Historia 


El Reino de Hungría (1920-1945) (I)

«Ninguna nación perdió tanta sangre durante la Segunda Guerra Mundial en un período tan corto de tiempo.» Anthony Tihamer Komjathy

Suele decirse que los países del Este de Europa, catalogados genéricamente como estados satélite del Tercer Reich, lucharon codo con codo con las tropas alemanas contra los Aliados (genuinamente contra el Ejército Rojo). De la misma forma –siguiendo simplificaciones históricas tan extendidas como peligrosas- se suele sostener que dichos países conformaron una órbita de potencias fascistas adictas a la causa de Hitler y que le siguieron con entusiasmo en sus fechorías.

Miklós Horthy (Nicolás Horthy en castellano), regente de Hungría desde 1920 hasta 1944.

Miklós Horthy (Nicolás Horthy en castellano), regente de Hungría desde 1920 hasta 1944.

Sin embargo, estas afirmaciones deben someterse al más riguroso análisis para contrastar hasta qué punto los regímenes de los países orientales se alinearon con el Eje, y qué papel jugaron en las operaciones militares, la Solución Final y demás acontecimientos que tuvieron lugar durante la Segunda Guerra Mundial. En este artículo nos centraremos en el caso de la Hungría del Almirante Nicolás Horthy, que seguramente constituye el mayor caso de equívoco a propósito de su implicación en las correrías de los alemanes.

Para entender mejor la situación de Hungría en este periodo, nos detendremos antes en el desarrollo de los acontecimientos que explicaron la conducta de los húngaros frente al todopoderoso Reich alemán.

Primera Guerra Mundial y desmembramiento del Imperio

Declarada la guerra entre los países de la Triple Entente (Francia, Reino Unido, Rusia) y los Imperios Centrales (Alemania, Austria-Hungría e Imperio Otomano [1]), Hungría –unida a Austria en materia de política exterior y guerra, entre otros, desde el Compromiso de 1867– se ve arrastrada al conflicto causado por el asesinato del heredero al trono imperial, el archiduque Francisco Fernando, a manos del nacionalista Gavrilo Princip en Sarajevo. A pesar de la enérgica negativa de Budapest a sumarse a la guerra, el emperador-rey Francisco José emplea toda su autoridad para comprometer a Hungría con la causa bélica. Tras cuatro años de guerra, decidida a favor de la Triple Entente por la entrada en acción de los Estados Unidos de América en 1917, Hungría debe afrontar la derrota junto con sus aliados. Es en 1918 cuando el almirante Horthy, nombrado jefe de la flota austrohúngara en los últimos meses de la guerra por el joven Emperador-Rey Carlos I de Austria y IV de Hungría [2], cumple con la orden de entregar la invicta flota [3] al Consejo Eslavo del Sur. Esta decisión fue tomada por un emperador-rey joven y de débil carácter, aconsejado por ministros croatas (que ya tenían en mente la creación de un estado propio) bajo la premisa de evitar que los buques acabasen en manos de los italianos.

Acabada la guerra, las potencias vencedoras comienzan a desmembrar sistemáticamente los Imperios Centrales, empleando para ello el llamado principio de autodeterminación (tan en boga hoy día por los esperpentos del nacionalismo). Esta idea, formulada por el Presidente de los Estados Unidos de América, Thomas Woodrow Wilson en sus célebres Catorce Puntos, demostró o bien la total ignorancia de este en cuanto a los asuntos centroeuropeos se refiere, bien su férrea voluntad de humillar y destruir Austria-Hungría por todos los medios, actuación en la que el masón George B. Clemanceau, Presidente de la República Francesa y archienemigo de la Doble Corona, tuvo sin duda un papel destacado. Hasta ese momento, el Imperio Austro-Húngaro se había erigido en ejemplo (no exento de episodios y políticas injustas hacia las minorías) de convivencia de varias nacionalidades (austríacos, magiares, croatas, serbios, rumanos…), de diversidad bien gestionada y de autonomía política, al entender que las diferentes culturas, lenguas y religiones eran una riqueza para el Imperio. Debemos detenernos en este punto para explicar la relevancia de este principio. Los primeros esbozos prácticos (que no formulaciones teóricas, estas serían posteriores) de este principio, según el cual cada nación debe erigirse en Estado propio, datan de la Europa napoleónica. Aunque muchos han defendido que se trata de un resultado de los principios democráticos surgidos de la Revolución Francesa (1789-1799) al proclamar que la voluntad del pueblo/nación debe determinar su adscripción a tal o cual comunidad política, tal afirmación puede resultar tan inocente como malintencionada. Napoleón estaba más interesado en desmembrar a sus enemigos (singularmente al Sacro Imperio Germánico), reduciéndolos a un conglomerado de pueblos con unidades políticas segmentadas (y por tanto, más fáciles de controlar que los grandes imperios multiculturales) que en otorgar alguna relevancia a la voluntad de pueblos que había conquistado por la fuerza de sus bayonetas. Las formulaciones teóricas, refinadas tras la experiencia práctica, aparecerían a lo largo del siglo XIX –en consonancia con el auge del nacionalismo- de la mano de reputados liberales como Mazzini o von Mohl. En suma, se pretendía aplicar en toda Europa el ideal francés de homogeneidad cultural, basado en una interpretación estricta del principio de igualdad (que desborda la igualdad ante la ley, para significar también que toda la población tenga la misma cultura, hable la misma lengua y pertenezca a la misma raza), como fundamento esencial de la nación política. Así, a cada nación histórica debía corresponder un Estado (erigiéndose así en nación política [4]), lo que chocaba frontalmente con la idea del imperio: una asociación de pueblos heterogéneos bajo una corona común que respetase esas diferencias.

