistas de defensa de la patria en peligro, Hungría se sumergió en el terror revolucionario bolchevique que arrasó el país durante 133 largos y oscuros días. Además de la ola de arrestos, ejecuciones sumarias y linchamientos espontáneos desencadenados contra la población civil, el Ejército Rojo Húngaro tuvo que batirse contra las tropas de la Pequeña Entente [4], que se lanzaron sobre Hungría para asegurar sus pretensiones territoriales, devastando de esta manera un país ya empobrecido por la guerra. De este modo, las tropas rumanas llegaron incluso a ocupar Budapest. A todo esto, Francia, patrocinadora de la Pequeña Entente, no mueve un dedo para enmendar el caos que ha generado. En efecto, durante los años 20 los franceses perseguirían una política cortoplacista y vindicativa hacia la extinta Monarquía Dual, buscando en todo momento el debilitamiento de Austria y de Hungría (bajo la premisa de que, al tratarse de naciones no eslavas, serían más permeables a la influencia alemana, por lo que debían ser mantenidos a raya por los eslavos), actitud corta de miras que propició el acercamiento de Hungría al Eje tras la Contrarrevolución.

Además, y debemos resaltar este punto por la relevancia que tendrá en la explicación posterior, la amplia presencia de judíos en los altos cargos del gobierno y del Ejército Rojo avivó enormemente el antisemitismo entre los magiares. En efecto, el cliché del judío marxista matando al húngaro cristiano y moderado sería utilizado como propaganda durante la Contrarrevolución y una vez consumado el golpe de Estado de los Cruces Flechadas.

Los sectores conservadores, horrorizados por el terror rojo desencadenado por los seguidores de Bela Kun, se organizan rápidamente en torno a la figura de Horthy, militar muy apreciado por sus servicios a la Monarquía Dual y su devoción a la casa de Habsburgo. Ante el rechazo de los Aliados a aceptar una restauración monárquica a favor de un Habsburgo, la Regencia se erige como única alternativa viable (al menos hasta que se estabilice la situación y sea posible el retorno de Carlos IV). La situación se precipita rápidamente con la derrota del Ejército Rojo Húngaro a manos de los rumanos y la ocupación rumana de Budapest el 4 de agosto. Tras ponerse al frente del Ejercito Nacional y contando con el apoyo de Francia (que, tras comprobar que la situación se le iba de las manos presiona a Rumanía para evacuar Budapest), Horthy es proclamado Regente por el parlamento en marzo de 1920. Aceptado el cargo con la mayorías de las prerrogativas regias [5], Horthy dirige al Ejército Nacional y a las fuerzas de seguridad para barrer a los comunistas del país .

Al poco tiempo de asumir el poder, Horthy es forzado por los Aliados a firmar en nombre del Reino de Hungría el Tratado de Trianón (4 de junio de 1920). Esta humillación impuesta por los vencedores, además de incluir fuertes indemnizaciones de guerra y la limitación del ejército húngaro a la irrisoria cifra de 35.000 efectivos, hizo perder a la Corona de San Esteban el 58% de su población (10,6 millones, incluyendo a tres millones de húngaros que pasaron a ser minorías en Checoslovaquia, Rumanía y Yugoslavia) y dos tercios de su territorio (incluyendo toda salida al mar Adriático), expolio perpetrado en provecho de los Aliados (como Italia) y de nuevos estados creados sobre las cenizas de la Gran Hungría. La otrora poderosa Corona de San Esteban, un reino de más de mil años de antigüedad, quedaba así reducida a un terruño sin salida al mar, rodeado de vecinos hostiles y castrada de su poder militar. Por ello, Trianón debe ser considerado al igual que Versalles como una venganza que iba mucho más allá de las exigencias de paz y de restauración de un equilibrio político europeo perdido durante la Gran Guerra. De hecho, todavía hoy en Hungría puede escucharse la frase «nem, nem, soha» (no, no, nunca), en alusión a las desmedidas exigencias de Trianón que los húngaros jamás aceptaron sin más.

Las imposiciones aliadas a Hungría iban mucho más allá de lo necesario para neutralizar a esta potencia centroeuropea, y fueron llevadas a cabo con total falta de criterio. De este modo, el historiador británico C.A. Macartney afirmaba en 1937:

« […] la línea étnica no estaba claramente definida en ninguna parte (…) largos siglos de interrelación, asimilación, emigración y colonización interna habían dejado en muchas zonas un cinturón de población mezclada y, a menudo, indefinida, donde cada grupo nacional se mezclaba con el más próximo, mientras quedaban innumerables islas de una nacionalidad en medio de mares de otras, variando de tamaño desde el medio millón de Szekely húngaro parlantes de Transilvania (…) a comunidades de un sólo pueblo o menos (…) Ninguna frontera podía trazarse sin que dejara minorías nacionales en al menos un lado de la frontera. »

A pesar de la tragedia nacional (en Hungría se percibió Trianón como en Alemania el Diktat de Versalles) que supuso Trianón para los húngaros, la prioridad de los gobiernos sucesivos bajo la regencia de Horthy fue su revisión por medios pacíficos.

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Sencillo mapa que ilustra el desmembramiento de la Gran Hungría a favor de Austria, Yugoslavia, Rumanía y Checoslovaquia.

Fue de este modo cómo, perdidos todos sus accesos al mar y una gran parte de su territorio y población, incapaz de recuperar a su rey, Hungría se convirtió en un Reino sin Rey dirigida por un almirante sin flota. Y es así como nos despedimos hasta la siguiente entrega de este artículo, en la que trataremos los principales hitos de la Hungría de Trianón.

Vía| Memorias de Nicolás Horthy, Andrew L. Simons; La Segunda Guerra Mundial, Anthony Beevor; Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt; Hungary: The Unwilling Satellite, John Flournoy  Montgomery; The Royal Hungarian Army in World War II, Men At Arms nº 449, Osprey Publishing.

Imagen| Bela Kun; Desmembramiento de Hungría


[1] El principio de las nacionalidades puede enunciarse en positivo (derecho de cada nación a tener un Estado, o vertiente exclusiva) o en negativo (derecho de una nación a no compartir el Estado con otra nación, o vertiente excluyente).

[2] Este nuevo desmembramiento ya había sido aprobado por la Conferencia de Paz que se abrió en París el 16 de febrero de 1919, en la que los nacionalistas checos exigían la evacuación húngara de Eslovaquia para completar su proyecto de unión entre Chequia y el país vecino.

[3] Judío húngaro hecho prisionero en 1916, deserta al bando bolchevique durante la Guerra Civil Rusa.

[4] Alianza creada en 1920 por los principales beneficiarios del desmembramiento de Austria-Hungría (Checoslovaquia, Rumanía y el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos [posteriormente, Reino de Yugoslavia]) para velar por el mantenimiento de las nuevas fronteras.

[5] Como regente, Nicolás Horthy ostentaba los mismos poderes que el Rey, a excepción del derecho de patronato (prerrogativa regia de intervenir en el nombramiento de cargos eclesiásticos católicos) pues el almirante era de religión reformada y del ius nobilitandi (prerrogativa de otorgar títulos nobiliarios).

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