Historia 


El pez que “decidió” la Batalla de Actium

Si hay un pez que siempre nos llama la atención cuando lo vemos es la rémora. Sí, ese pez que vemos adherido a una ballena, tiburón, tortuga o raya en los célebres documentales de la hora de la siesta. La rémora, que mide unos 40 centímetros de largo, vive en casi la totalidad de los mares del planeta y se alimenta estableciendo una relación simbiótica con los animales en los que se hospeda, alimentándose de sus restos y parásitos. Pero lo que nos llama la atención de este curioso pez es que está presente en distintas creencias de la cultura popular desde la Antigüedad, siendo incluso protagonista en la famosa Batalla de Actium, que enfrentó a las flotas de Octavio y Marco Antonio en el 31 a.C.

Será Plinio el Viejo en su colosal obra Historia Naturalis el primero en dejarnos constancia de la creencia asociada a este animal basándose en escuetas informaciones extraidas de Aristóteles: la supuesta capacidad de la rémora de detener los barcos una vez adherida a estos. Y con esa capacidad es como aparece presentada la rémora en la narración que Plinio hace de la Batalla de Actium:

“Se dice que en la batalla de Actium una rémora detuvo la marcha del barco de Marco Antonio, en el momento en que iba navegando de barco a barco mientras revisaba las tropas y daba ánimos a sus soldados. Ante este problema, tuvo que dejar ese barco y embarcar en otro. Con el cambio la flota de César Augusto consiguió la iniciativa en el ataque y cargó contra ellos con redoblado ímpetu.”

Se tiene como explicación lógica a este suceso el hecho de que las naves de Marco Antonio fuesen demasiado lentas y poco manejables, aludiendo algunos autores a que ni si quiera se plantearan verdaderamente plantar cara a Octavio, por lo que escenificaron una batalla que se entendía perdida para salvar cierto honor. En cuanto al cambio de barco es posible identificarlo con que la nave principal de Marco Antonio quedó atrapada por otros barcos que lo cercaron en la lucha, viéndose obligado a pasar a otro más pequeño y veloz para conseguir huir.

Plinio hará también referencia a un incidente con un barco en el que viajaba Calígula y que no conseguía avanzar, quejándose con incredulidad el emperador de que eso pudiera suceder a causa de un pez.

 Otro autor clásico que nos habla de este particular don de la rémora es Plutarco en su obra Cuestiones:

“Chaeremonianus el Tralliano, cuando estábamos tomando una gran cena de pescado, señaló un pez pequeño, largo, de cabeza afilada, diciendo que la rémora era parecida a él, puesto que a menudo las había visto cuando navegaba por el mar de Sicilia y que poseen una fuerza misteriosa; son capaces de detener todo el barco si se fijan a ellos. No pudieron mover el barco hasta que un marinero se dio cuenta de que estaba pegada al barco y la arrancó de allí.”

Esta creencia originó que se asociara la rémora con la retención y el amarre, utilizándose como amuletos para no perder dinSin títuloero o para evitar un parto prematuro, así como empleada en la preparación de filtros de amor para retener a la persona amada, prácticas que pervivirían hasta la Edad Media donde son llevadas a cabo por brujas y hechiceros, llegando la superstición incluso hasta los marineros de la Edad Moderna. No obstante, ya en el siglo XVIII, el padre Feijoo mostaría en su Discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes lo infundada que era esta leyenda.

En líneas generales a la rémora se la ha tenido por un buen pez, ya fuese por su mágica capacidad para retrasar y ralentizar las cosas en marcha, como alimento (aunque no destaque  en este aspecto), o bien por sus habilidades como instrumento de pesca; y es que algunos pueblos la han utilizado para, atada a una fina cuerda, soltarla y enganchar otro animal mayor que poder remontar y capturar. En definitiva, una rémora no es un retraso, es una ventaja.

En colaboración con QAH| Ad Absurdum

Vía| Plinio, Historia Naturalis, Libro XLI, 79.

Imagen| Tiburón toro con rémora, rémora.

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