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Escudo Grande de armas de Austria-Hungría (1915), bajo el que se lee el lema que reza «Indivisibiliter ac Inseparabiliter» (en latín, Indivisible e Inseparable).

Finalizado este pequeño excurso, proseguimos con el análisis de la situación de la Monarquía Dual al finalizar la guerra. El principio de las nacionalidades es empleado por los vencedores para segregar el Imperio en una miríada de nuevos estados (los llamados estados sucesores), liquidando la rica herencia política de la casa de Austria, consistente en el mantenimiento de la paz mediante la tolerancia de las minorías (el Imperio llegó a contar cinco nacionalidades con doce lenguas y siete confesiones religiosas distintas) y la renuencia a acometer intentos de homogeneizar a los distintos pueblos para crear una nación política. De este modo, bajo el patronato de Francia se crea una miríada de repúblicas como Austria, Hungría, Checoslovaquia, Eslovenia, entre otras. Sin embargo (y aquí es donde se observa claramente el uso interesado del principio por los vencedores), muchos de estos nuevos estados aglomeraban distintas etnias (es decir, persistían minorías sin Estado propio), a las que no se consultó en modo alguno a qué Estado deseaban pertenecer. Además, la creación de estos estados sucesores generaría la llamada paradoja de posguerra descrita por Minogue:

«La paradoja fue que el arreglo político destinado a satisfacer las aspiraciones de las nacionalidades más pequeñas había logrado crear una situación intolerable para millones de personas; pues es un destino mucho peor vivir como miembro de una minoría en un Estado nacionalista que ser parte de un pueblo que es uno de los muchos gobernados en un imperio multinacional, aunque ese imperio sea un tanto despótico. Europa oriental siguió siendo fuente de inestabilidad política, una reductio ad absurdum del principio de las nacionalidades.»

En el próximo número de este artículo daremos por terminada la reflexión sobre los entresijos del llamado principio de las nacionalidades y abordaremos la situación de Hungría durante la posguerra que siguió al armisticio de 1918.

Vía| Memorias de Nicolás Horthy, Andrew L. Simons; La Segunda Guerra Mundial, Anthony Beevor; Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt; Hungary: The Unwilling Satellite, , John Flournoy  Montgomery; The Royal Hungarian Army in World War II, Men At Arms nº 449, Osprey Publishing.

Imagen| Escudo Grande de Austria-Hungría, Horthy.


[1] El Reino de Italia no entraría en guerra hasta 1915, traicionando a los Imperios Centrales y pasándose al bando de la Triple Entente.

[2] Sucesor del Emperador-Rey Francisco José a la muerte de este el 21 de noviembre de 1916.

[3] La flota austro-húngara peleó fieramente en el Mar Adriático contra franceses, británicos e italianos, que le doblaban en tonelaje y nunca siendo derrotada. Fueron especialmente feroces (y en los que se destacó Horthy) los combates por el estrecho de Otranto.

[4] La dualidad nación histórica/nación política (aunque muchas veces no se distinguen y se habla de la nación para aludir a la política) se entiende del siguiente modo: la nación es fundamentalmente cultural (proviene del latín nascor, «nacer») y se caracteriza por una cierta homogeneidad (que no identidad total) lingüística e histórica. La nación política se caracteriza por tener un Estado propio, y por no compartir Estado con otra nación.

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