Especial II Guerra Mundial, Historia 


El Proyecto Manhattan y el Informe Franck

Leo Szilar

El físico húngaro Leo Szilard y Albert Einstein.

Si bien casi todas las potencias tuvieron un programa nuclear durante la SGM (Proyecto Borodino en la URSS, Proyecto Maud en Gran Bretaña, Club del Uranio en Alemania, sólo el norteamericano llegó a buen fin. Pese a que es conocido como Proyecto Manhattan, su nombre original fue el de Manhattan Engineer District.

La génesis del mismo parte de la reunión que los físicos Leo Szilard y Eugene Wigner mantuvieron el 2 de agosto de 1939 con el insigne Albert Einstein, y en la cual le convencieron de ser el abanderado de las inquietudes de un grupo de científicos entre los que se encontraban Enrico Fermi, Edward Teller o Victor Weisskopf, que deseaban trasladar a Roosevelt su temor de que otros países, principalmente los del Eje, desarrollaran una bomba atómica.
Leo Szilard salió de la reunión con una carta firmada por Einstein y buscó la intercesión del industrial Alexander Sachs para hacérsela llegar al presidente.
Tras dos reuniones, la primera el 11 de octubre de 1939, F. D. Roosevelt decidió tomar cartas en el asunto y, el 1 de noviembre de ese año creó el Comité Consultivo del Uranio. El 6 de diciembre de 1941, un día antes del ataque a Pearl Harbor, dio el visto bueno para dar los pasos necesarios con objeto de diseñar un artefacto nuclear (nunca se la conocería como bomba, siempre se utilizó el término gadget para referirse a ella).
En junio de 1942, el cuerpo de ingenieros del ejército de Estados Unidos, se hizo cargo del proyecto y se nombró al general Leslie R. Groves como director del mismo.
Diciembre de ese año sería decisivo: por un lado Enrico Fermi, en Chicago, obtuvo con éxito la primera reacción en cadena controlada, y por otro se eligió la sede del Punto Y, la ciudad en la que un grupo de científicos, bajo la dirección de Robert Oppenheimer, se encargarían de diseñar la bomba. El complejo se construiría de la nada en la Sierra de Nuevo México: seis mil científicos y técnicos con sus familias se desplazaron hasta una planicie en las montañas Jemez, los Álamos (Nuevo México), para vivir en un remedo de campo de concentración con altas alambradas y escrupulosos sistemas de seguridad.
Pese a la paranoide seguridad a la que se sometió a todos los relacionados con el proyecto, un espía “se coló” dentro del mismo: David Greenglass pasó información continuamente a la URSS.

Zona Y

Los Alamos, Nuevo Méjico, Zona Y.

Tras superar diversos problemas técnicos y teóricos, en la primavera de 1945 tres bombas, dos de uranio 235 y una de plutonio, estaban listas. Dos mil millones de dólares se habían consumido por el camino.
Mientras tanto, se conoció que sus competidores estaban lejos de obtener resultados: Japón llevaba un retraso de diez años y Alemania estaba ya fuera de la ecuación. Así que, parte de la comunidad científica dio marcha atrás y consideró que, o bien sería mejor vencer a Japón por medios convencionales o realizar una demostración de fuerza haciendo detonar una de las bombas en algún lugar deshabitado ante una comisión que impeliera a los japoneses a rendirse.
Producto de este sentir, y centrado sobre todo entre los científicos del Met Lab (laboratorio de metalurgia) de Chicago, fue la confección del Informe Franck que firmarían James Franck, Donald H. Hughes, J. I. Nickson, Eugene Rabinowitch, Glenn T. Seaborg, Joyce C. Stern y Leo Szilard.
En el informe exponen la excepcionalidad de las armas nucleares que no pueden ser contrarrestadas y prevén una carrera de armamentos derivada del lanzamiento de la primera bomba atómica. Ante ésta, sólo ven como solución viable un acuerdo internacional en el que se ceda parte de la soberanía nacional en la búsqueda de un control de esas armas, puesto que mantener en secreto todo el proyecto Manhattan es inviable y lanzarse a la producción masiva de armas nucleares como disuasión tampoco lo ven como una solución.
Abogan así mismo por realizar una demostración del poder de la nueva arma en un desierto o isla deshabitada ante una comisión de japoneses, aliados y miembros de las Naciones Unidas.
Profetizan por último la pérdida de apoyo a los Estados Unidos y el comienzo de una carrera armamentística derivados de un lanzamiento sobre una población habitada.
El informe, que había sido precedido por varios intentos de diversos científicos para trasladar sus puntos de vista a algunos miembros del gobierno (Niels Bohr se entrevistó con Roosevelt y Szilard, junto con otros dos, lo hicieron con el nuevo Secretario de Estado James Byrnes), se entregó al ayudante del Secretario de Guerra Stimson el 12 de junio. El documento pasó a manos de los miembros de una Comisión Provisional que Truman, el nuevo presidente tras la muerte de Roosevelt el 12 de abril,  había creado el mes anterior, y fue desestimado: el temor a que el artefacto no funcionara o a que los japoneses usaran a prisioneros de guerra como escudos humanos fueron los principales argumentos para rechazarlo.

Groves y Oppi

El general Leslie Groves junto a Robert Oppenheimer (l’enfant terrible de la física).

El debate se cerró definitivamente con el informe de Stimson del 2 de julio y que declaraba que la conquista de Japón podía ser extremadamente costosa (se preveían un millón de bajas como consecuencia de la Operación Olympic, la conquista de Japón). El dieciséis de ese mes se probó la primera bomba atómica en Álamo Gordo exitosamente y, al día siguiente, comenzó la conferencia de Potsdam a cuyo término se emitió un ultimátum a Japón: o se rendía incondicionalmente o la alternativa sería su “pronta y total destrucción”.
Pese a que los nipones habían comenzado a dar los pasos previos hacia una rendición negociada, tanto en Moscú como en Suiza, se reaccionó con excesiva laxitud al ultimátum.
El 2 de agosto, a bordo del crucero Augusta, Truman adoptó la irrevocable decisión: la bomba sería lanzada en la primera ocasión que la meteorología permitiera.

 

 

En colaboración con QAH| Historia Rei Militaris.

Vía| Thomas, Gordon y Morgan-Witts, Max: Enola Gay. Ediciones B, Barna 2005.

Más Información| Alfaro Campos, Mario y Vargas Elizondo, CelsoEnergía y tecnología nuclear: discusiones éticas, sociales y ambientales. Editorial Tecnologica de CR, 2005.

Imágenes| Leo Szilard, Punto Y, Groves y Oppie.

En QAH| Especial 70 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial; ¿Cuál fue el mayor error de Albert Einstein?; El arma nuclear secreta española 

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