Emprendedores, Opinión 


El que no inventa, no vive

En el teatro Prince of Wales de Londres se instalaron recientemente en los lavabos de señoras puertas oscilantes para evitar las colas, ya que, según su inventor – del que luego hablaremos -, “cuando una mujer va al servicio, si ve que la puerta está cerrada, espera; pero un hombre la empuja, así que tuve que inventar una puerta que oscilara un poquito para que se viera si estaba libre o no”.

 

Cameron Mackintosh

Cameron Mackintosh

El padre de este invento es, según confiesa, un aficionado a la arquitectura que responde al nombre de Cameron Mackintosh, y que se ha hecho millonario haciendo lo que más le gusta: producir teatro, principalmente musical.A lo largo de los últimos cuarenta años, Cameron ha producido más musicales que nadie en la historia, entre ellos los tres con más tiempo en cartel de todas las épocas: Los miserables, El fantasma de la ópera y Cats.

 

Cameron es propietario de siete teatros en el West End de Londres, los cuales —merced a su pasión arquitectónica—- ha rehabilitado de forma espectacular.

 

Su dedicación a los musicales —un invento de gran éxito contemporáneo del que cabe atribuirle la máxima responsabilidad— la tuvo clara desde los ocho años, ahora tiene sesenta y seis. Para Cameron el musical no inventa nada, actualiza la ópera: “Hace veinte años los actores no cantaban ni bailaban y ahora lo hacen”.

 

Teatro Prince of Wales

Teatro Prince of Wales

Parafraseando a Ana María Matute, reciente premio Cervantes de literatura, podríamos decir que Cameron vive muy bien, porque según dijo nuestra autora al recibir el galardón: “quien no inventa, no vive”.

 

Mientras tanto hay quienes creen, como el director de cine español Agustí Villaronga – triunfador de los premios Goya en su 25º aniversario – que “sin subvenciones públicas no se podrían hacer cosas, ni en el cine ni en la economía”. Sin embargo, la realidad es otra: el mundo subvencionado de la cultura apenas cosecha éxitos de público, mientras que el empresarial privado – como es el caso de Cameron y muchos otros – vive de él; aunque no siempre, porque también fracasan, pero a su costa, no a la de los demás.

 

Las acciones emprendedoras de los seres humanos siempre conllevan riesgos; el principal, la aceptación social – del mercado – de “lo nuevo”. Sustituir el riesgo que comporta toda aventura empresarial por la subvención que garantiza a priori el éxito económico, incluso en ausencia de éxito social, es decir, en el mercado, es una manera de desincentivar la creatividad humana; es decir, un “sin vivir”, según Ana María Matute.

Ana María Matute

Ana María Matute

 

La economía y la sociedad progresan porque los empresarios descubren, como Cameron, nuevas oportunidades para, a continuación, llevar a cabo todas las acciones necesarias para ejecutar sus proyectos, incluida la aportación del dinero necesario para financiarlos y la pericia para rentabilizarlos.

 

Cameron Mackintosh viene a representar una excelente parábola del espíritu empresarial que, gracias a la innovación, incluso en un ámbito tan antiguo y aparentemente convencional como el teatro, ha conseguido hacerse muy rico “a costa” de hacer feliz a muchísima gente, incluso cuando quiere utilizar el baño.

 

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